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Una política de defensa con recursos y vocaciones Por Gustavo Druetta

“Hemos fracasado” confesó un expositor en una reunión reciente de académicos y funcionarios en la UCA, que desde el 2003 circularon por cargos, aulas y think tanks oferentes de armas y equipos, redactaron propuestas para los ministros Garré, Puricelli y Rossi y los secundaron en altos cargos y asesorías en el MINIDEF. Así aquella ex ministra, diputada electa del FPV, presentó el año pasado en la Escuela de Defensa Nacional, junto a profesores de la UTDT, el segundo “Libro Blanco de la Defensa” en línea con el modelo nacional y popular.
A saber: reeducación de los militares en una epopeya de DD.HH. que oculta media historia de los ´70, traspaso de áreas científico tecnológicas militares a agencias civiles produciendo discontinuidad y desabastecimiento de pertrechos, minimización de la capacidad de alistamiento, adiestramiento y aptitud de combate, negación de ascensos a oficiales egresados ya avanzada la recuperación democrática portadores de apellidos de mandos de la dictadura, reglamentación de la ley de Defensa que impide a las FF.AA. intervenir contra agresiones terroristas.
El mismo ponente destacaba, no sin ironía, que a su comunidad de expertos le había ido económica y profesionalmente de maravillas, combinando cátedra, función pública y lobbismo, a pesar del estrepitoso fracaso en llevar sus teorizaciones a la concreción de una política de defensa digna de llamarse tal. Considerando la desazón de muchos cuadros de oficiales y suboficiales que sostienen sobre sus hombros lo que queda de las fuerzas de tierra, aire y mar, esta verdadera confesión de partes-relevo de pruebas significa un inconfesable “éxito” en la destrucción de las instituciones castrenses.
Funcionarios del MINIDEF con sueldos de $70.000 son un insulto a las magras expectativas de progreso económico social de profesionales militares con crecientes exigencias de formación y responsabilidades extraordinarias, entre ellas las de matar, o morir, en combate.
Una indagación sociológica podría hallar que el ingreso a la carrera de las armas es hoy una modesta opción laboral más que una pasión vocacional y/o una tradición familiar. La crítica relación entre función militar vs. retribución lo fomenta. Un Soldado Voluntario responsable de su equipo personal y armamento portátil gana un salario de $8/10.000. Un jefe de unidad -Tte. Coronel, Capitán de Fragata o Vicecomodoro- con más de 20 años de ejercicio de la profesión cobra en mano $22.000, poco más del doble que su tropa, pero responde por cientos de millones de material y logística del regimiento, navío o escuadrilla. Oficiales de esa jerarquía, hoy al comando de una cincuentena de unidades terrestres semi provistas, escasos buques casi siempre anclados y raquíticos medios aéreos, manifiestan con tozudez: “el espíritu todavía está”.
Recuperar esa convicción en peligro de extinción en lugar de tratar a los militares como seres de otro planeta, exige honrarlos como ciudadanos de uniforme que velan las armas de una Nación, hoy indefensa, con destino de justa, democrática y republicana.

*Sociólogo y periodista, especialista en temas de defensa