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¿Revolucionarios que cometieron delitos o delincuentes disfrazados de revolucionarios?

En una semana pródiga de noticias tribunalicias protagonizadas por personeros del anterior gobierno, día a día su identidad queda más clara y de justicieros les resta poco o nada. Eso sí, los delitos por muchos años no van a dejar de aparecer.

La verdadera corrupción se da cuando el poder político se convierte en aliado del poder económico y juntos se enriquecen a costa de degradar a la sociedad. Con la vuelta de la democracia, Raúl Alfonsín intentó resistir y forjar un gobierno digno, claro que ya en su mismo grupo de seguidores se incubaba la sustitución del militante por el operador. Nació ese ser oscuro y nefasto, encargado de intermediar entre los ricos y el Gobierno, esencial para la destrucción del Estado que vendría después. Esos seres oscuros se quedaron hasta con las estructuras partidarias, conspiradores convertidos en presidentes de partidos y la política dejó de ser pública para caer en manos de personajes clandestinos.

Menem con su dupla de verdugos, Cavallo y Dromi, fue destruyendo el Estado, todo lo que daba ganancia pasaba a manos privadas, concesiones de todo tipo, desde los peajes a los aeropuertos, desde el juego a la televisión. Así se privatizaban los ferrocarriles, sólo para concentrar las coimas en un único operador y en esa medida permitir que el Gobierno de turno se quede con porcentajes en todos los negocios. Privatizar para destruir y corromper, el cuento de la competencia en manos de los monopolios, un verdadero capitalismo de saqueo. Y mayoritariamente extranjeros. Para esta gente, Perón había escrito un libro, que se titulaba Los vendepatria. El comercio derrotó a la producción; el puerto volvió a destruir al interior al priorizar la importación a la exportación; la Nación se fue degradando en colonia; el kirchnerismo se imaginaba revolucionario al cambiar al imperialismo norteamericano por el chino y el ruso, olvidando que la peor etapa de todo intento imperial se da en el momento de su expansión.

En esos tiempos, los Kirchner tuvieron un protagonismo que no ejercieron contra la dictadura a la cual tanto jugo le sacaron cuando ya solo era una memoria rentable. Ninguno de ellos fue perseguido ni actuó con dignidad, ni los Kirchner, ni los Zaffaroni, ni los Verbitsky; todos ellos transitaron la dictadura con el mismo oportunismo con el que inventarían luego enemigos supuestamente de derecha para poder asumirse como alternativa de izquierda. Y ahora viene la pregunta del millón. ¿Eran revolucionarios que cometieron delitos o delincuentes que se disfrazaron de revolucionarios? La derrota los dejó al desnudo, al perder el Estado y no poder imponer la corrupción a través de “Justicia Legítima”, al perder el Gobierno, se perdió también la impunidad.

En Uruguay y en Chile, el progresismo sigue vigente por dos razones fundamentales, primero son dueños de una historia militante digna, de una verdadera propuesta y nunca cayeron en la corrupción. No vengan con el cuento de que en Venezuela y en Brasil la culpa fue de la derecha; en Venezuela son indefendibles y, si bien es cierto que en Brasil Lula y Dilma no fueron los verdaderos responsables de semejante desmadre, también aceptemos que la corrupción los había pasado por encima.

Compartimos con Venezuela la concepción de la grieta, donde el adversario se convertía en enemigo y merecía en consecuencia ser perseguido. Esos odios suelen ir acompañados de la necesidad de ocultar riquezas mal habidas. El kirchnerismo deja los odios a flor de piel y la injusticia como única foto de la realidad. El discurso era justiciero, la realidad estaba asentada en los negociados, duplicaron el juego, vendieron primero y compraron después YPF, hasta las universidades que fundaron se ocuparon de llenarlas de obsecuentes y utilizarlas para la corrupción. Mediocridad y delito, persecución del disidente y nombramiento de empleados públicos al servicio de la causa. No intentaron enfrentar a los ricos; soñaron tan sólo con sustituirlos, con ocupar su lugar, y muchos de ellos, demasiados, finalmente lo lograron.

Mientras un hombre como el Pepe Mujica da testimonio con su vida, los nuestros se ocuparon de acumular riquezas y lucirlas, invadieron las zonas de los ricos de moda, se dedicaron a comprar propiedades en Miami, eso sí, todo sea para enfrentar al imperialismo. Se acomodaron con las prebendas del poder y no imaginaron la posibilidad de una derrota. Si ganaban, hubieran multiplicado la corrupción y la persecución de disidentes, los medios y los seguidores se fueron diluyendo con los meses, eterna historia del género humano, los amores rentados se agotan a la par del dinero que los convocó.

La corrupción que a diario desnuda la realidad y la deserción que aflige a sus propias filas son las marcas definitivas del final del kirchnerismo. Es cierto que tuvo quienes creyeron en él, tan cierto como que esos mismos inocentes son los más afectados por este vendaval que convierte un árbol ayer frondoso en un esqueleto con más recuerdos que ilusiones.

Donde busquen encontrarán prebendas: aunque busquen, no encontrarán generosidad ni grandeza. Nadie encuentra lo que no había, fue una etapa cuyo avance decía ir en pos de la justicia y siempre terminaba intentando limitar la libertad. Ese fue el camino de todas las falsas izquierdas, de Stalin persiguiendo y asesinando a Trotski, de la Cuba de los Castro y de la Venezuela de los Chávez y los Maduro. Dicen necesitar el poder para gestar la justicia, terminan limitando y hasta suprimiendo la democracia y las libertades diciendo que era para los humildes y todo culmina con el enriquecimiento de ellos.

La corrupción es inherente al autoritarismo, el poder absoluto es un destino que solo buscan los que tienen más intereses personales que sociales. Usaron los setenta como si los sufrimientos de los jóvenes revolucionarios merecieran mayor respeto que las necesidades de los humildes. Cansan, aburren, mienten, mistifican el pasado en el que poco o nada digno tienen para mostrar e intentan con eso justificar la desmesura de sus corrupciones.

Ni los derechos humanos ni la persecución política son conceptos que puedan utilizar aquellos que se sirvieron del poder sólo para desplegar su codicia. Mucho más grave que la misma corrupción es la justificación con la que intentan esquivar a la misma condena. Es cierto que el actual Gobierno es de derechas, pero es absolutamente falso que el delito sea de izquierda o progresista. El delito es delito, más allá de la supuesta ideología detrás de la cual se intente ocultar el delincuente que utilizó el Gobierno en su propio servicio.

Cuando conviven la corrupción con las promesas de revolución, alguno de los dos está de más y los derrotados eran hijos de la codicia y tan sólo primos lejanos de la justicia social. Cada día que pasa, su identidad queda más clara y de justicieros ya les resta poco o nada. Eso sí, los delitos por muchos años no van a dejar de aparecer.