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No conozco gerentes Por Alberto Asseff

Una de nuestras intelectuales, Beatriz Sarlo, fue invitada a un programa televisivo para reflexionar sobre el presente y, quiero creer, para decodificar nuestro futuro. Interrogada sobre el flamante gobierno respondió secamente: ”No sé, porque no conozco gerentes”. Aludió así, despectivamente, a quienes acentúan la gestión, sobreponiéndola a la llamada ‘militancia’.

Dos cosas caben decir en este contexto: toda nuestra vida como nación sufrimos falsos dilemas. Nos paralizaron falaces disyuntivas. Cuando teníamos que sí o sí organizar un nuevo país, nos desangramos en interminables guerras intestinas pujando entre ‘unitarios o federales’. Para no ser tediosos con la luenga cantidad de falacias que nos dividieron, llegamos al extremo de haber planteado el patético “alpargatas sí, libros no”. El otro apunte es que se confunde inaceptablemente gestión con despolitización. Así, aparece otra falsedad consistente en asociar buena gestión con indiferencia por los humildes o necesitados y correlativamente ligar políticas públicas con justicia social. Es decir que extraña e infundadamente, buena gestión sería antitética con justicia y las políticas públicas siempre serían tan virtuosas como benéficas para los pobres y excluidos.

En el Parlasur, el 14 de diciembre pasado, le repliqué a una colega diputada uruguaya que impugnó ‘la desideologización’, a raíz de mi exhortación para que el Parlamento del Sur se apee de tanto discurso ideológico y se avoque a los asuntos que inquietan a los pueblos, desde coordinar la lucha regional sudamericana contra el narcotráfico y los delitos complejos – trata, tráfico de órganos, trabajo semiesclavo, etc. – hasta lograr la integración efectiva del mercado común, incluyendo una moneda única, sin omitir la defensa subcontinental. En esa ocasión le dije a mi colega que “desideologización no significaba despolitización, sino que busca orientar la conducción de la cosa pública hacia la ejecución de buenas políticas, vale decir las que aparejan soluciones en lugar de vacuas consignas o relatos”.

El caso argentino de los últimos doce años y medio es ejemplificativo y elocuente: se ensanchó el Estado – engrosándolo de empleados y organismos y obviamente de más gasto – y se desplegaron las llamadas políticas públicas, como el combate a la violencia de género. Sin embargo, el Estado y sus políticas están cada vez más ausentes y los ciudadanos y habitantes cada día más desamparados. Por empezar, en los fines de semanas – ¡y ni hablar si son largos! -, el Estado y sus políticas tienen bajadas impenetrablemente sus persianas. Son tan herméticas que desde los asesinatos hasta la mujer golpeada o el niño perdido tienen que esperar al lunes para que el Estado dé alguna tibia respuesta (salvo que el asunto llegue a los medios de comunicación, en cuyo caso puede ser que actúen el sábado o el domingo). Martín Fierro recomendaba hacerse amigo del juez. Hoy el consejo es tener acceso a un medio porque es el que te puede ‘salvar’. Todo el inmenso aparataje estatal es de una elefantiásica inutilidad, aunque se inflama proclamando que tiene una política pública para cada necesidad y para asegurar nuestra felicidad.

La alternativa gestión vs política es más falsa que todas las que nos flagelaron en nuestra historia, sólo comparable con la de ‘alpargatas vs libros’. Si de verdad, sin hipocresías ni cinismos, queremos la justicia social y sepultar a la pobreza estamos obligados a que se gobierne con gestión y de la buena. La gestión – que tiene gerentes, obviamente – subsume, implica y se sustenta en políticas, también de las buenas.

Quizás sea más lustroso el nombre de ‘político’ que el de ‘gerente’. No obstante,  con el descrédito que tenemos los primeros, me parece dudoso que sea más vistoso. De todos modos, la conclusión es que requerimos de buenos políticos que por ello mismo son aptos gerentes. Política pública y justicia social están inescindiblemente vinculadas con gestión, esa que hacen los políticos capaces de ser gerentes.

Mantener enhiestos los ideales, pero despojarse de ideologías, sobre todo productos de pensamientos enmohecidos y de realidades superadas. Ideales más ideas modernas es la ecuación. Para saber si nos hallamos ante una idea provechosa basta comprobar si acarrea soluciones o no. Estamos hastiados de ideas que fracturan y atrasan. Queremos el modelo que dimana del sentido común, esto es que la política es el arte de conducir hacia las soluciones.

*Diputado nacional (M.C.) Diputado del Parlasur

Partido UNIR, integrante de UNA