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Querer es poder

Un gobierno que pierde el rumbo y busca remedio. La enfermedad nacional, una realidad que limita y la convicción. Las recetas de Cristina y Macri. ¿Hay salida?.

A pesar de que goza del prestigio que le da la necedad, la consigna de “morir con las botas puestas” no es la mejor opción de vida; resulta más conveniente no perecer y, como manda la naturaleza, adaptarse a la realidad. En política, con todo, la cuestión es más compleja, porque, si morir haciendo la propia es una burrada, ceder y ceder lleva a olvidar para qué fue, a fin de cuentas, que se inició una aventura. Como se sabe, fracasar sin haber sido fiel a las propias convicciones es el peor destino que le puede caber a un ser humano. Acaso estas cavilaciones ocupen hoy las mentes de algunas de las máximas autoridades de la Argentina, urgidas de encontrar un remedio a sus males de gestión.

“Hubo cosas que no pude hacer, otras que no quise y otras que no supe”, dijo Raúl Alfonsín tiempo después de haber abandonado el gobierno en medio de un caos. Resumió de ese modo los dilemas que le presentaron cinco años y medio de un mandato interruptus, en el que los condicionamientos fueron demasiados y sus recursos, acotados. Lo suyo fue un fracaso rotundo en lo económico, pero no en lo político. En esto último cedió, pero sin perder de vista su principal objetivo: consolidar la democracia y hacer que, al menos, los máximos responsables del plan sistemático de exterminio pagaran sus culpas. El secreto, como muestra el caso de quien probablemente –a pesar de sus claroscuros– sea lo más parecido a un prócer que puede entregar la contemporaneidad, consiste entonces en adaptarse al entorno, sí, pero sin olvidar el propósito inicial. Con un debe menos abultado que el que dejó el último radical, cabe esperar.

Desde hace décadas, los presidentes del país tropiezan con las mismas piedras: un empate hegemónico entre la tradición populista-peronista y la liberal-conservadora, una puja distributiva que se desliza cada vez más rápidamente hacia el segundo polo, una macroeconomía siempre desastrosa y niveles de pobreza que saltaron del 8% en 1974 al 40,9% al final del primer semestre del año pasado. ¿Será que la grieta cruda, la política de matar o morir –para seguir con las frases de catálogo–, sin mediaciones legales e institucionales que den a los débiles el único refugio al que pueden aspirar, es el aceite sobre el que se resbala, desaprensiva, esa imparable carrera hacia la infelicidad de las mayorías?

Por debajo de la economía indómita, hay una sociedad también indómita y, en segmentos considerables, suficientemente numerosos o gritones como para frenar la maquinaria todo el tiempo, verdaderamente adolescente. La rebeldía sin causa ante las limitaciones que impone la autoridad –democrática, se entiende– y el rechazo a acotar los deseos propios en pos de la convivencia son los rasgos de esa primera y eterna juventud. La pandemia, ante la cual cada vez más argentinos ignoran tanto las normas de aislamiento que se les dictan como su responsabilidad individual, es un buen ejemplo de esa característica. Mientras, con niveles de contagio similares a los de agosto, gobernantes impotentes y gobernados inconscientes se sientan a esperar que las cifras diarias de muertes también vuelvan, por decantación, a las de ese mes.

En ese contexto, el gobierno de Alberto Fernández navega cada vez más a la deriva, en las aguas agitadas que mezclan esos impulsos sociales y la falta de reglas de una política que ya impide la convivencia no solo de los disímiles sino incluso de los afines.

Que allá por octubre y noviembre haya pensado en darle a su gestión económica un tinte –tenuemente– ortodoxo y que en diciembre haya cambiado y aplaudido en La Plata las demandas públicas de su vicepresidenta es demostrativo de una desorientación fuerte. Es cierto que la pandemia trastocó todos los planes, ¿pero cuál es, en definitiva, el horizonte que el mandatario le ofrece a la sociedad?

Hasta el momento, lo que se advierte es lo que el periodista Diego Genoud llamó en Letra P “el ida y vuelta de Fernández”, quien no muere con las botas puestas ni encuentra el punto exacto en el que conciliar no significa desnaturalizar la propia visión. En ese camino, acaba de tropezar por enésima vez con la aplicación de un toque de queda sanitario. Así, el DNU –decreto de necesidad y urgencia–, vaciado de contenido por gobernadores que también se van en amagues, mutó en una figura legal novedosa: una SNU, sugerencia de necesidad y urgencia.

En su primer año y un ratito en la Casa Rosada, el jefe de Estado ha actuado reactivamente ante las presiones del momento, ya sea el temor que le provocó –justificadamente– la emergencia sanitaria, la desobediencia de los pendeviejos que violaban el aislamiento para bailar en la calle y que convierten el tapabocas en un tapamentones, el mercado que se abalanzaba sobre el dólar, el pliego de condiciones de Cristina Kirchner… ¿vendrá pronto otro enganche, una nueva doble Nelson del mercado con apoyo del Fondo Monetario Internacional (FMI)? Hay que esperar para saberlo.

Es cierto que pocos ayudan. Ni la calle ni el palacio entienden la necesidad de ceder algo en pos de objetivos que no pueden ser otra cosa que comunes: volver a crecer y no avanzar ciegamente hacia la próxima estación de la pobreza, dada por el 56,3% de los niños que ya están en esa condición, número que se trasladará al conjunto simplemente a través de la dictadura de la inercia. La idea oficial de un acuerdo económico social, remake desteñida de precedentes poco exitosos, ya ni es evocada y, con perdón de Eduardo Duhalde, no habrá Moncloa criolla. Es de esperar que al menos se deje de mencionar esa palabra que casi nadie entiende, cuya mera enunciación provoca la muerte de un cachorro de yaguareté. Un poco de piedad: esa especie no da para más.

El tenor de la política argentina, al menos hasta el próximo palazo, será el de ir viendo. Así nos va.

Lo atamos con alambre

La crisis permanente causó un desastre en la economía y una implosión en la política y en el plano de los valores. Del bipartidismo, la Argentina pasó a un sistema de dos alianzas invertebradas y del presidencialismo fuerte, a uno de coalición, a la brasileña.

En ese marco y, otra vez, sin la institucionalización ni las reglas de convivencia que permitan gestionar con solidez la refundación nacional, cada uno hace lo que puede. Cambiemos –luego Juntos por el Cambio– se presentó como una alianza electoral y parlamentaria, pero no de gobierno. Eso le permitió al PRO no compartir áreas de administración, poder y cajas con radicales y lilitos, pero no surfear la crisis de larga data. Mauricio Macri no murió con las botas puestas del ajuste a fondo que había imaginado en el inicio de su campaña y eligió suicidarse políticamente a más largo plazo, fatigando el atajo del hiperendeudamiento, uno que toda la sociedad pagará por décadas en forma de escuelas y hospitales escasos y mal dotados.

El Frente de Todos dio un paso más: la suya es una alianza electoral, parlamentaria y de gobierno. Sin embargo, no avanzó hacia el prometido modelo de institucionalización del Frente Amplio uruguayo y, por lo tanto, también carece de articulación. Así, su “mesa política” consta de unas pocas sillas en el centro del campo de juego del estadio Diego Armando Maradona de La Plata. En ese espacio, más que conciliar visiones y políticas, los y las protagonistas ventilan diferencias en público.

Sostenido por una coyuntura internacional envidiable, Néstor Kirchner hizo lo que quiso y tuvo tanto éxito que engendró un movimiento que gobernó 12 años seguidos y aún perdura, incluso cuando su sucesora sí decidió morir con las botas puestas y no bajar ni una bandera, incluso al precio de maniatar fatalmente la economía. Macri, lo dicho, cedió a una alucinación y se fue mal, con una imagen que solo resiste por los caprichos de la grieta. Fernández llegó a donde llegó justamente por la promesa de no morir de gusto ni vivir sin propósito.

Entonces, ¿ceder, no ceder o hasta dónde hacerlo? ¿Qué decidirá Alberto Fernández para los casi tres años que le quedan para tratar de torcer la historia? Establecer un rumbo y negociar los detalles, pero sin olvidar el objetivo final –ordenar el caos nacional con un criterio de equidad– puede ser el remedio buscado, el paso para inyectar, por fin, el líquido que la sociedad puso en sus manos. Querer es poder.

En la política, literalmente, la Argentina se juega el tener o no tener futuro. Eso es algo demasiado importante como para darse el lujo de insistir en los errores de siempre.

Por Marcelo Falak – Letra P