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Tartamudez: aprender a hablar sin miedo

La tartamudez es una dificultad del lenguaje que afecta la vida social y profesional de las personas. La detección en los primeros años de la infancia y las herramientas para afrontarla son los pilares de un tratamiento exitoso.

Había llegado el día y santiago deseaba que una de las frases más significativas de su vida le saliera bien, de corrido, sin interrupciones. Estaba a punto de decir “sí, quiero” frente a sus familiares, amigos y la mujer que amaba, pero no podía pensar en otra cosa que no fuera fallar una vez más y teñir ese momento de vergüenza. Este sentimiento se repite una y otra vez, en diferentes situaciones, en el día a día de las personas que conviven con la tartamudez desde que tienen memoria, porque el 80 por ciento de los casos aparecen en la primera infancia, entre los 2 y los 5 años. Por ejemplo, pueden llegar a caminar sin rumbo antes que preguntar dónde queda una calle; no querer un ascenso en el trabajo porque implica hablarles a los que tienen a cargo; pedir en un restaurante un plato que no quieren pero que es más fácil de pronunciar (la “p” se complica y a veces comer pizza no es una buena idea); no levantar nunca la mano en el colegio o en la facultad; evitar hablar por celular o viajar en colectivo porque decir hasta dónde van es toda una prueba; y ni pensar leer frente a otros o hablar en público.

También conocida como disfluencia, la tartamudez es la falta de fluidez en el lenguaje. Existen distintos tipos y grados: repetición de sílabas, palabras o frases; prolongación de sonidos, “saltos” y bloqueos con un esfuerzo físico que se nota. En el mundo, 2 por ciento de la población tartamudea, y son los varones quienes tienen más chances de hacerlo que las mujeres (una relación 4 a 1), explica la licenciada Julieta Castro, vocal de la Asociación Argentina de Tartamudez.

Desde hace tiempo, se sabe que tartamudear no tiene ninguna relación con la inteligencia ni es una enfermedad, sino que son muchos los factores que se combinan para que surja. La genética (en una familia suela haber más de un caso y hay al menos diez genes implicados), el desarrollo neuromuscular (los músculos de la lengua no responden a la orden cerebral) y la dinámica familiar juegan un papel importante en el inicio de la tartamudez, que muchas veces se desencadena por mudanzas, entrada al jardín de infantes, cambios de colegio, nacimiento de un hermano, etc. Tampoco es una cuestión psicológica; pero sí el factor emocional, los nervios y el estrés surgen como consecuencia, por las burlas en el colegio, las dificultades para expresarse y participar, y los comentarios de los demás.

“Mi terapeuta me hacía decir malas palabras, a mí me costaba, ahora quizás lo entiendo: quería que me defendiera, que pueda expresar tanta bronca e injusticia. Yo no hacía nada, me sentía totalmente vulnerable”, cuenta Ariel Waintraub, de 40 años, que desde muy chico tartamudea, pasó por dos operaciones que no cambiaron nada, repitió primer grado sin ningún sentido, hizo tratamientos toda su vida, se casó y tiene dos hijos, la mayor con disfluencia. Para Ariel, junto con las terapias y los grupos de apoyo que hoy coordina, confiar en uno mismo y superar el miedo que lo hacía aislarse fueron las claves. “La tartamudez antes era mi enemiga, mi sombra, ahora la veo más como una aliada”, confiesa.

A una conclusión similar llegó Jorge VI de Inglaterra, padre de la actual reina, cuya historia de vida quedó inmortalizada en El discurso del rey (2010), film que ganó un Oscar e hizo visible el tema de la tartamudez y cómo abordarla. Al final, Bertie (Colin Firth), después de terminar su primer discurso de guerra ante el pueblo, y luego de un tremendo esfuerzo diario por superar su miedo a hablar en público, le dice a Lionel Logue (Geoffrey Rush), con quien estableció un vínculo terapéutico fuera de serie: “Tenía que titubear un poco, para que me reconozcan”. Tal vez comprendiendo que si bien una persona con tartamudez lo será toda su vida, y se seguirá trabando un 20 por ciento de las veces, la ventaja es que tendrá herramientas para controlar esos tropiezos y no angustiarse.

DETECCIÓN TEMPRANA Y HERRAMIENTAS

Como en toda dificultad, el diagnóstico a tiempo y las terapias adecuadas hacen la diferencia.

La licenciada Castro explica que cuanto antes se llegue a la consulta siempre es mejor para el resultado del tratamiento. Apenas los padres observan que su hijo se traba al hablar, hace gestos (se pone colorado, estira el cuello, cierra los ojos, se tapa la boca, etc.) o hace fuerza para largar las palabras, deben consultar con el pediatra para que haga la derivación a un fonoaudiólogo especialista en disfluencia. En niños, el tratamiento se apoya mucho en la familia y el entorno, para lograr la mejor fluidez posible y confianza antes de los 7 años, porque luego la plasticidad cerebral va disminuyendo.

En cambio, en adolescentes, jóvenes y adultos el objetivo es darles las herramientas para compensar su tartamudez, para que aprendan a trabarse “más cómodos”. En las sesiones se trabaja el manejo del miedo a la exposición y la parte motora, pero también lo social, los sentimientos, los pensamientos respecto de lo que les sucede, por eso es tan importante complementar la terapia con los grupos de ayuda.

Daniela de Dios tiene 24 años y es abogada, trabaja en un estudio jurídico y durante toda su carrera no aceptó dar exámenes escritos como le proponían los profesores sino hacerlos de forma oral como el resto de sus compañeros. Hoy, después de un largo trabajo en el consultorio y con ella misma, cuenta: “Aprendí a hablar más despacio, sin querer escapar rápido de la situación; aprendí a escucharme, a respetar mis tiempos, mis silencios, a enfocarme en lo que estaba diciendo y no en cómo lo estaba haciendo. Si bien técnicamente me sigo trabando a veces, ahora lo hago de una forma mucho mas cómoda y tranquila, comprendí que la que tiene el control sobre el habla soy yo y no la tartamudez. Cambié el foco”. Y tal vez en muchos aspectos de la vida, de eso se trata.

EN LA ESCUELA

Puede suceder que los docentes, ante un chico que tartamudea, sientan incomodidad, lo apuren para hablar o terminen la frase por él, pero este no es el camino. Algunos consejos para acompañar a un alumno con dificultades en el aula:

* Saber escuchar al niño que se traba sin apurarlo.

* Darle tiempo para hablar, para que pueda expresar cómodamente lo que quiere decir.

* No interrumpirlo cuando habla.

* Formularle preguntas de a una por vez y solo las necesarias.

* Hacerle notar todo lo que hace bien.

* Hablarle con frases cortas y con un lenguaje fácil, adecuado para cada edad.

* No decirle: “Pará, volvé a empezar”, “No te apures”, “Hablá despacio”. Las indicaciones de este tipo aumentan la tensión.

* Priorizar el contenido sobre la forma. Importa qué dice y no cómo lo dice.

* Comunicarse con él no solo verbalmente: acariciarlo, mirarlo, aceptar juegos no verbales.

* Prestar atención al lenguaje de los niños en general, escucharlos hablar. A veces la tartamudez pasa inadvertida en la escuela porque el chico no habla o habla poco..

Por Guadalupe Rodríguez