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Tras la muerte de Arturo, se sigue naturalizando el especismo Por Emilia Viacava

Las noticias acerca de la muerte del oso polar Arturo en el zoológico de Mendoza inundan los portales y las redes sociales. Pero ninguna se refiere a la cuestión fundamental que encubre y oculta de forma sistemática las causas de la miserable vida que Arturo fue forzado a llevar durante 22 años.  Esta cuestión fundamental que se sigue naturalizando es el especismo.

La misma discriminación arbitraria que llevó al encierro de Arturo en una caja de vidrio para que los humanos pasen, golpeen sus paredes y se saquen fotos, es la misma que conlleva la utilización del cuerpo de un animal para comerlo o para vestirse con él. Con esto me refiero a la verdad oculta y naturalizada (e incómoda para una gran mayoría) de que el especismo mata, no sólo a los animales del zoológico, sino también a las vacas, gallinas, cerdos y otros tantos animales que son utilizados en la alimentación, en la vestimenta y en la experimentación.

Considero que el tristísimo y lamentable ejemplo de Arturo debe ser un llamado de atención para tomar conciencia acerca de todas las demás muertes que provocamos a diario con nuestros hábitos. Todos los animales tienen capacidad para sentir dolor y placer y tienen intereses: el sustrato biológico de todos ellos se lo permite. Está en nosotros dejar de frustrar esos intereses, como siempre digo: no nos cuesta nada y a ellos les cuesta la vida. Todos podemos vivir sin utilizar a los demás animales. Arturo es la cara visible de toda la indiferencia que sufren a diario las víctimas olvidadas, indiferencia que a Arturo lo llevó a una larga vida de deterioro y soledad para servirnos de entretenimiento y a otros los lleva a morir desangrados en un matadero para servirnos al paladar.

Con estas palabras me dirijo especialmnete a todas aquellas organizaciones y ONGs mundiales que a costa del bolsillo de los trabajadores impulsan campañas que discriminan a los animales no humanos, y buscan tranquilizar conciencias a costa de sus vidas. Como ejemplo claro, tenemos el de Greenpeace, que con millonarias campañas le consiguió un balde de hielo a Arturo, un puñado de hielo donde el oso más triste del mundo se zambullía para paliar los intensos veranos argentinos. Pero Arturo siguió siendo esclavo de la desidia y la indiferencia humanas hasta el fin de sus días, al igual que todos los animales ocultos tras los muros de los mataderos, tambos y criaderos. A la vuelta de la esquina, o en el centro de tu plato.