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Una mujer de oro

El mundo igualitario que demanda la presencia de mujeres en espacios de poder es el mismo en el que la mujer en efecto poderosa es subestimada. Allí, en el terreno que queda de la colisión de esos sentidos, está Silvia Gold. Sin embargo, de esa boca no sale una sola queja, resultado de una crianza en la que siempre se le dijo que ella era igual a cualquier otro y de una carrera donde el ejercicio de la autoridad es algo dado.

Estudiaba en la UBA y se subía al 37 para salir de la Capital. El destino era Valentín Alsina, más precisamente los Laboratorios Sintyal, la empresa fundada en 1943 por su tío bioquímico, Benjamín, y sus progenitores farmacéuticos, Miriam y Roberto, quien le entregó a Silvia el diploma de Bioquímica cuando se graduó en 1972. Para entonces, ya se había casado con el médico psiquiatra Hugo Sigman y tenían dos hijos —el tercero nacería algunos años después.

El fruto no cayó lejos del árbol de los Gold. Aquella primera generación de profesionales universitarios, de orígenes adversos, vio crecer a la segunda sin sospechar que aquella pareja de jóvenes izquierdistas, afiliada al Partido Comunista de Argentina, prosperaría en el mundo de la ciencia hasta posicionarse, en 2020, en el sexto puesto del Ranking Forbes —siendo Silvia la única cara femenina del Top 10. Aún luego de gran una pérdida de activos, la cifra que decora los nombres del matrimonio fundador del Grupo Insud ¡con Bodas de Oro cumplidas! es de 2000 millones de dólares. Quién pudiera conocer las fórmulas de esos éxitos.

Repartir roles, darse lugar, estar para el otro: así habla la filántropa de un vínculo en el que amor y trabajo hicieron alquimia. Recuerda con un resto de amargura haber tenido que dejar el país en el ‘76 pero es justamente del otro lado del océano donde su metier pasó de emprendimiento a negocio. Con un préstamo de 400 mil dólares de su padre —y la trasmisión de su abultado capital social europeo—, Silvia y su marido fundaron en Barcelona el Grupo Chemo. Una empresa pequeña del sector químico farmacéutico que se dedicaba a la compra y venta de principios activos para la fabricación de medicamentos. No pasó mucho tiempo para que, de brokers con expertise científico, Silvia y Hugo se convirtieran en productores y desarrolladores con planta propia en Italia. Los vacíos en materia de ley de patentes fueron el gran viento a favor y el regreso a la Argentina, una década después, aconteció en condiciones muy distintas a las del exilio.

En 1993, el patriarca Gold creó la Fundación Mundo Sano, una organización que busca reducir el impacto de las enfermedades tropicales desatendidas, la cual Silvia preside desde hace más de veinte años. Quienes la conocen de este ámbito dicen que su voz tiene peso y llegada, que es “ejecutiva, concreta, para nada fantasiosa” y que, pudiéndose haber dedicado a cosas más banales, “eligió hacer esto”. Caso excepcional el de una ONG con respaldo industrial, Silvia logró en pocos meses fabricar la molécula contra el Chagas y desarrollar su tratamiento efectivo. No por nada dice que la salud pública es una de sus pasiones.

En 2010, la diversificación de actividades en los campos de la farmacéutica, la agroforestería y la cultura concluyó en la creación del Grupo Insud. El ecosistema empresario da empleo a 8000 personas, tiene 10 centros de investigación, 17 plantas de producción y presencia en más de 40 países. Hoy, Mabxience, una de las patas biotecnológicas del grupo, se aboca a la producción de 200 millones de dosis de la vacuna contra el Covid19 desarrollada por la Universidad de Oxford y AstraZeneca. Cooperación público-privada, apuestas a riesgo y a contrarreloj: el conglomerado se involucró en un negocio de, al menos, 450 millones de dólares.

Con la innovación como “un modo de pensar, casi de rebeldía”, Silvia Gold ya es parte de la historia. Recibió la Medalla de Oro de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia, en España —honor que comparte sólo con siete personas en el mundo— y, este año, Entrepreneur of the Year Argentina le otorgó un galardón por su trayectoria empresarial.

En medio de la vorágine que este año volvió a poner a la ciencia al comando, se hace tiempo para cultivar sus otras aristas. De “espíritu refinado y sutil”, lee catálogos de museos, compra obras de arte y está detrás de jóvenes talentos —no busque más, doctora, acá estoy. A los comunicólogos ávidos de paridad y cupo, tarea para casa: empatar la figura de Gold a la de su marido. No vale echarle la culpa a Silvia por su perfil bajo, ni a Hugo por ser el que mete la mano en la arcilla política y se deja seducir por el spotlight.

Por Paula Puebla – El Canciller