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Tiene 11 años y le enseña a leer a un hombre de 59

Pilar se propuso ayudar a su vecino, Rafael.

Es cierto que cuando se quiere se puede. Y, también, que no importa ni la edad ni la condición social. Así lo demuestra la historia de Pilar, de 11 años, y de Rafael, de 59 años. A ambos los distinguió el Concejo Municipal de Santa Fe, luego de que se conoció su historia: Pilar se convirtió en la “maestra” que le enseñó a leer a su vecino, que no podía alimentar a sus animales porque no sabía lo que indicaban las etiquetas ni podía sacar el registro de conducir.

“Ella se enteró de que me estaban discriminando para sacar el registro porque no sabía leer ni escribir. Me preguntó si quería que me enseñara y le dije que sí”, contó él.

Ambos viven en el distrito de Colastiné Sur, unos siete kilómetros al este de esta capital. Rafael nació en Chaco y se crió como hachero. No podía estudiar porque la escuela más cercana estaba “como a siete leguas” (unos 35 kilómetros). Por eso, no aprendió a leer ni a escribir. Un trabajo golondrina lo trajo a la provincia de Santa Fe y desde hace tiempo se quedó para vivir. Un día se cruzó con su futura “maestra” en la vereda de su casa humilde; se quejaba por unos papeles que no podía descifrar. “Justo pasaba Pilar y le pedí que me los leyera”, recuerda. Pero la chica de 11 años le respondió con un desafío: “¿Querés que te enseñe a leer?”, le planteó.

Desde ese momento, hace ya un año, Pilar Ponce de León y Rafael Alegre son “maestra” y “alumno”. Los vecinos que fueron testigos de la historia aseguran que no hay día en que ella no se cruce hasta la casa de su vecino para hacerlo repasar las letras en un cuaderno.

“Ayer leí por primera vez un cartel yo solo -cuenta entusiasmado Rafael-. Decía: prohibido pasar. Y como no estaba seguro de si lo estaba leyendo bien, le pregunté a una señora y me dijo que sí, que ahí decía eso.”

Justo se acerca Pilar, que es alumna de sexto grado de la escuela Mariano Moreno. Lleva la mochila que le regaló el Concejo Municipal por su labor solidaria. La pequeña maestra confirma lo que acaba de contar su alumno: “Un día me preguntó si podía leerle unos papeles de un remedio para animales y yo le pregunté si quería que le enseñara a leerlos. Lo discriminaban y para mí eso es algo feo. Entonces, justamente para que lo dejaran de discriminar, quería que él aprendiera a leer y tuviera con qué defenderse”.

Al preguntarle cómo es su alumno, Pilar no duda: “Es prolijo”, dice.

Enfrente, Rafael asegura que su maestra es exigente. “Me tiene cortito la Pilar -afirma y ríe-. ¡Ayer me hizo llenar dos hojas! Llega de la escuela, almuerza y a la hora de la siesta viene para acá [por su casa] y nos ponemos a estudiar durante una hora más o menos. Me escribe una palabra y la tengo que sacar”, detalla sin sonrojarse, a pesar de la diferencia de edad.

Ahora que ya empieza a leer solo, el deseo de aprender de Rafael es tal que no hay descanso ni sábados ni domingos.

Pilar cuenta que Rafael padece mal de Chagas, lo que impidió acceder a la escuela con los años: “Empezamos en abril del año pasado, pero después lo internaron. En enero retomamos las clases y aprendió a unir las palabras”, diagnostica Pilar.