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Memorias del olvido, del Cordobazo al Golpe del ‘76 Por Gustavo Druetta

Tengo un recuerdo vívido que no deja de conmoverme de una soleada mañana de 1969. Durante el entierro de un general en el cementerio de Chacarita una señora de aspecto humilde se acerca a la formación, se para frente a la bandera apoyada en mi hombro, la toma en sus manos y le deposita un beso. El pueblo aún creía en el valor nacional de su Ejército a pesar de la dictadura del Gral. J. C. Onganía. La separación abismal entre civiles y militares no había llegado.

El 24 de marzo de 1970, seis años exactos antes del golpe de 1976, me será concedida la baja. Corría mi tercer año en el grado de Teniente de Artillería y a fin de 1975 había cumplido el compromiso de cinco años servicio desde el egreso del Colegio Militar de la Nación. No imaginaba que aquella fecha de despedida del uniforme verde oliva tendría la significación de una premonición trágica. Llegado como sociólogo a Flacso-México, en octubre del ´76, pude gozar de un clima de libertad a salvo de la masacre fratricida.

Al inicio de ese año perdían la vida dos capitanes compañeros de promoción bajo balas del Ejército Revolucionario del Pueblo. Entre 1976 y 1979, cinco compañeros de militancia política, incorporados a Montoneros, desaparecían en la ESMA. Una veintena de oficiales egresados conmigo están hoy en prisión por causas de lesa humanidad en procesos que adolecerían de sesgos ideológicos y vengativos. Pero nadie ha podido justificar la atrocidad de miles de desaparecidos. Tampoco la impunidad de cientos de crímenes de la guerrilla contra víctimas indefensas.

El odio de los oficiales y suboficiales de los “grupos de tareas” que torturaban y asesinaban no surgió de la nada. Recuerdo la cena de camaradería realizada el 29 de mayo de 1969 en el Colegio Militar de la Nación. Oficiales subalternos de las tres FF.AA. confraternizábamos en las galerías altas del Patio de Honor sin saber que a esas horas ardía el “Cordobazo” donde mis camaradas combatían contra obreros y estudiantes.

En las tertulias del Casino de Oficiales campeaba una actitud hostil. Sentirse odiados por la población civil incitaba a responder con extrema dureza. Preservar la vida de los conscriptos exigía tirar sin llegar a gritar el tercer “alto quien vive” de práctica ante indicio de ataque.

Ese año un grupo insurgente había copado la guardia de Campo de Mayo y robado armas. ¡Triste era sentirse amenazado en la propia patria! El deporte devolvía la alegría. Tenientes y sargentos ganamos para el GADA 101 de Ciudadela el pentatlón militar del I Cuerpo de Ejército, en La Tablada. Pero en un ejercicio táctico en la mesa de arena, con tres cañones y al mando de treinta suboficiales y soldados, el objetivo era la Facultad de Medicina (UBA) tomada por peronistas y comunistas (la “doctrina de la seguridad nacional”). Debíamos atacar con fuego artillero y francotiradores. Manifesté mi desacuerdo. Algunos oficiales disconformes habían sido ya punidos por el general Lanusse. Fui arrestado y marginado. Entregué mi pistola y conservé mi sable firmado por Arturo Illia, un digno presidente civil derrocado, que orgulloso aún conservo.

*Sociólogo, periodista y ex teniente de artillería (1965-1970)

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