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Miguel Ángel Solá: “Estoy condicionado siempre por lo económico”

El actor volvió al cine con uno de sus protagónicos más conmovedores. Referente de su generación, confiesa que a esta altura de su carrera sólo se arrepiente de su falta de previsión financiera. 

“Durante 17 años no me llamó nadie de la Argentina para hacer una película. En general, trato de no poner expectativas. Seguramente éste será mi último protagónico en cine”, expresa Miguel Ángel Solá, el actor que ya no espera nada de nadie. La cita es en Patagonik Film con una sincronización exacta, porque por la noche deberá subir al escenario con Doble o nada, la obra de teatro que protagoniza con Paula Cancio, su mujer. Pese al apuro de su entorno, Solá se desplaza con lentitud: se percibe una leve renguera en él, producto de una caída que sufrió el día anterior. Pero, claro, fueron tantos los golpes físicos y emocionales que le ha tocado sortear a lo largo de su vida que ese tropezón es apenas un punto en el universo comparado con las cicatrices que aún no pudo cerrar…

En El último traje, la película dirigida por Pablo Solarz, interpreta a “un sastre judío de 88 años que decide embarcarse en la aventura de encontrar a un viejo amigo que le salvó la vida hace más de 7 décadas, en el final de la ocupación nazi en Polonia”, señala la sinopsis. Su deseo: “¡Ojalá que se mantenga en cartel más allá de la cantidad de pochoclo que se venda!”.

¿Cómo fue componer ese personaje para el que tuviste que avejentarte 21 años?
En realidad, lo hice como hacen todos los actores: lavando ropa, lavando suelos, cocinando, comprando cosas, pagando deudas, yendo de un lado a otro, haciendo valijas, mudándome varias veces, amando… Así como hacemos los actores del Tercer Mundo. En el medio, aparece esa vorágine de imágenes e intuiciones que se van acelerando a medida que vas entrando en el personaje, que nace bien pequeñito y empieza a transformarse en un globo que se agiganta cada vez más. Por suerte, llega el primer día de rodaje y ese globo estalla. Pero entonces empezás a transitar por un camino que es otra dimensión, como el mundo de los muertos, porque el protagonista está viviendo su vida real pero pasa algo a su alrededor que es indefinible. Cuando un personaje se te instala, podés utilizar los conceptos que se te dé la gana pero, inexplicablemente, es como si existieras en una realidad inverosímil. Componer una historia como la de esta película y llevar encima todo ese dolor, toda esa tristeza figurada que se te hace carne, es impresionante.

¿Qué sensaciones aparecieron cuando viste la película por primera vez?
Me la pasé temblando y llorando. No pude verla. Mi cuerpo rechazaba el cuerpo de Abraham, porque sentía que el personaje se volvía a instalar en mí.  Fue un proceso muy agotador de 8 semanas, muy bello pero muy extenuante.

Memorias de un soñador

Solá vivió 16 años fuera de la Argentina, donde volvió a radicarse en 2012. Todavía muchos recuerdan el éxito de El diario de Adán y Eva, “uno de los personajes más lindos que hice en toda mi vida”. Para las nuevas generaciones, fue inolvidable el villano déspota y racista que interpretó en la telenovela La leona, ya en su nueva etapa en el país. La vida no le ha sido nada fácil al actor, uno de los más destacados de su generación. Buenas y malas rachas, puñados de dolor y alegría lo han mantenido siempre en jaque. Y un accidente trágico en 2006, en una playa de Gran Canaria, le causó una lesión medular que lo forzó a empezar de cero: el primer diagnóstico fue tetraplejía y, si bien a los 5 días comenzó a moverse, desde entonces transita una recuperación crónica que dejó secuelas físicas y emocionales.

¿Cómo te llevás con el paso del tiempo?
La realidad es que estoy condicionado siempre por lo económico. Desgraciadamente no fui previsor y eso siempre angustia un poco: tengo muchas responsabilidades… La idea es que la vida de los que me acompañan sea mejor, pero a veces no se puede. Siento que eso toma parte de mi tiempo vital, que quizás me gustaría dedicar al ocio, a leer, a ir a la playa. Hace muchos años que no tengo esa posibilidad: voy donde está el trabajo y también sé que esos trabajos van menguando a medida que pasa el tiempo.

¿No haber aprovechado las buenas rachas financieras es tu mayor remordimiento?
He vivido bien con mi conciencia y he sido muy generoso con mucha gente. Pero hay cosas que no supe resolver desde el punto de vista ejecutivo porque no sirvo para eso. Soy un soñador: un tipo al que cuando se le acaben los sueños, se acabará. ¡Es una pena, una gran tristeza!

¿Cuántas veces te mudaste últimamente  buscando ese bienestar esquivo? 
Uyyyy… Creo que fueron 18 mudanzas en cuatro años. Mi pequeña hija, Adriana, no tiene referencia de cuál es su casa: dice que es la de los abuelos, en España. Lo vamos sobrellevando como podemos..

Adriana es fruto de su relación con la actriz Paula Cancio, 34 años menor que él, con quien comparte la vida luego de haber pasado un período oscuro que lo tuvo 6 meses recluido. “¡Siempre te podés volver a enamorar y tener hijos! Sólo que a veces es difícil pensar hasta qué punto podés sacrificarte para que esas personas no sufran las consecuencias. Estoy más en edad de malcriarla como un abuelo”, apunta Solá. Sobre su mujer, confiesa que la ama “profundamente. Más allá de las experiencias que uno pueda haber tenido, el amor es distinto con cada mujer que llega a tu vida y hay que atenderlo con mucha intensidad cada vez”. ¿Te pesa no poder viajar a ver a tus hijas  mayores, María y Cayetana? Sí, claro. Pero la responsabilidad de mi vida es mía. Todo depende de lo económico, aunque también sé que no es lo material lo que me va a unir a ellas. Somos de razones y emociones: ellas decidirán si soy necesario en sus vidas o no. La familia no se elige. Y, a veces, los hijos deciden a quién priorizar según sus momentos de vida. Ante eso, no puedo hacer mucho más que ser la persona que soy. Ojalá que si un día me necesitan también pueda responderles… Quizás se pregunte cada tanto ¿por qué a mí? Es que Solá perdió a casi toda su familia entre la adolescencia y los 23 años: “Se murieron 9 familiares y sólo me queda una hermana. Pero tengo muy buenos amigos, a los que disfruto y valoro mucho”.

¿Cómo fue tu infancia?
Nací en Arenales y Rodríguez Peña y crecí en Gutiérrez y Agüero. Jugaba mucho al fútbol en la calle, hacíamos carrera de autitos por el cordón de la vereda. Me pasé la infancia jugando en la calle, en las plazas Vicente López, Las Heras, Rodríguez Peña, Francia…

¿Cómo ves a la sociedad?
Cuando hablás de la descomposición de la sociedad y de los maniqueísmos que se hacen, pensás en que termina estigmatizando, aislando y matando a los diferentes. Es necesario que la gente tome conciencia de que hay que frenar y hacer un cambio fuerte para que el motor no siga atropellando vidas ni valores necesarios para convivir. Los corruptos están libres de la corrupción porque ellos no la sufren.

Por Alejandra Canosa – Clase A