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Un tiro en la oscuridad

El suicidio del fiscal Oscar Hermelo revivió una trama de genocidas, cofradía judicial e impunidad. De las catacumbas de la Esma al inframundo de los tribunales.

El auto, un Toyota Corolla negro, frenó en la Avenida Costanera al 7000 en la ciudad de Buenos Aires. En la cabina hubo entonces un relampagueo junto con un estampido seco, casi imperceptible, y una explosión de sangre en la ventanilla del conductor. Éste era el único ocupante del vehículo. Corría el atardecer del 21 de noviembre.

El vértigo de la actualidad hizo que algún cronista se apurara en revivir el lazo del suicida con una trama residual del “caso Puccio”.

Porque a fines de 2003, los vecinos de Talar de Pacheco denunciaron al jefe del “clan”, don Arquímedes, por violar las reglas del arresto domiciliario. Intervino en el tema el fiscal de Ejecución Penal, Oscar Hermelo, quien pidió revocarle ese beneficio.

Aquella circunstancia le significó la excusa ideal para arremeter contra su archienemigo, el juez Sergio Delgado, por ser responsable de la resolución en cuestión. De modo que lo denunció por “incumplimiento de los deberes de funcionario público” y “prevaricato”. Eso lo convirtió por algunas semanas en la figura judicial del momento. Y fue muy aplaudido por la parte “sana” de la población, ya entonces algo disgustada con los magistrados “garantistas”. Lo cierto es tal nivel de exposición reflotó su vínculo con un oscuro personaje: el represor de la ESMA, Adolfo Scilingo, quien adquirió renombre al revelar la existencia de los denominados “vuelos de la muerte”, entre otros secretos de la última dictadura. Esos “otros secretos” también incluían el rol del propio fiscal Hermelo en el esquema del terrorismo de Estado.

Ahora su cadáver yacía despatarrado en el Toyota, apenas a unos metros del Parque de la Memoria. Una paradoja topográfica.

El estudiante

Tal vez la luctuosa noticia haya causado en Scilingo una mezcla de asombro y pesadumbre. Con una condena por un tribunal español a 1084 años de encierro por crímenes de lesa humanidad, el ex capitán de la Armada alterna los días entre la Prisión de Alcalá-Meco y una casona en las afueras de Madrid, donde disfruta sus salidas transitorias la familia. Allí justamente fue donde su esposa le comunicó semejante mala nueva.

Es posible que en aquel instante los recuerdos de ese hombre de 72 años hayan retrocedido cuatro décadas atrás, cuando el difunto, por entonces un brioso estudiante de Abogacía y empleado de Tribunales, ingresó a la ESMA como PCI (Personal Civil de Inteligencia). Su primera tarea fue colaborar con él en la “administración” de bienes robados a personas secuestradas. Y tanto la empatía como la confianza que el joven despertó en Scilingo hicieron que, en el plano laboral, éste fuera su mano derecha y, en lo personal, algo así como un hermano menor.

A los 20 años, Hermelo era un muchacho delgado, de sonrisa ladeada y bigote tupido. Se trataba del hijo pródigo del magistrado de idéntico nombre, a quien sus allegados llamaban “el Cosaco”. El doctor Hermelo estaba a cargo del Juzgado de Menores Nº 9. Allí trabajaba el abogado Gonzalo Dalmacio Torres de Tolosa. Cabe destacar que éste, tras cumplir su horario tribunalicio, se dirigía a su segundo empleo; el tipo trabajaba de PCI en la ESMA. Y solía jactarse de su amistad con el capitán Jorge “Tigre” Acosta, nada menos que el cabecilla de aquel inframundo. El “nombre de guerra” de Torres de Tolosa era “Teniente Vaca” y fue él quien propició el ingreso de Hermelo (h).

El joven no tardó en resaltar por su entrega al trabajo y su personalidad metódica. Esas virtudes eran ideales para la tarea asignada, dado que el Pañol –como llamaban allí el sector de almacenamiento de objetos– solía sufrir todo tipo de saqueos por parte de los oficiales. Con Scilingo se quedaban hasta muy tarde –según su libro Por siempre Nunca Más, editado en 1996– “planificando los controles que con el tiempo lograron impedir definitivamente aquel desvío de materiales”. Hay que reconocer que ese no le generó a Hermelo grandes amistades, ya que hasta para los represores él tenía fama de “botonazo”.

Papá Hermelo tampoco fue ajeno al terrorismo de Estado. Por lo pronto, tuvo una intervención crucial en la apropiación de los hijos de Pablo Koncurat y Claudia Urondo (a su vez, hija del escritor Paco Urondo), ambos asesinados por patotas navales. En este hecho también participó el “Teniente Vaca”.

Dicho sea de paso, Torres de Tolosa fue uno de los civiles con una muy activa participación en los “vuelos de la muerte”.

El 12 de noviembre de 1978, el almirante Emilio Massera lo condecoró por su “esfuerzo y abnegación”. En esa misma resolución, Hermelo –quien es allí descripto como “agente civil ARA”– también obtuvo su medalla.

Todos estos hechos y circunstancias fueron ventilados por Scilingo en su ya mencionada obra y en su contribución para el libro El vuelo, de Horacio Verbitsky, al igual que en sus declaraciones ante jueces españoles.

Por tal razón, en 1995, cuando su testimonio sobre las atrocidades de la dictadura lo convirtieron en el primer represor que habló al respecto, Hermelo se distanció definitivamente de él.

El fiscal

Ya a los 37 años de edad y con una adaptación no traumática a la vida civil, Hermelo (h) era un promisorio fiscal que ambicionaba extender la tradición familiar con su nombramiento como juez. Claro que las confesiones de quien había sido su protector en las mazmorras de la ESMA no lo favorecieron. Pero en esa época –bajo pleno imperio de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final– él contaba con el apoyo y el estímulo de un gran amigo y condiscípulo del padre, el ministro menemista de Justicia, Rodolfo Barra. En consecuencia, no había peligro de que su cabeza rodara.

Si la vida del doctor Hermelo fue ejemplo de la conversión de antiguos esbirros del régimen militar en hombres probos de la democracia, su desplome fue también un signo de época.

En 2007, como fiscal de Ejecución Penal aún evaluaba con enorme celo el cumplimiento carcelario de los presos a su cargo. Cumplía tal labor desde un despacho del edificio de Diagonal Norte 1190. El 28 de noviembre de ese año la agrupación HIJOS le dispensó un memorable escrache.

Dos años después, un lapidario informe de la Procuración (ordenado por su titular, Esteban Righi, e instruido por el fiscal Alejandro Alagia) demostró con pelos y señales su pertenencia a las patotas de la ESMA. Fue el final de su meteórica carrera en el Ministerio Público.

No le fue mejor con el juez federal Sergio Torres, quien, a comienzos de 2010, lo procesó por privación de la libertad y tormentos seguidos de muerte. No obstante, unos meses después la Sala II de la Cámara Federal le dictó una sorprendente “falta de mérito”. La familia judicial no es de defraudar.

Desde entonces ejercía la profesión de abogado penalista con bajísimo perfil y escasa clientela. Así transcurrieron sus últimos años.

No se sabe que aflicción lo llevó ahora a volarse la tapa de los sesos.

*La imagen de apertura fue tomada durante una condecoración de Scilingo a Hermelo en la Esma