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Patricia Palmer: “Somos quince mil actores y hay trabajo para trescientos”

La actriz fue entrevista por Tatiana Schapiro y habló sobre su nuevo proyecto, la tira “La leona”, y la polémica en torno a su boicot. “Nadie me preguntó mi ideología para hacer la novela, yo no soy ni kirchnerista ni macrista”, afirmó

—Tu personaje en “La Leona” es una luchadora, ¿en la vida sos así también?

—Sí, mucho, muchísimo y he sido. Crié dos hijos sola, absolutamente sola. A mí me tocó lucharla, pelearla un montón.

—Sobreviviste a un atentado en un teatro en el que estabas trabajando. ¿Me contás cómo fue?

—Un terrible atentado, con la pérdida de un compañero. Yo no estaba físicamente en ese momento. Nosotros hicimos ese teatro con nuestras manos, era un taller mecánico, se llamaba TNT, Teatro Nuestro Teatro —y aparte el TNT del explosivo. Curiosamente, pusieron una bomba. Ese día yo había estado, se había quedado a dormir un compañero y murió.

—¿De qué año, de qué momento del país estamos hablando?

—Te estoy hablando del año 1976 más o menos, 1977. Yo militaba en el Partido Socialista. PSIN se llamaba en ese momento, Partido Socialista de Izquierda Nacional. Te soy honesta, yo era muy chiquita, igual todos los adolescentes militábamos. Por eso miro esta época con cierto placer, otra vez la juventud está participando, me hace acordar a mi juventud. Yo era una niña de 16, 17 años con un poncho, con una guitarra, que creía que podía cambiar el mundo y eso me hacía muy feliz. De alguna manera cambió mi mundo y me hizo mejor persona. Nosotros no sabíamos lo que pasaba, los adolescentes que militábamos en esta agrupación que yo te digo. Empezamos a darnos cuenta con esas cosas, ¿no? Que había una represión. Pero nosotros estábamos dando El avión negro, nos sorprendió, no fue algo que ya se venía esperando. Por lo menos yo.

—Viniendo un poquito más para acá en el tiempo, pero no tanto, a los veinticortos viniste a Buenos Aires con tu hija.

—A los 24 años, sí.

—Sola.

—Solita mi alma, sí.

—¿Tenías miedo? ¿Qué se sentía?

—Ganas de triunfar, de romperla, de buscar tu destino. Miedo también. Dolor, desarraigo. Soledad. Una mezcla de todo eso. Mucha soledad. Yo estaba en un pueblo y venía a Buenos Aires, que es tan, aparentemente, agresiva, porque uno después se conecta y encontrás gente como en todas partes. Pero la máscara de Buenos Aires es como todo muy rápido, todo muy individualista, todo muy nadie se detiene. Hay que pararlos.

—¿Y en esa época dónde vivías? ¿Cómo era la vida?

—Al principio fue en una pensión. Después me alquilé una oficina, porque era más barato que un departamento. Era en Florida y Santa Fe y los fines de semana no había nadie. Éramos las dos solitas en 20 m2. Recuerdo algunas cosas, como, por ejemplo, la primera Navidad que yo dije: “¡Qué importa! La Navidad es un invento comercial, no importa”. Me acuerdo a las 10 de la noche y ya se acabó la Navidad y ahí me di cuenta de lo que era. A las 12 de la noche estaba en la plaza San Martín hamacando a mi hija y lo único que sentía era el ruido de la hamaca y el agujero en el pecho, que era un boquete. Era una necesidad de compartir con alguien… La Navidad es eso, son excusas para estar con gente que vos querés.

—Qué impensable hoy llevar a un chico a las 12 de la noche a la plaza.

—En ese momento era una chica muy joven, no tenía ningún temor. Es verdad lo que decís. No había tampoco rejas y no pasó tanto tiempo, hemos cambiado algunas cosas. Muchas para bien y otras no tanto.

—Empezaste a trabajar de muy chica, a los 13 años, en una granja. ¿Había una necesidad en tu casa de colaborar?

—Recuerdo el olor de aserrín del piso de cemento y el aserrín que ponían para que tomara la humedad. Mi padre era un tipo muy particular, catalán, licenciado en Economía, filósofo, el trabajo era parte de tu vida. A los 13 años yo empecé a trabajar y él también nos impulsó para que fuéramos voluntarias en un hospital de niños. No porque necesitáramos, tampoco nos sobraba, pero no necesitábamos. Era la necesidad de entender lo que era el trabajo, era parte de la formación.

—¿Qué de todo ese aprendizaje, de tanto sacrificio, le transmitiste a tus hijas y qué quisiste evitarles?

—Quise evitarles un poco esto de “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Como que la vida no es un sacrificio, la vida es un camino de placer y uno no tiene que estar distraído para poder comprenderlo. Pero sí la disciplina y el ordenarte, y el trabajar es parte importante de la vida. Uno se pasa mucho tiempo de su vida en el trabajo. Por lo tanto, si uno no tiene amor por su trabajo, no le pone la energía, la alegría que hay que ponerle al trabajo, se la pasa mal.

—En relación con esto leí que, si podés, elegís trabajar seis meses del año y seis meses no. ¿Es así?

—No, no es tan así. Elijo trabajar en televisión. Cuando puedo, porque a veces no te eligen, también pasa. Pero cuando trabajaba mucho en televisión, sí, trataba de parar. Lo cual no quería decir no trabajar, sino darle más energía, yo soy docente, doy clases.

—Dirigís, producís…

—Exacto. Porque es como que todo junto no. A veces las etapas de ocio son muy creativas.

—¿No te angustia el ocio?

—No.

—¿Aprendiste a convivir con la inestabilidad que tiene la profesión?

—Me angustio, fue tema de terapia. Me parece que es un proceso que uno tiene que atravesar y abrazar, con todo lo bueno y lo malo que tiene esta profesión. Por empezar, es un gremio súper, súper, súper, re contra súper poblado. Somos quince mil y hay trabajo para trescientos. Esto es una realidad. Todo el mundo quiere ser actor, porque es muy lindo, pero no hay una industria que nos contenga a todos. De manera que uno tiene que aceptarlo y hacerse su kiosco.

—Muchas veces, en el imaginario colectivo, los actores, por ser famosos, tienen todo resuelto y son millonarios, y no es tan así.

—No, por supuesto que no. Yo creo que uno de los gremios que tiene más índice de suicidio y de depresión es el de los artistas.

—No sabía eso.

—Y de drogadicción. Son profesiones, por un lado, que exigen una sensibilidad extrema, uno está en carne viva todo el tiempo, porque si no, no podés crear. Y, por otro lado, la inestabilidad. Un trabajo que no depende de vos muchas veces, que depende de que te suene el teléfono.

—Es una profesión que requiere de la mirada del otro. ¿Cómo afecta al ego y la autoestima?

—Si no te preparás mucho para amordazar al ego y entender que la vida y el éxito no pasa por la aprobación del otro sino por la propia, lo pasás mal, muy mal. Ya te digo que es uno de los gremios más castigados sicológicamente. Uno tiene que ocuparse de uno con mucho interés, en tener un espacio de reflexión y de ir entendiendo eso, que el éxito es tu propia aprobación.

—¿Tu corazón está más en el teatro o en la tele?

—No, en el teatro. Amo la tele. La recomiendo a los alumnos. Contrariamente a lo que pasó con algunos profesores míos, yo recomiendo que vayan a la televisión. Les digo: “Hagan cualquier cosa en televisión, pero háganlo”. Porque te dignifica, te da la posibilidad de vivir de tu profesión, te da el cariño de la gente. Si vos lo tomás con una actitud de laburo serio, es lo mismo hacer Hamlet que hacer La Leona, para mí es lo mismo.

—Pero el corazoncito está en el teatro.

—Es esto de estar ahí con la gente y eso la televisión no te lo da.

—¿Se siente adrenalina todavía antes de subir?

—Sí. Eso también te lo da el teatro y no la televisión. Es como un amor con el que siempre estás encontrándote por primera vez.

—Si te encuentro dentro de cinco años y salió todo fantástico, como vos soñás, ¿cómo te voy a encontrar?

—Divina y como ahora casi. Divina. Quizás con un amor.

—¿Qué te seduce?

—Me seduce mucho la inteligencia, pero también el humor. El humor mata a la inteligencia.

—¿Cómo viviste esta campaña en contra de La Leona por temas político-ideológicos?

—A mí me pasa algo, por un lado, estar hablando en este momento de esto en cámara a mí me da mucho placer. Porque habla de un país que es libre, que cada uno puede decir lo que se le cante. En este país se le ha dicho en cámara a la Presidente de la nación “yegua”, “hdp”. Cualquiera dice cualquier cosa. Eso son los índices de un país libre, nos guste o no. Son los precios, creo. Yo prefiero pagarlos. Quiero la libertad. Quiero un país libre y me parece que esos son los costos y los precios. Si vos hacés una novela donde las figuras están muy identificadas con el kirchnerismo, yo no soy kirchnerista y no soy macrista… Nadie me preguntó mi ideología para trabajar en la novela. Ni jamás en todo el año hablé de política. Si hay una línea en contra, que va en contra de ellos, pues es un país libre. Es así. Si me decís empáticamente, yo no deseo el mal en lo laboral a ninguna persona. Y menos a cien personas que trabajan detrás de una telenovela. Me parece que generar ese deseo de que te vaya mal es malo.

—¿No habla de una falta de madurez el no poder separar lo que piensa alguien, su ideología política de cómo trabaja?

—Me parece que somos muy inmaduros políticamente. Hemos tenido una época nefasta de dictadura que nos ha trazado cívicamente, ciudadanamente, políticamente mucho. Creo que estas manifestaciones justamente están buenas. A mí me parece que la gente manifiesta, milita, se afilia, discute, se enoja, se apasiona. Yo le veo el lado oportuno, aunque no coincidiría, no hago empatía con la gente agresiva ni que insulta para expresar su opinión ni que desea el mal para expresar su opinión. Personalmente, me gusta más la gente que analiza una situación. Me gusta más la gente que es empática hacia una ideología y no hacia un líder. Yo tengo mi ideología política, pero no tiene un nombre y apellido. No los tendrá jamás, porque son hombres falibles, corruptibles y yo adhiero a ideologías, no a hombres. Pero son subjetividades que me parece que hacen a un proceso de maduración política y de maduración ciudadana.

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