Image default

Pequeños veganos

Ser vegano es una elección de vida que implica mucho más que un tipo de dieta en la que quedan desterrados los productos de origen animal. Ser vegano es asumir una posición de repudio y oposición al maltrato y la explotación animal.

Historizando el movimiento, sabemos que Donald Watson ha sido el precursor y quien le ha dado el nombre que hoy está afianzándose cada vez con mayor fuerza en la sociedad. Watson, nació en 1910 en el pueblo de Mexborough, en el condado inglés de Yorkshire del Sur.

A los 13 años, tomó la decisión taxativa de cerrar su boca ante cualquier alimento cárnico. Deseos decididos si los hay, que, al momento de su muerte, a los 95 años, llevaba 82 años de abstinencia. Repudió la violencia en cualquiera de sus formas y, fiel a su sensibilidad, se abstuvo de participar de la segunda guerra mundial. Dentro de su familia, tuvo aliados y detractores, ya que si bien sus hermanos fueron sus principales seguidores, su madre, los veía con una ajenidad tal que decía sentirse como una gallina que había incubado un grupo de huevos de pato. De la figura del padre, mucho no se sabe, pero teniendo en cuenta la metáfora utilizada por la madre, se podría pensar en que ha sido una crianza materna bastante animal, bastante a solas, de pollitos descarriados que intentando escapar al deseo materno, pasaron a ser vistos por la misma madre como de otra especie.

Impactado por las diferentes formas de maltrato animal que iba descubriendo, Watson excluía de su dieta cada vez a mayor cantidad de alimentos, a los huevos, a la leche, y a la miel, y a todos productos derivados de los animales para convertirse en vegano antes de que existiera una palabra que definiese esta condición.

Reafirmando estas ideas proteccionistas, una situación traumática que presencia y que lo lleva a cambiar definitivamente su forma de vida, fue el sacrificio de un cerdo en la granja de su tío: “La escena idílica de ese lugar era un engaño, ya que no era más que un corredor de la muerte donde los días de cada criatura estaban contados. Ese día decidí que las granjas, y los tíos, tenían que ser reevaluados”, dijo Watson en una entrevista del año 2002, haciendo mención desde su propia experiencia, al segundo tiempo de todo acontecimiento traumático, el que siempre resignifica a uno anterior.

En este punto, me parece apropiado incluir lo que nos dice S. Freud del Trauma que es una operación psíquica, que establece una relación retroactiva entre una representación penosa actual y la huella de la experiencia infantil, inscribiendo a esta última como traumática.

De esta manera, Según el relato de Watson, “la escena idílica” del lugar, se transmuta en el “corredor de la muerte” para animales descarriados, y los tíos amorosos, en los depredadores desalmados.

Ante este episodio, interpretado como criminal, se adscribe definitivamente a esta modalidad de vida y le da un nombre. El significante que construyó fue, en principio, un neologismo, vegano (vegan, en inglés), quedó conformado por las primeras y las últimas letras de la palabra vegetariano (vegetarian), representando el principio y la finalidad de un hábito. En base a lo que no dice la Vegan Society, el término expresa que el veganismo tiene su base en el vegetarianismo y aspira a lograr la buena salud sin hacer sufrir ni morir a ningún animal.

Ahora, si bien estas ideas han estado presentes desde hace muchos años en el modo con la que una persona adulta se relacionaba con los hábitos alimentarios, el elemento que hoy se reedita y se actualiza una y otra vez, es que, al estilo de lo que le pasó a Watson, este discurso está siendo adoptado, recreado e implementado cada vez por más niños que toman decisiones de cambios de hábitos alimenticios más allá de la dieta que realizan sus padres. Y a la situación que me interesa referirme, es a aquellas familias donde no se lleva a cabo un tipo de alimentación vegana, porque en las que se practica, los niños incorporan este tipo de alimentación por transmisión y con naturalidad.

Poseedores de un tipo de relato que, de acuerdo a la edad, va de menor a mayor grado de elaboración y complejidad, los pequeños veganos nos dicen: que no quiero que maten más animales, que te estás comiendo una vaca que estaba en el campo con su familia, que esa gente (productores de ganado) está destruyendo el planeta, que el nivel de cortisol por el stress que atravesó la vaca (por no cumplir con protocolos de bienestar animal), lo ingerimos. Podría continuar citando motivos, pero éstos son los más insistentes a la hora de adentrarse en las razones que los llevan exiliar la carne y o productos de origen animal de sus dietas.

Pero por lo que se escucha en la clínica, la cuestión más preocupante, es a la posición a la que los padres (no veganos) de estos niños advienen, ya que son comenzados a ver por sus propios hijos, con un importante matiz de criminalidad. Padres crueles, cómplices directos de semejantes actos de depredación donde el rol que les es asignado, es un rol que toman, desde el Discurso Social, desde el exterior, que sanciona con rigidez a quien decide no convertirse al veganismo.

Y quisiera mostrar esto a través de una breve reseña de una situación clínica de una niña de doce años a la que llamaré Helena.

En primera instancia, como siempre ocurre en el tratamiento con niños, consulta la madre porque Helena perdió cuatro kilos de peso en tres meses ya que, de manera confrontativa ante ella, decidió realizar un cambio drástico en su alimentación aspirando llegar a tener una dieta vegana. Dice que, si bien la niña ha tomado distancia de ella y de sus padres por la decepción que le causó la frialdad adoptada ante sus reflexiones acerca del veganismo, la define como una niña muy sensible y permeable a la indefensión de los demás seres vivos, sean del reino que sean. Su sueño es tener un campo muy grande para alojar a todos los perritos callejeros que se cruzan cada vez que sale de su casa. Su padre, escéptico no sólo a la dieta de su hija sino a todo, decide no participar del tratamiento.

Helena, poco preocupada por su salud, accede a consultar a sugerencia de su madre de quien, dice, que después de infructuosas “batallas” descarnadas porque coma un “rico asado hecho por su padre” o una “milanesa con papas fritas como cualquier chico”, decide acompañarla en su decisión. Este gesto de la madre ayuda a Helena a disminuir su carga agresiva hacia ella y a lo largo de las sesiones, se puede ir trabajando esta temática. La comida, el objeto comida en sí mismo, no era la cuestión. Por supuesto, cada caso es un mundo.

Difícil y nocivo es hacer comer a un niño algo que no quiere. Cuestionarlos, es lo más común, censurarlos, también. Ante esto, a mi criterio nada conducente, yo les haría una propuesta: cambiaría los dos verbos anteriores y los sustituiría por escucharlos, hasta donde como padres, claro, puedan hacerlo, ofreciéndoles, y ahora sí, imponiendo como condición si es necesario, el recurrir a la ayuda de los profesionales adecuados para llevar adelante la decisión con el cuidado que amerita.

Aceptar la diferencia es uno de los desafíos con que el ser padres nos expone. Diferenciar los deseos propios de los de nuestros hijos es nuestra tarea, sin dejarlos solos en ese camino.

Por Paula Martino – Psicoanalista.