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Te hablé con el bolsillo y me respondiste con la macroeconomía

El escenario de esta semana expone una preocupación: el lugar en el que quedó el gobierno y el mismo presidente frente al “torniquete” que ajustó más el acceso al dólar. Todos los cepos, el cepo. ¿Se anunció, se explicó mal, se rompieron puentes con la clase media?.

Necesitamos productores, no ahorristas. Esa pareció la conclusión oficial. Sombra terrible de la “restricción externa”, el recurrente problema que organiza el devenir económico desde hace casi una década. La medida contra la compra de dólares no se “anunció”, no tuvo un emisor. Se supo. Los medios la “anunciaron” a partir de lo que hacen obsesivamente: leer las resoluciones, el boletín oficial y hasta la cuenta de twitter de un director del Registro de la Propiedad Inmueble. Y la presentaron proponiendo la figura del ahorrista como víctima. El gobierno, o el presidente, marcaron una agenda el día después: “los dólares son para la producción”. Y… los dólares son una verdadera manta corta. El clivaje entre producción y ahorro no organiza el estado de ánimo de la sociedad (incluso porque una parte del ahorro también es inversión). La discusión, en tal caso, es con el “acopio”.

Pero si la noticia se presentó como un ataque al “ahorrista” (el ciudadano de los 200 dólares), el gobierno entonces aparece como el enemigo del ahorrista. Recordemos esa figura del 2001: “¡Chorros, chorros, chorros / devuelvan los ahorros!”. El corolario de diciembre de 2001 tuvo su cifra ahí, en el estafado por el corralito. La larga década del 90 y su consenso no terminaron solo por la protesta de los excluidos, sino por la protesta aluvional de los incluidos. Una fe derrumbada por su exceso de creencia. El que puso dólares y quería retirar dólares, parafraseando a Duhalde. Venimos de ahí…

¿Y quién es la víctima de estos días, qué pareció quebrarse? Una cierta idea de clase media que de nuevo al peronismo se le va de las manos. El “cepo” se compaginó con otra sensación vidriosa: la salida de empresas del país. Desde Falabella (emblema del consumo de los años 2000), que efectivamente salió, hasta Glovo, que fue adquirida por otra compañía. Este escenario muestra el problema de la lentitud del gobierno en “la lucha por la interpretación”, e incuba un temor: dañar la relación entre el Frente de Todos y su voto más “débil”. Los votos no intensos de capas medias. Los que votaron por afuera de la grieta.

Si era inevitable, faltó explicar la inevitabilidad. Porque no se trata de la “obligación” del gobierno de garantizar, a como dé lugar, la compra de dólares, sino de un plan económico -político- que no le dé la espalda a la parte de la clase que también es la clase media: la que piensa en dólares. Por empezar, una exhaustiva explicación de la medida (¿estamos seguros de que todos entienden la magnitud de escasez de reservas, que todo el mundo entiende que a este ritmo se acababan?). Y si la lucha es contra los medios recordemos que la misma sociedad se terminó informando por los medios. Sobre este cepo, particularmente, el periodismo fue “la primera versión de la Historia”. Faltan dólares, y faltó una explicación.

Algunos argumentos oídos de Cecilia Todesca, una muy buena figura del gobierno, permite comprender el sentido de la medida: “Las tensiones del mercado de cambios reflejan problemas estructurales: en la estructura productiva y en la pérdida de soberanía del peso. Son dos temas que tenemos que ir acomodando porque eso es la verdadera consistencia macroeconómica. Las políticas para ir mejorando estos dos aspectos son, necesariamente, de mediano y largo plazo. No hay atajos. Es más producción, más empleo, más exportaciones y recrear el circuito de ahorro e inversión en pesos. El proceso de sobreendeudamiento del macrismo afectó al Estado Nacional, a las Provincias y a las empresas. Todos quedaron sobre endeudados, a corto plazo y en moneda extranjera. Tranquilizar la economía (buscar consistencia) necesariamente implica que las empresas hagan el mismo esfuerzo que hizo el Gobierno Nacional y también están haciendo las provincias para negociar cronogramas de devolución de las deudas (y tasas de interés) compatibles con la recuperación de la economía”.

Textura crocante

“Te hablé con el bolsillo y me respondiste con la macroeconomía”. Reordenar la economía y, a la vez, no desordenar la vida: nuevamente manta corta. Es el mismo desafío de todos los gobiernos. Un empresario Pyme del polo industrial de San Martín me dijo que no tenía deuda en dólares, pero que la medida lo desanimaba. “Ya venía afectando las materias primas que cotizan en dólares. Lo que más aumenta es el cobre y el bronce, porque hay un mercado negro, que cuando aumenta mucho la brecha se llevan la chatarra a Paraguay. Pero creo que lo peor es el mal humor que genera, y la sensación que se va todo al carajo”.

Shila Vilker traduce este diálogo hacia su dimensión colectiva: “hasta el último argentino, el que nunca tuvo un dólar en la mano ni conoce la textura crocante de ese papel verde, sabe que los precios y la economía del país está profundamente atados a él. Esto es: sabe que si el dólar aumenta, aumentan los precios. Ser bimonetarios es más esta atadura colectiva que considerar al dólar como refugio para el ahorro individual. Por una sencilla razón, porque cada vez son menos los argentinos que llegan a fin de mes con un sobrante”.

Lo dicho: esta semana fue un golpe al estado de ánimo. Esto que pasa alcanza al que no compra ni cincuenta verdes. Al que no podría ofrecerse ni de colero porque no tiene caja de ahorro en dólares. En suma: no todos compran dólares ni todos son de clase media, pero sabemos que es una etiqueta social que se ponen a sí mismos 8 de cada 10 argentinos. Esa autopercepción puede estar desfasada de las realidades materiales y sin embargo funciona. Clase media, ah, el hecho maldito del país peronista.

Guita fácil

El clivaje entre producción y especulación llevará tiempo. Por lo pronto, romper una cultura social que vive bajo la fantasía de que se pueden tomar atajos y de que vivimos rodeados de ventajeros. Un país de “guita fácil”. Y eso tiene muchas caras: desde la idea de que el Estado emite pesos a lo pavote, hasta la idea de que es común que el Estado “mantenga” (empleado, planero, jubilado, pensionado, becado), o las fantasías especulativas que van de lo simple a lo complejo (de comprar dólares a bonos, o de jugar en la Bolsa). Por izquierda y por derecha cuando nos vamos a dormir muchos proyectan que el otro es un cultor de la guita fácil.

“Todas las familias son una historia montada sobre dólares: sobre los que hay, sobre los que faltan, sobre los que se sueñan”, dice Florencia Angilletta con razón. Me vino a la mente una historia familiar: mi abuela, formada en la política sindical (como enfermera y delegada), que atravesó con absoluta consciencia y riesgos los primeros años de la dictadura, cuando, en plena “Plata dulce” ligó un dinero de una herencia… se lo jugó en la Bolsa. ¿Sabía de eso? No sabía. Leía, oía, hablaba. En su biblioteca de mujer argentina estaba el medio pelo de Jauretche y las cartas de Perón y Cooke, pero igual… los dólares. La guita. Ese secreto. La quiero enaltecer: ella era de un gremio y sin embargo también fue “ahí”, a probar suerte. La dictadura barrió casi todo pero dejó ese Microcentro “democratizado” en el que todos eran financistas, operadores de bolsa, cambistas. Un antiguo empleado del Banco Provincia, ya jubilado, lo rememora así: “Se llenaba de jubilados asomados a las vitrinas y pantallas de las financieras y bancos que se multiplicaban para ver dónde podían hacer más diferencia. Era un espectáculo cada mañana ver poblarse la zona de gente ajena al centro. Veías poco menos que viejos en camiseta y doñas con ruleros en las casas de cambio y bancos desconocidos. ¡Un espectáculo inolvidable!”.

Los aplastados por el viejo tanque de la DGI con los que la dictadura también graficó su guerra sucia: contra los evasores. (Una dictadura que, ni olvido ni perdón, hizo del jugo de su economía anti industrial una timba.) Recomiendo hablar con cualquiera mayor de 60 años. Escuchar su “esto también pasará” para conciliar el sueño. El cuero duro se contagia. Tienen los amortiguadores del Rodrigazo, la Híper, el corralito, las corridas cambiarias. La otra sangre derramada: los que quebraron, los que murieron en la cola del banco, los que cagó Arteche, los suicidados por la sociedad anónima, los del conmigo un peso, un dólar, los parias del cheque volador de un país al que le gusta más la guita que el capitalismo… y entonces, ¿cómo se hace plata y cómo se hace capitalismo? Los que fueron de casa al trabajo y del trabajo al taxi, porque chau trabajo.

El dólar es lo que hacemos con lo que el país hizo de nosotros. El home banking, el otro clóset nacional. La historia de la plata en Argentina es nuestra historia sin épica y con derecho a tenerla. Lo vimos en el último gobierno de Cristina y el intento por meter el dólar en la batalla cultural: la pesificación de los ahorros de funcionarios quedó en nada. O la historia de las cuentas offshore de los funcionarios macristas, un escalón mucho más arriba en la cadena alimenticia. El dólar es el espejo de nuestras miserias, el bruxismo que nos da tener la guita bajo el colchón. Colchón de agua, colchón de plumas, colchón de guita. De aquellos años del cepo encontramos el libro de Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio (“Estoy verde. Dólar, una pasión argentina”). El primer capítulo es un mosaico imperdible de las cuevas del centro porteño, con los arbolitos, los pajaritos del “cambio, cambio”, ese canto que prologó, a su modo, el triunfo de Cambiemos en 2015. Ese cambio llegó desde el pie, desde ese pie. La lechuga. En el libro de Bercovich y Rebosio hay una historia de la sociedad y la plata en la era kirchnerista: de Frávega y Derechos Humanos del primer kirchnerismo a Paka Paka y dólar blue del 2015. El macrismo hizo exactamente estallar todo.

Y ahora, ¿cómo se pide tiempo y sacrificio? ¿Cómo se arma una pedagogía de la economía productiva? ¿Qué se ofrece como promesa si no hay dólares? ¿Ladrillos? Y si algo no le faltó a la semana fue la discusión entre mérito y Estado. La meritocracia, ese “debate” que el macrismo espera con la servilleta puesta, sobre el que ya se instaló una idea fuerza: millones de privados sostienen a muchos más millones de estatizados. Lo primero a balbucear con prudencia es que parece un falso debate: aquella vieja movilidad ascendente también es una historia del esfuerzo si se cuenta de a uno. El peronismo muchas veces pierde cuando cree que gana: porque acepta los términos del debate. Un proyecto “popular” argentino construye más clase media, no menos. Alberto lo sabe, aunque trastabilla con la impostación de una lengua antiporteña en la que se montan malentendidos. La oposición arma su hilo rápido: asedian las cuentas porteñas, intervienen la justicia, ponen cepo al dólar, discuten la meritocracia, ¡quieren destruir a la clase media! Pero, ¿qué es Alberto? Un exponente sociológico de algo argentinísimo: el ciudadano porteño, la universidad pública, las canciones de Nebbia, la política que prometió derechos civiles. La balsa y el naufragio. Cuando dice clase media hay una flecha que lo señala a él. Un pueblo albertista. Por eso hay cosas que no se entienden. El pacto no escrito del Frente de Todos se fundaba en que cada uno ponía su parte. Cristina la base de la tercera sección electoral y la militancia progresista, Massa las contraseñas con la clase media baja y Alberto el puente a los sectores productivos y a nuestra clase media universal (eso que todos queremos ser). El eslogan de “volver mejores” debería actualizarse con cierto apuro: volver a las fuentes.

Por Martín Rodríguez – El Canciller