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Su árbol de Navidad

El sentido de los rituales, según pasan las generaciones. La identidad y los afectos, en un espejo que nunca repite imágenes.

Se acordó en cuanto llegamos a casa. En realidad, no se había olvidado nunca porque dos veces en el transcurso del tiempo que duró aquel paseo familiar al aire libre se acercó y me dijo: “Mamá, hoy hay que armar el arbolito”.

Y sí, tenía razón, porque era 8 de Diciembre y desde hacía diez años le venía transmitiendo algo que yo sostenía desde hacía ya muchas más décadas atrás.

Pero, debo confesar, que esta vez, extenuada por el paseo, en un punto equidistante entre el disfrute y el agotamiento, le cedí el puesto y la nombré la “decoradora oficial de la casa” para esta fecha.

En el mismo instante, una sonrisa enorme se apoderó de su cara, desterrando mi cansancio. Buscamos junto a su padre y hermano las cosas: el árbol, los adornos, las guirnaldas, que no sabíamos muy bien donde estaban ya que hace poco tiempo atravesamos una mudanza. Pero ella creía saberlo y no se equivocó. Solo le faltaron las luces, las que hasta hoy no pudimos dar con su paradero. Pero también lo solucionó.

Mi madre me inculcó la costumbre de armar el arbol de navidad el 8 de diciembre y reconozco que me emociona ver como espera con tanta felicidad la fecha para “comenzar a preparar la casa”, frase que era tan propia de mi madre y de la que ella ahora toma posesión con tanta naturalidad.

Desde hacía ya un tiempo anticipándose a la fecha, me pedía cambiar nuestro árbol, que ya por edad, pero no por tamaño, estaría rozando la añejez. Se imaginaba uno más alto, blanco (curiosamente como el que yo armaba junto a mi madre a su edad), para decorar con adornos plateados y dorados. Le digo que este año no se puede, tal vez el próximo.

Se entusiasma ante la posibilidad, aunque haya que esperar, y accede a “arreglárselas” con lo que ya tenemos: Un árbol verde, no muy alto, despelucado por el paso del tiempo, con el tallo un poco inclinado desde que lo compramos y que nunca pudimos solucionar por más artimañas que hayamos implementado y que, si fuese un ¿pino natural, ameritaría la ayuda de un tutor para encaminarse.

Lo decoró con los mismos adornos que otros años, pero a su estilo. Agrego otros, hechos por ella. Era su reversión. Para lo único que me necesitó fue para la guirnalda roja, que había puesto muy ceñida al tallo. Le sugerí que sería lindo que este más distendida, al estilo de una bufanda bien flojita, puesta “a la qué me importa”, y con esta última frase, me encontré diciéndole una vez más, palabras de mi madre.

Mas allá de las creencias, más allá de las fechas, nosotros armamos arboles junto a nuestros hijos permanentemente. Si me preguntan, yo lo hubiese hecho distinto. Mas simétrico, con menos colores. Pero estaba precioso. Me di cuenta que este era un árbol navideño genealógico porque se entramaban muchas cosas de mi madre, mías y ahora de ella. Pero también me di cuenta que yo de entrada, estaba haciendo algo distinto, estaba cediendo el puesto mucho más prematuramente, y también me gustó.

Tomar cosas de esas figuras que han sido tan amadas e importantes en nuestras vidas es algo que desde niños y de manera consciente e inconsciente, hacemos con naturalidad. Ahora, uno puede elegir con qué quedarse de esas identificaciones y con qué no, o también buscar puntos intermedios, o los opuestos. Se puede armar un árbol sin repetir modelos, o viceversa, se puede armar uno igual, pero, aunque no nos demos cuenta, siempre tendrá nuestras propias insignias. Y eso es lo bueno.

Con mucho cariño, Feliz Navidad.

Por Paula Martino – Psicoanalista