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“Nacho” Viale: “Siempre tuve un sentido muy amplio de la libertad, tanto para divertirme como para trabajar”

El productor televisivo y nieto de Mirtha, Ignacio Viale,  fue entrevistado por Víctor Hugo Ghitta, habló de todo, su formación, su familia y hasta dejó definiciones políticas.

La oficina es austera. No es la oficina de un niño nuevo rico -las hay en el mundo de la publicidad y de los diseñadores de moda: vastos salones en los que habitan la megalomanía y el ego de ciertos creativos y hombres de negocios-, sino la de un productor joven que ha sido educado en el equilibrio y la austeridad de las familias acomodadas. Hay unas pocas señales de los gustos personales del anfitrión, que interrumpirá tres veces la conversación para atender llamados laborales impostergables: una referencia a Breaking Bad, una pizarra de cine del Festival de Cannes y un póster de la versión original de La patota, la película que en 1960 filmó su abuela, Mirtha Legrand, y cuya remake él produjo, en cierto modo, para rendirle homenaje a su abuelo, el director Daniel Tinayre. Hay también un casco sobre una repisa, porque cuando todo se desvanece -las exigencias del trabajo, la luz cegadora de los flashes de los fotógrafos, la vida social-, Ignacio Viale se monta en alguna de sus motos y se lanza a la ruta, muchas veces en compañía de su padre.

Hasta hace muy poco tiempo la percepción que de él se tenía era quizá injustamente ácida: su mérito profesional no era mucho más que ser uno de los productores del programa de su abuela, un espacio de aprendizaje que ahora, consciente de ese enorme privilegio, describe como una escuela rentada. Lo demás parecía ser -consecuencia de la liviandad de ciertos medios o de una maduración personal algo tardía- los destellos de una socialité. Pero en los últimos tiempos, dos hechos artísticos dieron cuenta de un crecimiento para muchos inesperado: el ciclo de TV La casa del mar y La patota.

En su productora StoryLab, donde ahora produce la serie Estocolmo, Nacho Viale es un ejecutivo en All Stars. Renuente a dejar al desnudo sus heridas o a indagarse a sí mismo, no parece tener el hábito de hurgar su mundo interior. Después de haber transcurrido buena parte de los veranos de su infancia y adolescencia en Punta del Este, en una casa que da al mar, su naturaleza personal hace que se sienta menos cómodo en las aguas profundas del buceo que en las soleadas olas del surf. En esa cresta es un príncipe.

-¿Cómo ha sido tu educación sentimental? Cine, libros, discos, series.

-Siempre fui un enfermo del consumo: canales de noticias, canales de deportes, diarios, revistas, películas. Y me gusta explorar la tecnología. Nunca me casé con géneros. Miro televisión de afuera, me gusta entender qué se está consumiendo y por qué. Hay momentos para cada consumo: Floricienta fue un éxito primero, un fracaso cuando se repuso, un triunfo la tercera vez. Cambian las épocas, las audiencias, los gustos, los hábitos. Tengo sobrinos muy chiquitos, les das un iPad y la manejan con total naturalidad. El mundo se mueve rápido.

Después están otras teorías, como la de mi hermana, que no quiere que sus hijos vean televisión. Para mí es algo natural, la caja de herramientas asociada al entretenimiento que manejan las generaciones más jóvenes.

-¿Cómo era tu vida cuando eras chico?

-Viví hasta los 16 años en Palermo Viejo; mi viejo vivía muy cerca. En relación con el entretenimiento, pertenezco a la generación del videoclub. Por supuesto era un gran programa ir al cine. Moría con el cine de acción. Todavía hoy creo que hay cierta injusticia, consecuencia de los prejuicios, con los grandes actores del cine de acción; ninguno de ellos recibió jamás un Oscar. Pienso en Bruce Willis, por ejemplo. Quizá es el precio de haber crecido con ese cine pochoclero: Duro de matar, Arma mortal. Después descubrí los clásicos: El padrino de Coppola, Scarface de Brian de Palma. Soy medio coleccionista, me gusta tenerlos en casa. El interés por los clásicos me llevó en cierto modo a La patota. Y mi abuelo, por supuesto: produje esa película como homenaje a él.

-¿Cómo era la relación con tu abuelo? No llegaste a verlo filmar.

-No, claro. Mi abuelo filma su última película, La Mary, en 1974; tuvo un proyecto muchos años después, en 1993, pero murió al año siguiente. Sí consumí mucha televisión con él; íbamos mucho juntos al canal, diría que la primera vez que pisé un set de televisión tendría unos cinco años, quizá algo menos. Hablabamos de cine, también, pero él no era muy autorreferencial, quizá porque tenía cierto pudor. Hay una larguísima entrevista que le hizo Oscar Barney Finn: ocho horas en tres jornadas. Dice algunas cosas muy interesantes.

-¿Cómo le dijiste a tu abuela que ibas a producir una película que la había tenido como protagonista?

-Tenía todo armado. No hubo mucha discusión. Al principio le pareció una utopía.

-¿Cuándo descubriste el cine no como plaza de juegos, sino como espacio creativo?

-Debo decirte la verdad: yo prefiero la televisión. Creo, además, que en los últimos tiempos ha habido un gran avance técnico, y como consecuencia de eso un gran avance narrativo. Me fascina el dispositivo técnico. La patota la filmamos con la misma cámara con que estamos haciendo Estocolmo. Somos una productora de televisión.

-Entonces, vayamos por la televisión en tu infancia.

-Vamos por orden. Los dibujitos de Hanna-Barbera. He-Man. Tom y Jerry. Una televisión más ingenua, anterior a los embates del manga onda Dragon Ball. La comedia de Alf. Carlitos Balá. Johnny Tolengo. Muy temprano, a los diez años, veía a escondidas un programa de adultos, Atreverse. Me parecía espectacular la escenografía, e imagino que me tentaba la promoción del desnudo de Graciela Dufau. Con los años llegó el Batman de Cristopher Nolan, el mejor para mi gusto. No me gustó lo que hizo con Batman Michael Keaton, pero me encantó el de Heath Ledger, por supuesto. Más sombrío, más oscuro, más sangriento, más vulnerable, más realista; por momentos, un Batman acabado, más ajustado a los tiempos de hoy. Pero por supuesto morí con el Guasón de Jack Nicholson.

-¿Cuándo decidiste que la televisión no iba a ser el espacio donde desarrollarías un oficio?

-Siempre tuve un sentido muy amplio de la libertad, tanto para divertirme como para trabajar. Tuve mucho independencia y autorización de mis padres para seguir indagando, probando, aprendiendo del error. Hice algunas cosas con alguna liviandad. Cuando empecé en Almorzando… con Carlitos Rottenberg, fui aprendiendo muchísimo, me fui puliendo, y todavía falta un montón. En ese ciclo tuve una escuela rentada. Pero no recuerdo un momento bisagra. Quizá lo sea éste… [Hay una pequeña pausa. No lo dice, pero en su aplaudido itinerario internacional La patota, dirigida por Santiago Mitre, fue distinguida en los festivales de Chicago, San Sebastián y Cannes.] A veces es más difícil administrar el crecimiento.

-Sos un adicto a las series. ¿Son hoy la gran usina creativa?

-No tengo dudas de eso. Lo dice el mundo entero. Estamos hablando de las series norteamericanas en especial, aunque hay algunas muy buenas en Inglaterra o Suecia. Pero vayamos al mainstream. House of Cards fue un cambio interesantísimo; Breaking Bad, 24, True Detective, The Killing. Pienso inclusive en algo más accesible, en un novelón de hoy en día como Revenge, un culebrón ajustado a veinticuatro capítulos por temporada. Tiene una gran producción, y sobre todo reivindica la producción en el interior del estudio. Tenemos que aprender mucho de ellos. Hace tiempo que no tenemos acá un título de exportación fuerte; quizá lo último haya sido Mujeres asesinas.

-¿Qué aprendés de las series?

-El gran común denominador de estos títulos es el sentido de realidad, ese rasgo las vuelve atrapantes. Se animan a abordar temas que eran tabú. Hubo un desplazamiento en la mirada moral. En Breaking Bad tenés como ídolos son a dos tipos que cocinan y distribuyen drogas; los chicos llevan puestas con orgullo sus remeras con la cara de Heisenberg. Lo mismo pasa con el modo en que se retrata el poder en House of Cards. En 24 matan a un presidente negro; se filmó antes de que llegara a la presidencia Obama. Hay cuestiones de época. Uno celebra su propio tiempo. A mí me encanta La guerra de las galaxias y no me atrapa El señor de los anillos. Hay una empatía generacional.

-¿Sos lector?

-No leo novelas, pero soy un apasionado de la historia y las biografías. La historia europea del siglo XX, especialmente. El bombardeo a Plaza de Mayo es un flash: una película.

-¿Qué se siente en una moto a 200 kilómetros por hora?

-Una sensación de plenitud y libertad absolutas. La posibilidad de abstraerte. Es algo que hago desde los 5 años. Mi viejo [Ignacio Viale del Carril] es muy fierrero, heredé esa pasión. Lamento mucho no haber podido correr profesionalmente, no tuve la dedicación para hacerlo, esa es una frustración. Siempre veraneé con la moto. Todavía conservo mi primera moto en un garage en Uruguay. Viajo mucho con mi viejo y un grupo de amigos. Es una forma de encontrarme con él.

-¿Es una relación bien construida?

-Súper. Somos todos iguales en la ruta, vamos protegiéndonos los unos a los otros, abriendo caminos. Es muy interesante. Ellos acaban de volver de Europa, yo no pude ir esta vez. El último viaje que compartí fue a Ushuaia; cruzamos la cordillera, hicimos mucho camino de tierra. Son experiencias que pueden resultar físicamente duras, extenuantes; vas a 250 kilómetros de velocidad en ripio. Viento, frío, nieve. Demoledor. Dormís poco y nada. Pero estás mentalizado para sobrevivir en ese micromundo, aislado pero con una fuerte sensación de equipo. Pese a todas esas hostilidades es muy disfrutable.

-¿Llevás encima el trabajo arriba de la moto? ¿En qué se piensa?

-Desconexión pura. Sin música, siquiera. Te entran otras cosas: los olores, la amplitud de los paisajes. El tiempo pasa de otra manera. Disfrute total. Pero sí, desconexión; si no, me vuelvo loco.

-¿Cuánto esfuerzo lleva esa reticencia a mostrarse en público?

-La celebridad tiene cosas buenas y malas, no estoy descubriendo nada. Es un juego que hay que saber jugar. Yo estoy aprendiéndolo. Nadie la conoce a Juana, por ejemplo; ella no está interesada en que eso suceda.

-¿Pesa esa celebridad familiar? ¿Cómo es vivir bajo los flashes de los fotógrafos?

-Tiene más problemas que beneficios, diría. Hay que buscar cierto equilibrio entre las necesidades de la prensa, pero los medios debieran entender que nada te convierte en un sujero público al ciento por ciento. Por eso yo reinvindico mi relación con diez amigos, ése es mi tesoro y mi refugio. Suceden situaciones increíbles, hay algo muy infantil en el modo en que ciertos medios ven lo que sucede. En cuanto salís con alguien para ir al cine, sos el novio de tal.

-Las guardias periodísticas.

-Sí, que son completamente invasivas. Hace un tiempo descubrí un lenguaje que me llamó la atención en relación con eso: se monta una guardia, te disparan una foto, ponés en riesgo el arma de trabajo. Yo trato de aprender a jugar este juego. Soy reacio a mostrarme, pero mi trabajo me obligó en cierto modo a salir de la madriguera. Das y te dan. Es un juego recíproco, me ayuda a difundir mi trabajo y mis productos. Se entiende que puedo generarle contenido a los medios, pero cuando eso pasa al plano personal, necesito poner un límite.

-Quizá cierta maduración profesional del último tiempo y el paso de los años ayuden a que dejés de ser el soltero más cotizado y esa clase de tonterías.

-No lo sé. Es un poco enfermizo todo eso. Si alguien que fue mi pareja está en una situación compleja, yo debo estar ahí apoyándola. Cuando se estrenó La patota, Candela [Tinelli] publicó un halago en twitter, sin siquiera arrobarme, y ciertos medios empezaron a hacer conjeturas.

-Quizá, independientemente del modo en que mucha gente de la industria del entretenimiento aprovecha los medios para su propio beneficio, la prensa deba hacerse cargo del modo en que modela cierto comportamiento social o alienta ciertos consumos.

-Puede ser, no lo sé. Pero no se trata solamente de echarle la culpa a la prensa. Como sociedad consumimos esa clase de información robada, chismes que son puro invento. Podemos hacernos los desentendidos, o podemos enfrentar la realidad y preguntarnos por qué consumimos chismes inventados.

-Rindámosle homenaje a ese periodismo amarillo, entonces. ¿Pensás en tu paternidad?

-No es momento, todavía. [No sonríe, siquiera: el sigilo y el recelo de un animal en estado de alerta que, en medio de la selva, debe asegurarse la supervivencia.] Quisiera tomarlo con mucha responsabilidad y, sobre todo, necesito encontrar a la persona adecuada para llevar eso adelante. Una compañera que, en caso de un fracaso personal, pueda hacer eso.

-¿Que te dé sosten?

-Que me dé sostén en lo personal, o que en caso de que la pareja fracase se lo dé a mis hijos, si los tuvimos, que los mantenga firmes. Es un tema al que hay que darle el tiempo necesario. No apurarse. Hay cierta livinadad, en muchos casos, y siempre termina el que termina sufriendo es el chico.

-¿Esa liviandad es mayor en la industria del espectáculo?

-Hay una mayor facilidad de contacto. Pero eso tambén es algo efímero. Sos el soltero más codiciado, como decías hace un momento, pero vas al estreno de La patota y cuando termina la proyección, después de que todos te palmearon y te llenaron de halagos, te vas caminando solo con las llaves del auto en la mano.

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