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Quintana y Lopetegui, los gerentes de Marcos Peña para pulverizar el sistema político

Marcos Peña siempre dice que llegó a la política para cambiarla, tal vez por eso una de sus primeras decisiones fue nombrar a dos ex gerentes de McKinsey en los dos máximos cargos jerárquicos que le siguen en la Jefatura de Gabinete, tal es así que dijo “el recurso humano que necesito no lo encuentro en la política” y nombró a Gustavo Lopetegui y Mario Quintana, muy elogiados por el establishment empresarial porteño fueron perfectamente definidos por Jorge Asís, quien dijo con ironía “felicito a Marcos Peña que pudo sumar a estos tipos que en la actividad privada ganaban $400 mil por mes a ser funcionarios públicos por $70 mil, sin entender un pito de política ¿o tengo que pensar que volvieron los sobresueldos?”. Pero ¿quiénes son Quintana y Lopetegui? Enterate en esta nota escrita por José del Río para La Nación.

El mito es la última verdad de la historia, el resto es efímero periodismo.” El enorme cartel con la frase de Jorge Luis Borges es lo único que queda de la herencia kirchnerista en el salón Martín Fierro de la Casa Rosada. Es la antesala a dos de los escritorios que rompieron el molde de los gabinetes tradicionales: el de Gustavo Lopetegui y el de Mario Quintana.

Ambos ex McKinsey aparecen como los coordinadores del nuevo engranaje de gestión macrista bajo la órbita del jefe de Gabinete, Marcos Peña. Se reparten entre ambos 22 ministerios, 13 organismos descentralizados y 16 empresas en las que el estado es accionista principal. Es común verlos llegar a las 8.30 y partir poco después de las 20.30, siguiendo el ritmo de la agenda del día que, a diferencia de lo que se pensaba al principio, excede la órbita económica.

Los 45 lápices negros reposan sobre la mesa contigua al escritorio de Lopetegui. Allí se acomodan también los caramelos de menta, las hojas en blanco en las que delinea lo que va conversando y un imponente cuadro de Jorge Dermijián.

“Es muy frecuente que uno abra la puerta del otro cuando estás reunido porque claramente funcionan como un equipo que se conoce de toda la vida”, comenta un directivo que se reunió con ellos hace poco menos de una semana. De hecho, sumaron al sector público un liderazgo al mejor estilo McKinsey. Cuentan con equipos de analistas asignados (uno senior y otro junior) a cada uno de los ministerios y llevan un pormenorizado detalle de las metas trazadas para los próximos cuatro años con sus respectivos proyectos y manejos presupuestarios. Suelen revisar las metas contra los resultados en un gran tablero de comando que da la sensación de cronograma invertido sobre los días que pasan y las cuestiones que entienden son imprescindibles de resolver. La forma en la que se repartieron las responsabilidades es aleatoria, ya que se complementan.

Por ejemplo, hace menos de un mes terminaron de rearmar todo el presupuesto para alcanzar el 4,8% de déficit comprometido por el ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay. El objetivo en este caso pasa por eliminar una práctica habitual de los últimos doce años en los que se subestimaban los resultados para ampliar las partidas y tener la posibilidad de asignaciones discrecionales. También por generar la conciencia de recursos y prioridades entre los funcionarios que lideran.

El objetivo principal que les había dado el Presidente para los primeros 130 días pasaba por “cambiar el régimen” sin crisis. Es que, según sostienen fuentes cercanas a la dupla, el principal problema de la economía local pasa por una crisis que no era evidente a los ojos de la gente pero que hace tiempo existía. Anécdotas que se vivieron en esos despachos sobran. Por ejemplo, la de un sindicalista que a pocos días de llegar a Balcarce 50 visitó a uno de ellos y le dijo sin que le temblara el pulso: “Ustedes no llegan a junio”. Estaba convencido de que el Gobierno no podría superar el campo minado de la economía de Kicillof ni que habría chances de resolver el capítulo default sin mayoría en las cámaras.

Tras resolver el tema del cepo al dólar, las irregularidades de comercio exterior y el pago a los holdouts ahora inician una nueva agenda en la que la economía real será la clave. Contra todos los pronósticos no los asusta la inflación creciente. De hecho, ya en los tiempos en los que ambos colaboraban con la Fundación Pensar habían hecho el cálculo de cuánto implicaría corregir las distorsiones relativas de las tarifas: unos siete puntos adicionales de inflación a la zona de Capital Federal y Gran Buenos Aires. El mismo pronóstico que hoy tienen las consultoras. Una vez pasado el chubasco de la pérdida de poder adquisitivo estiman que el remedio que existe hace ya varias décadas a nivel mundial será suficiente para frenar el embate alcista de los precios. La apuesta concreta es que desde julio se termine con la inercia de las correcciones y empiece a verse el freno concreto producto del trabajo conjunto entre los distintos miembros del gabinete económico.

También trabajan en un nuevo indicador laboral que surge de las alzas y bajas que registra la Anses en función de la clave única de identificación laboral (CUIL). Es que en el Gobierno creen que existe mucha desinformación sobre la situación real del empleo. Los números que manejan muestran una caída concreta en el sector de la construcción que estiman se revertirá a partir de los créditos de organismos multilaterales y la reactivación de la obra pública.

Los roles son similares a los que generaban como dupla en los tiempos de consultores o cuando ambos se convirtieron en empresarios exitosos. Al punto de ser, hasta antes de sumarse al Gobierno, parte en los directorios o inversores minoritarios de los proyectos de cada uno. Como cuando Lopetegui gestó la cadena de minimercados Eki o la productora de quesos gourmet Pampa Cheese. O durante el tiempo en el que Quintana puso sus fichas en la gestación de la cadena de farmacias Farmacity y el posterior crecimiento de las firmas controladas por el fondo de inversión Pegasus.

Para Lopetegui la vocación por lo público no es nueva. Cuando arrancó a trabajar en McKinsey la consultora no prestaba servicios al Estado. A él, sin embargo, siempre le interesó la política y no la militancia. Finalmente, cuando la firma cambió su estrategia comenzó a trabajar para algunos organismos públicos y allí fue conociendo a varios de los dirigentes que hoy forman parte de puestos clave del Gobierno. Horacio Rodríguez Larreta, hoy jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, era gerente general de la Anses; una joven María Eugenia Vidal trabajaba en la Fundación Sophia en la que Larreta era factótum. Allí se cruzaron los caminos de Lopetegui, también de Pedro Lacoste, hoy viceministro de Economía, y de varios de los hombres clave del Gobierno actual. Algo similar ocurrió en el pasado reciente cuando casi la totalidad del hoy gabinete se encontraba en la Fundación Pensar para delinear un futuro gobierno que, encuestas en mano, paradójicamente parecía esquivo.

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Por José del Rio – La Nación