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Periodistán, un argentino en la ruta de la seda o el arte de viajar sin reforzar estereotipos sobre Rusia, Irán o Afganistán

En su reciente libro, el periodista Fernando Duclos desmitifica prejuicios sobre países que son permanentemente estigmatizados en la prensa occidental.

Los prejuicios pueden hacer mucho más daño que la pobreza porque, además, también la provocan.

Bajo esta premisa, el periodista argentino Fernando Duclos se lanzó en 2019 a una larga aventura viajera para recorrer la ruta de la seda con los ojos y el corazón abiertos en torno a sociedades que arrastran una carga de percepciones negativas, construidas principalmente desde los medios occidentales.

El viaje fue extenso: desde una parada previa en los Balcanes a Estambul, Moldavia y Georgia; de Rusia y Ucrania a Uzbekistán, Afganistán, Kirguistán e Irán, pasando por países casi desconocidos como Transnistria, que arrastran historias dignas de la mejor tradición del realismo mágico latinoamericano.

En esos meses descubrió que, más allá de las distancias geográficas y diferencias religiosas y culturales, los seres humanos somos más parecidos de lo que muchas veces nos quieren hacer creer. Que en Rusia es muy fácil encontrar hospitalidad y hacer amigos. Que la amabilidad de los iraníes subyuga. Que en Afganistán hay paisajes que seducen. Que no todo es desierto, ni violencia, ni frialdad.

Duclos, quien el próximo viernes participará en el Festival de no ficción Basado en Hechos Reales, creó un alter ego para contar en redes sociales crónicas que, de a poco, se fueron viralizando. Periodistán se convirtió así en un famoso y querible personaje que garantizaba originalidad y calidad en sus narraciones. Pero la pandemia interrumpió de golpe el viaje y el periodista tuvo que volver a las apuradas a Buenos Aires.

Una vez aquí, comenzó a escribir “Periodistán. Un argentino en la ruta de la seda” (Ediciones Futurock), un libro de reciente publicación que recopila pasajes de su periplo, sin caer en la anécdota facilista y en el que sobresalen historias como la de Anas, un refugiado sirio de 30 años que Duclos conoció en un bar en Mardin, Turquía, y que le pidió llevarle pañuelos, jabones y un corazón de madera a Marcela, una amiga de Catamarca, una provincia argentina. O la de Shameela, la esposa de Aziz a la que, debido a las reglas islámicas, nunca vio aunque se hospedó en su casa en Masar, Afganistán, y que le regaló un vestido verde para que se lo llevara a su madre o a su novia. O cuando se “cuela” en una boda gitana en Samarcanda, en Ubekiztán y termina bailando y brindando con desconocidos que, al final, no lo son tanto.

Sin recelos

Duclos explica la historia de los lugares que visita, se conmueve, se enamora, se maravilla, se sorprende. Ríe y llora. Le regalan abrazos, comida, albergue, cobijo, ‘autostop’ en caminos inhóspitos, compañía y hasta dinero. Aprovecha el pasaporte intangible que forman las palabras Messi y Maradona, y que suelen abrirles puestas y fronteras a los argentinos en los lugares más remotos. Celebra especialmente sus encuentros con personas de culturas tan diversas.

“Esos pequeños momentos de ver las caras de la gente, sus expresiones, alegrías, entusiasmos, ilusiones, ambiciones, demonios, contradicciones y luchas valen mucho más que cualquier fotografía del más hermoso paisaje. En cada uno de esos minúsculos (y gigantescos) actos de amor, vuelve a nacer la humanidad”, escribe en uno de los pasajes en los que reflexiona sobre la importancia de haberse lanzado a esta aventura.

Quien haya viajado por Rusia sabrá de primerísima mano que el estereotipo e ruso hosco, frío y poco amigable que prevalece en los medios está muy lejos de ser real, y a los que no tuvieron la suerte de viajar se los cuento: varias de las personas más agradables y hospitalarias que conocí durante mi recorrido vivían en la gigantesca nación”, describe, aunque también reconoce que “los viajeros generalmente no comprendemos nada de que sucede en los países que visitamos: apenas miramos con otros ojos, desacostumbrados y desprevenidos”.

 

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En Irán, al que considera como uno de los países más estigmatizados en la narrativa occidental, el cronista asegura que conoció “a las personas más amables, hospitalarias, fraternales y cálidas”. “Y en donde viví bellísimas e intensas experiencias. Es un país cautivador y sensual, avasallador y exigente”, añade.

También se rebela a las demonizaciones mediáticas. Es normal, dice, que los gobernantes de otras latitudes sean representados por la sociedad occidental como “bestias sin alma” y se exagere su brutalidad y salvajismo. “A Nasrullah Khan (emir de Afganistán) se le conoció como ‘el carnicero‘, apodo con el que jamás se bautizaría a un primer ministro británico o a un presidente norteamericano, por más muertes de niños afganos, iraquíes o sirios que encuentren en su haber“, analiza.

Otro ejemplo es el de los soldados franceses. “Se cansaron de asesinar y torturar africanos con la mayor saña y brutalidad posible y, sin embargo, si uno se cruzase en la calle con uno de ellos, no sentiría ningún miedo”, explica Duclos, situación que no ocurre con los musulmanes, que suelen ser vistos con temor porque están estigmatizados como potenciales ‘terroristas’.

Contar con profundidad

El libro de Duclos ha sido un éxito editorial. Quizá en parte porque aporta una mirada original que no juzga a los países ni a su gente. Que desafía los lugares comunes sobre culturas. Que invita a viajar y en el que destaca, sobre todo, la gratitud del autor que contrarresta discursos únicos y, muchas veces, caricaturescos. Lograrlo sin caer en lo naive no es nada fácil.

“Es imposible querer contar historias de Afganistán sin caer en ‘la resiliencia de los pobres hombres y mujeres que ven caer las bombas’. Yo no quería eso, no me gusta el pobrismo ni tampoco el periodismo que se regocija del golpe bajo porque es muy maniqueo: resulta que todas las personas que sufren por la guerra son personas buenísimas que vieron sus vidas destrozadas, y las que provocan la guerra o tienen plata son personas malísimas. Pero la vida no es así”, explica Duclos en entrevista con RT.

Para evitar esos riesgos, añade, decidió simplemente describir lo que veía, la vida cotidiana. “Me pareció mucho más potente, en lugar de hablar del ‘pobre’ afgano que logró rehacer su vida, contar la vida de un afgano que se levantó, fue al colegio, luego fue a jugar al cricket, después fue a comer afuera. Me parece la mejor manera de combatir el estereotipo que otra vez caer en la imagen del heroísmo que, además, siempre deja a la otra cultura como subordinada. Estamos tan contaminados de ciertas visiones y a veces nos ponemos en un pedestal frente a otras personas, que ya solo contar tratando de que sea de igual a igual ya es un diferencial”, añade.

 El Islam arrastra una permanente carga negativa, ¿cómo escapaste a eso?

Porque ya había viajado por África, que es otro continente que carga con una perspectiva negativa. No se piensa que son terroristas pero sí que son gente pobrísima que se está muriendo de hambre todo el tiempo, que pasan leones por la ciudad, que son todos de tribus que casi no usan ropa. Cuando conocí África me di cuenta de que era 100 % diferente. También tengo un amigo musulmán desde el colegio, algo que no es algo común en Argentina, y me contaba cosas del Islam desde hace 20 años. Lo que veo es a un par, una persona. Daría lo mismo si fuese musulmán, católico, judío o lo que fuera, no hay ninguna diferencia, salvo que hay un mes en que él ayuna y no toma alcohol. Eso me ayudó a combatir prejuicios.

 Viajar con la intención de “desmentir” los discursos de la prensa occidental también puede ser un riesgo, ¿cómo evitar caer en la mera respuesta a esos estereotipos?

Puede parecer simplista, pero básicamente traté de enfocarme en contar, en olvidar si le estoy respondiendo a alguien. Siempre nos dijeron que Medio Oriente es solamente un desierto. Yo podría poner fotos de Siria, de Irán, con flores, con jardines, con cataratas. Solo con eso ya estoy respondiendo o desmintiendo, sin necesidad de caer en esta cosa de la contra información o, al menos, hacerla explícita. Sí es verdad que a veces uno no puede evadirse del discurso dominante, y a veces hay como esta cosa de: ‘quiero contestar’. Pero simplemente quiero contar sin adjetivar, sin agredir. Al final termina siendo mucho más poderoso porque dejas que el lector saque su propia conclusión. A nadie le gusta tampoco que le den toda la información masticada.

Una mirada propia

En su paso por Rusia, en el descubrimiento de su vastedad territorial, horaria, histórica, Duclos no dejaba de pensar en cómo se suele reducir a ese país en Siberia, la Plaza Roja, el Kremlin, San Petersburgo y el Lago de los Cisnes.

“Estuve en el Cáucaso, en Grozni, Daguestán, Osetia, Astracán, Volgogrado, Kalmukia (…), ves que realmente es un país gigantesco, que es muy diverso, con mucha gente increíble. Cuando estaba en Daguestán y escuchaba los llamados de las mezquitas y veía los cárteles de la ruta en árabe, decía: ‘guau, esto es Rusia, y no es la que aparece en la tele‘. Y luego, cuando estaba en Anapa, en la playa, y hacía 40 grados y me estaba muriendo de calor, o en Rostov, me preguntaba qué Rusia es esta. Es un país tan gigantesco, tan lindo, y hay millones de personas y paisajes tan diferentes. A veces nos venden una idea monocromática de Rusia: desierto, frío y Moscú. Eso es apenas una partecita”, dice.

 A lo largo del libro presentas a personas de culturas diferentes, lejanas a Occidente, pero también diferentes entre sí. El común denominador es la hospitalidad, la apertura. Destacas valores muy positivos de todas ellas, pero me parece que tiene que ver más contigo, eres tú quien recorre el mundo con esa mirada generosa. En realidad no hablas de ellas sino de ti, ¿lo habías pensado?

Pasa que voy muy abierto, muy respetuoso. Nunca tratando de imponer nada mío sobre otras personas, y es verdad que se me abren puertas que a otra gente tal vez no. Al mismo tiempo también es verdad que la gente es muy hospitalaria. También puede ser verdad que me han pasado situaciones de decir: “no puede ser que esto me esté pasando a mí”, y creo que tiene que ver con el respeto, con no mirar a nadie desde ningún pedestal, de tratar de integrarme, pero a la vez consciente del papel que ocupo. No soy checheno, afgano, ni turco. Es plantarme desde el aprendizaje mutuo, de tratar de entender a la gente.

¿Qué hiciste con todos los sentimientos, con la energía, con las emociones, con el amor que te fue habitando a lo largo de tu viaje? ¿Qué te pasó al final, cómo te recuperaste? ¿Te recuperaste?

Es raro verlo desde un perspectiva muy cercana. Ahora particularmente me llegan un montón de mensajes hermosos, y a veces casi que no puedo contestarlo. A lo mejor hace año y medio, si me llegaban, me sentía el hombre más feliz del mundo, pero ahora me llegan 15 por día del tipo: “gracias a vos viajé y le regalé el libro a mi abuela de 90 años y me dijo que se emocionó”. Son mensajes increíbles, como: “leímos tu hilo de Twitter en clase con mis estudiantes y eso provocó un debate de dos horas”. Me emociona. Al mismo tiempo, y es feo decirlo, me estoy acostumbrando, entonces paro la pelota y me digo: “Che, tienes un programa de televisión, das charlas, todo a partir de un viaje que no me pagó nadie, que básicamente me mandé solo”. Es muy lindo saber que hace año y medio estaba saliendo de un aeropuerto y ahora un montón de gente me escucha. Es mucho amor y trato de retribuirlo.

Cecilia González- Actualidad RT