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Valeria Bertuccelli: “Me volví un poco más buena conmigo”

En un gran momento de plenitud profesional y personal, la actriz busca conectarse con su faceta generadora y se confiesa como una amante del riesgo y la libertad creativa.

Faltó la niñera, el menor de la casa está de vacaciones y su mamá tiene que ir a trabajar. Decide llevarlo con ella y, una vez ahí, mientras la madre hace lo suyo, el chico se las ingenia para entretenerse solo. Valeria Bertuccelli va por el segundo cambio de ropa y posa concentrada en lo que está haciendo. El pequeño Vicente corretea por todos lados hasta que encuentra, en el camarín vacío, un tesoro: el maletín del maquillador. Elige un delineador de primera marca y, con paciencia, se pinta una tupida barba en toda la cara. Entonces, irrumpe en el set de fotografía, con el lápiz chamuscado y ya sin punta en la mano, y grita entusiasmado: “Mirá, ¡me parezco a papá!”. Valeria se inquieta, no sabe cómo pedir disculpas. Hasta que se deja relajar por nuestras risas, sucumbe a la ternura y abraza a su hijo. Sí, es cierto, está idéntico a Vicentico.

Con Vicentico están juntos desde hace 22 años, ¿cómo cuidás eso?

Con Norma Aleandro hace poco decíamos que es re loco que hoy el hecho de tener una pareja estable sea lo cuestionado, esto de sentir que, al contrario de cuando éramos más pendejas, una tiene que dar más explicaciones cuando está desde hace mucho tiempo con alguien. Y ella me dijo: “Mirá, mi amor, lo que te pasó a vos, lo que me pasó a mí, hay que agradecerlo. Algo debemos haber hecho en otra vida. Porque es como si fueras nadando por el fondo del océano, dieras una brazada y, de golpe, una pulsera de perlas entrara en tu muñeca. Esto que nos pasa en el amor es algo igual de inexplicable y mágico”. Así que si me preguntan cómo hago para cuidar esto, lo que se me ocurre es decir que me tocó la suerte de que sigo enamorada.

¿Es algo que te pasa o no te pasa y ya?

Es algo que te pasa o no te pasa: yo soy consciente de que puede seguir pasándote o no pasarte más. Porque puede re suceder que él se enamore de otra persona o que yo me enamore de otra persona y, por cómo somos los dos, seguro que haríamos lo que sintiéramos. No somos personas que resistirían estar al lado del otro por “sostener” una familia o por los años juntos o por cobardía. Lo tengo muy presente eso.

Ahí hay algo de riesgo también…

Sí. Es ver al otro sabiendo que no es tuyo. En este sentido, nuestras profesiones son particulares. Porque la gente siente que los actores, los músicos, las personas conocidas, les pertenecen. Entonces, el otro no solo no es tuyo, sino que ¡es como si fuera de todo el mundo! (risas).

La exposición de los actores es algo que está presente en Me casé con un boludo, la peli que estrenan con Suar. Contanos de qué va…

La historia es muy graciosa y es del tipo de comedia romántica en la que todo lo que pasa es para hacer reír. Ella es una muy mala actriz que hace la película porque es la novia del director y ahí lo conoce a él, un actor muy de cuarta, un egocéntrico total. Se enamoran y al tiempo ella se da cuenta de que es un idiota absoluto. Nos divertimos mucho filmándola y pensándola. Estuvimos muchos meses juntándonos para tirarle ideas al guionista, que escribía sobre eso.

O sea que participaste en el proceso…

Sí, participamos groso los dos. Es la primera vez que lo hago así. Yo ya escribí un guión de una película que voy a hacer. La voy a actuar y la dirige una catalana. Pero en el caso de Me casé con un boludo fuimos trabajando de una manera que no conocíamos, que fuimos armando. Tirábamos ideas, nos cebábamos, nos cagábamos de risa, y Pablo (Solarz, el guionista) decía: “Esperen, esperen que anoto”.

Y la dupla con Adrián…, ¿es ganas de trabajar juntos o también ganas de repetir el exitazo?

Desde que hicimos Un novio para mi mujer, cada tanto Adrián me dice que volvamos a hacer algo juntos. De hecho, no bien terminamos esa, obvio que querían hacer la secuela al toque, y a mí no me interesó porque el éxito a mí no me importa nada. Sé que suena ridículo, pero lo digo con mucha tranquilidad, no voy por ese lado.

A Adrián tampoco le importa nada el éxito…

Bueno, sí, obvio que me interesa que le vaya bien, los dos queremos eso. Pero me refiero a que no busco ir a la misma fórmula, sino que me dan ganas porque yo ya sé cómo la pasé en esa película, cómo rindió eso, sé cómo trabajo con Adrián, que hay química… El otro día pensaba y me reía de esto de la química.

¿Por qué?

Una persona me decía: “¡Qué química tienen!”, y es cierto, pero yo también pensaba: “¿No será que soy buena actriz?”. La gente tiende a pensar que la química aparece como si fuera magia, pero la química se construye.

Y la otra peli, la que escribiste vos, ¿qué es?

Es un proyecto que me tiene tomado el corazón, una peli bastante dramática, aunque está muy atravesada por la comedia. Tenía una historia desde hacía un montón en la cabeza, venía escribiendo escenas sueltas y siempre quería ponerme con eso, pero me pasaba que agarraba laburo y, en cuanto me ponía a trabajar, era imposible ponerme a escribir. Escribir un guión es escribir un guión. En un momento, decidí dedicarme y terminarlo, y cuando lo tuve se lo llevé a Lita Stantic, que lo va a producir.

Escribiste un guión, también componés música, ¿no?

Me encantaría, pero no, lo que hice fue escribir la letra de una canción, algo así de chiquitito.

¿Por qué lo minimizás?

Porque me da vergüenza… De la película me hago cargo, te digo: “Escribí un guión” y de eso me siento orgullosa, pero la canción fue solo una letra. Tengo a alguien al lado que compone -y especialmente bien- y sé lo que es componer. Yo escribí una letra nada más.

¿Te gusta hacerlo?

Me gusta, pero no le agarro la mano. Gabi (Vicentico) me dice: “Dale, escribí, tenés que escribir canciones”. Pero no me sale, no entiendo cómo es. Hice esta canción que se llama “Saco azul” porque a mí me hacía acordar mucho a mi papá y me inspiró escribir una poesía para él. Pero no sé escribir canciones ni creo tener ese don.

Una pregunta que nada que ver: ¿te depilás vos las cejas?

Sí, siempre me las depilé yo. Últimamente me las estoy depilando medio mal porque ando con el problemita de la vista, que cada vez veo menos. Uso el espejito que viene con aumento y es un peligro porque tiene como un gran angular y le das con entusiasmo…, pero cuando te mirás de lejos, fuiste.

Ya hace unos años, cuando hicimos la nota que salió en 2011, también decías que estabas muy grande, que ya no veías bien. ¿Se estabilizaron los cambios por el paso del tiempo o se profundizaron?

¡Sigo sin ver bien! Y cambios hay siempre. Yo tengo mucho registro del paso del tiempo, pero no solo ahora porque estoy grande, sino siempre. Tengo un sentido de la vejez desde la juventud. Y no es que me sienta vieja, sino que tengo mucha conciencia de las etapas que empiezan y que se terminan, percibo con mucha atención los aprendizajes que me van tocando. Por eso, me parece que la juventud fue a los 20. Es probable que me hagan una nota en cinco años y les vuelva a decir: “No veo, estoy viejita” y no recuerde que ya lo hablamos.

¿Qué etapa de aprendizaje te está tocando ahora?

Estoy en un lugar bárbaro, “viejita” en un lugar bárbaro. Es un lugar en el que muchas cosas ya las aprendí y otras veo más claramente que me van a costar toda la vida. Es un lugar donde encontré más aceptación de lo que soy y más disfrute de lo bueno que tengo. No sé, acá me volví un poco más buena conmigo. Tengo una familia que es increíble. Florián ya tiene 20 años. Tengo un hijo adulto, lo cual es una novedad para mí, y la pasé increíble en su adolescencia. Todos me prepararon como para una tortura, como me habían advertido de los embarazos, del puerperio. Y yo la pasé genial. Tal vez porque me preparé siempre para que todo fuera peor.

 
Foto: Sebastián Arpesella. Producción de María Salinas

¿Cómo es tener un hijo adulto?

Alucinante. De golpe, tu hijo se convierte en alguien con quien compartís cosas como una preocupación, desde artística hasta familiar. Es alguien de quien podés escuchar un consejo “aireado total”, como con una renovación y juventud. No puedo creer compartir eso con un hijo, o irme de viaje para verlo tocar, me parece un programón.

Escribiste una película, participaste en otra en la que actuaste, hacés una canción si te dan ganas. Sos de tomar decisiones… ¿Esto tiene que ver con tu personalidad o es algo que alcanzaste después de hacer sólida tu carrera?

Creo que las dos cosas. Por un lado, cuando empecé a actuar, arranqué con mis ideas. Tenía un dúo que se llamaba “Las Hermanas Nervio” y nos presentábamos en el Parakultural. Ahí escribíamos nuestros textos y yo en ese momento no pensaba que iba a hacer cine o tele, mi meta más lejana era tener una compañía de teatro grosa, mía. Como Royal de Luxe o Living Theatre. Así como algunos sueñan con ser estrellas de cine, yo soñaba con eso. Y aunque después empecé a trabajar en cine más industrial, siempre en paralelo tuve una pata en el ámbito independiente, siempre me llevé bien con las dos cosas y me pareció que no tenía que dejar ninguna. Que no tenía que decir: “Nooo, yo no hago cosas comerciales”.

 
Foto: Sebastián Arpesella. Producción de María Salinas

Está bueno poder navegar las dos aguas…

Me súper enriquece estar en los dos lugares. Y después, sí, ir eligiendo el modo en que yo quiero vivir. Más allá de ser actriz, me gusta mucho mi vida personal; no hacer tele tiene que ver un poco con eso, con los tiempos y con la exposición. Yo con el cine y con el teatro me siento más contenida.

Escribir el guión de tu película es como volver a las épocas del Parakultural en las que creabas tus escenas…

Sí, lo lindo fue que me di cuenta de que hacía mucho que no hacía algo mío, con ideas mías, diálogos míos. Me reencontré con una parte mía que me hace muy feliz, me reconecté con ese costado mío.

¿Te reconectaste con tu faceta generadora?

Sí, totalmente. Estoy en un momento así. De pronto estoy con un libro o una novela que leí y digo: “Compro los derechos y hago la película”. Estoy más conectada con la búsqueda de lo que tengo ganas de hacer, de lo que tengo ganas de decir.

 
Foto: Sebastián Arpesella. Producción de María Salinas

¿Te sentís independiente de nuevo de algún modo?

Me siento independiente, pero de otra manera. Esa independencia del under estaba muy buena y la extraño mucho. Podía probar lo que quisiera. Una noche se me ocurría algo, iba, me subía y lo hacía. Sin ninguna presión. Si estaba mal, no pasaba nada, y si estaba buenísimo, crecía. Ahora, inevitablemente, siento más presión, tengo menos espacios donde hacer cosas con ese sentido artístico de arriesgar. Bueno, hacer el guión fue un poco eso: decir lo que tengo ganas de decir, probar, escribir algo y concretarlo. A mí me gusta el riesgo.

Arriesgar es asumir que las cosas tal vez no salgan como una espera, ¿eso te lo permitís?

Lo asumo, pero después soy muy crítica conmigo. Cuando veo algo que hice y no me gusta, me amargo de una manera… Me agarro unos bajones tremendos. Pero tremendos. Primero, me deprimo mucho, y después, de ahí voy subiendo escalones, perdonándome, tipo: “Bueno, no está tan mal”, “tampoco es tan tremendo”… y después logro hacer perrito y así llego a la orilla. Hay gente a la que veo tan segura, que se queda tan contenta con el trabajo que hace…, que pienso: “¡Qué suerte ser así!”. Envidio la seguridad. Yo soy muy dura conmigo, me lo tomo como si hubiera estado floja en una operación a corazón abierto en lugar de en una película. Pero bueno, voy a ir aprendiendo con el tiempo a hacerme menos rollos, a aprender que nada es tan grave. Cuando muera, siento que voy a haber entendido todo. .

Por Carola Birgin y María Eugenia Castagnino