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Messi es mucho más que el dueño de la pelota: tiene el traje del superhéroe de la Argentina

Imprescindible en la cancha, también es decisivo detrás de escena: no le hizo falta levantar la voz para liderar la charla del grupo.

Alguna vez Juan Román Riquelme le impidió a Lionel Messi el acceso a una reunión entre los referentes del seleccionado. Ocurrió hace tiempo, en la Copa América de Venezuela 2007. Esta vez la cumbre del plantel sólo tuvo sentido cuando llegó Messi, el hombre que hace años trabaja para sostener a la Argentina. Y lo ha conseguido muchas más veces de las que se le reconoce. Él marca el pulso de la selección. Él deberá disfrazarse nuevamente de Superman para desactivar un momento incómodo, para rescatar al equipo de su peor pasaje en el zigzagueante camino a Rusia.

Siempre determinante, cuando asombra con datos de fábula y cuando motoriza el relanzamiento del seleccionado. Cuando ayer por la tarde se lo volvió a ver enfundado en celeste y blanco, una extraña electricidad se apoderó del complejo Cidade do Galo. Porque un curioso tatuaje en la pierna izquierda -a modo de media- concentró las miradas, sí. Pero especialmente porque las lesiones lo habían alejado desde el 1º de septiembre de la selección y porque otra vez pisaba el lugar en el que había acunado sus frustrados sueños de campeón mundial. Un rato antes se produjo el cónclave entre los jugadores que la nacion había anticipado. Messi arengó sin levantar la voz y regaló una clase motivacional. Con su estilo.

Capitán de la riesgosa visita a Brasil, buscará combatir el pesimismo que rodea a un equipo aún inclasificable. Como voz de aliento se insistió en la reunión con que todo depende aún de la Argentina. Porque si bien un empate o derrota ante Brasil, combinado con un triunfo de Paraguay sobre Perú, descendería a la Argentina al 7º lugar, un triunfo en el clásico y otros resultados ascenderían a la selección al tercer puesto. De la cambiante marcha de las eliminatorias se nutre la Argentina para confiar en un futuro mejor, pero antes que espiar la inestabilidad ajena, tendrá que detener su propio tembladeral.

El genio que habitualmente se reserva su expresividad para la cancha, tomó la palabra en un momento delicado. El grupo necesita que el partido con Brasil represente una bisagra. La charla disparó una misión: “Otra vez hay que salvar a la selección; no alcanzó con una, hay que hacerlo de nuevo”, se escuchó. ¿A qué se referían? Los jugadores históricos sentían que, como había sucedido en Barranquilla en el ciclo Sabella, cuando el triunfo enderezó una marcha dubitativa camino a Brasil 2014, esa prueba ya había sido superada en esta ocasión también en Barranquilla, cuando la victoria 1-0 ante Colombia alivió el ciclo de Martino y enfiló la ruta hacia Rusia 2018. Pues no, y asumieron que tendrán que hacerlo nuevamente. En el Mineirao, contra el puntero. Ninguno lo confesará antes de jugar, pero el empate es un resultado observado con simpatía. Claro, siempre que la evaluación global de la doble fecha se complete una victoria contra Colombia.

Puertas adentro, sumar cuatro puntos sería leído como una cosecha satisfactoria. Permitiría seguir al acecho y desactivar la tempestad. Porque ese es otro desafío que se autoimpusieron en la charla: pasar el verano. Después del choque contra el equipo de Pekerman, las eliminatorias entrarán en un receso hasta marzo de 2017, y a partir de entonces se disputarán las últimas seis fechas. Recuperar confianza y acallar críticas sería recomendable para afrontar el impasse. De lo contrario se activará un ulular de rumores y miedos que durante cuatro meses se puede volver ensordecedor.

Messi es el eslabón perdido, sin él todo pierde sustancia. Faltó en los cuatro primeros partidos de las eliminatorias, bajo el mandato Martino, y la Argentina sumó 5 de esos 12 puntos. Faltó también en los últimos tres juegos, y la cosecha se redujo a 2 de nueve. Camino a Rusia, con él, la Argentina cosechó el 100% de las unidades; sin él, el 33%. Implacable. Messi llegó a Belo Horizonte para asumir toda la responsabilidad en la selección. Una función que conoce de sobra. Ya salvó a la Argentina en el Mineirao: un vergonzoso 0-0 sellaba el segundo partido en el Mundial, con Irán, hasta que apareció el zurdazo providencial en tiempo adicionado. Rebeldía maradoniana., con el sello Messi. La selección desde ayer se entregó a las manos de su líder restaurador.

Subestimarlo a Messi es una herejía. Le podrá faltar carisma y convendría que tenga un diálogo más fluido con los cuerpos técnicos, pero le sobra carácter. “Estoy acostumbrado a que se dude de mi personalidad. También escuché que no soy líder o que no podía ser capitán.”, aceptó hace un tiempo, con una pizca de rencor que le fue apareciendo con los años. Tantas veces acusado de pálido o traidor, otra vez se vestirá de superhéroe y saldrá al rescate. Porque hoy es mucho más que el capitán de la selección. Es el dueño.

Por Cristian Grosso