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Manuela D’Avila: “El principal político de Brasil actúa como una persona misógina y machista”

En “¿Por qué luchamos? Un libro sobre amor y libertad”, la política y escritora brasileña traza un recorrido para pensar el feminismo como asunto colectivo y despojarlo de los prejuicios que lo combaten.

En “¿Por qué luchamos? Un libro sobre amor y libertad”, la política y escritora brasileña Manuela D’Ávila, que fue la concejala más joven de la historia de Porto Alegre, traza un recorrido para pensar el feminismo como asunto colectivo y despojarlo de los prejuicios que lo combaten, un texto en el que recupera su experiencia personal y su trayectoria política para suscitar reflexiones que se corren del terreno de lo propio y buscan interpelar porque, como dice, “puedes ser feminista de muchas maneras”.

“El feminismo es un viaje de amor. El primero, a veces doloroso para nosotras las mujeres, implica el amor propio. El segundo, el amor por la idea de que podemos ser libres para vivir el poder de nuestras posibilidades. El tercero, el amor por la humanidad en toda su diversidad”, escribe la autora al principio de este libro editado en conjunto por Clacso y Siglo XXI México, el primero de la serie Feminismos Latinoamericanos que busca construir una biblioteca con textos que reflexionen y amplifiquen las experiencias de los movimientos en la región.

Manuela D’Ávila es periodista, escritora, política brasileña y fundadora de la ONG ¿Y si fueras tu? que se enfoca en la creación de contenido para combatir las fakenews. Además de haber sido la concejala más joven de Porto Alegre con 23 años, fue también la diputada federal más votada de Brasil en 2006 y 2010; presidió la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados; y en 2018 fue candidata a vicepresidenta de la fórmula que encabezó el Partido de los Trabajadores, derrotada por el actual presidente Jair Bolsonaro.

Fue en ese año electoral cuando D´Ávila entendió que había que hablar claro y desmantelar imágenes confusas sobre el activismo de género, exponer el corazón del feminismo en sus principios básicos, esos acuerdos comunes que hacen que sea una cuestión colectiva y no un movimiento que antagoniza como se quieren imponer desde el discurso conservador. Por algo el subtítulo que acompaña este texto: “un livro sobre amor e liberdade”, tal como se publicó originalmente en lengua portuguesa.

“Cuando en Brasil tuvimos las elecciones de 2018 tuve la oportunidad de escuchar muchas cosas que se decían acerca de las mujeres feministas. Entonces empecé a escribir sobre lo que las personas comunes pensaban acerca de nosotras. Sobre lo que pude escuchar en la calle. Y supe que, quizás, teníamos que hablar con ellas para que sepan quiénes somos. Por eso, y a partir de eso, el libro fue pensado y escrito”, cuenta a Télam.

En este recorrido, D’Avila cruza teoría, territorio e historia personal, como una forma de exponer desde su intimidad cómo fue descubriendo y aprendiendo del feminismo hasta hacerlo su bandera: el modo en que reconoció sus privilegios de mujer blanca y de clase media o su despertar feminista con la militancia política y la maternidad, dos momentos que la enfrentaron con la evidencia más contundente de la desigualdad económica, racial y de género. “Yo no era feminista. No nací feminista. Y ya era yo, casi la misma que conoces. Tal vez estaba muy cerca de ser la persona que te hizo sentir curiosidad por comprar este libro, y, sin embargo, no me asumía feminista. Palabra de honor”, escribe en uno de los pasajes del libro.

 ¿Cómo impacta en la sociedad brasileña un presidente como Jair Bolsonaro ¿es una figura que envalentona o acaso por su perfil grotesco funciona como un espejo donde muchos no quieren mirarse?

Cuando el principal personaje político del país actúa como una persona misógina y machista, como tenemos en Brasil, eso impulsa a que las cosas sucedan porque la gente naturaliza, la gente las torna como comunes esas concepciones. ¿Si él puede hacerlo, por qué nosotros no? Y entonces la pregunta es cómo enfrentar el machismo y la misoginia desde el punto de vista estructural y cultural, es un elemento cultural muy potente lo que dice alguien, sobre todo lo que dice la principal persona política del país. Así que es muy violento lo que estamos viviendo, y la responsabilidad es de él.

¿Y cuál dirías que es la potencia del movimiento en Brasil a pesar de la incidencia de Bolsonaro? Porque los feminismos latinoamericanos están creciendo con mucha fuerza, en Argentina se han conquistado nuevos derechos como la ley por la interrupción voluntaria del embarazo ¿qué ocurre?

 No creo que en Brasil pase lo mismo. Estamos en una realidad mucho más dura que la realidad de los argentinos. Lo que creo es que lo más intenso en términos de luchas sociales es la lucha de las mujeres y de las mujeres trabajadoras negras, eso es muy increíble.

 Te dedicas a la política hace muchos años, sin embargo decís que nunca viste a las mujeres trabajar en red, acompañarse como ahora ¿crees que la política tradicional tiene para aprender de estas formas de construcción y resistencias propias del feminismo?

Convivo en una gran contradicción, nunca me fue tan complejo y duro hacer política, y al mismo tiempo nunca hemos tenido tanta solidaridad. Creo que tienen que aprender con nosotras, cómo involucrarnos, con nuevas prácticas, para construir un nuevo poder.

 Dentro de los debates internos de la política, de los mismos partidos, las demandas de los feminismos está en disputa porque si bien para quienes abrevan en estas ideas puede ser válidas muchas veces no las consideran urgentes ¿ocurre algo de esto en Brasil?

Sí, creo que ese es hoy el debate central de la izquierda: si los movimientos que tenemos nosotras las mujeres, o las mujeres negras y los negros en Brasil, son prioritarios, en detrimento de la lucha contra la desigualdad. La verdad es que quien conozca la desigualdad histórica de mi país sabe que fue y es profundamente estructurada por la cuestión racial y de género. O sea, ese es un debate de las personas que intentan mantener sus privilegios, mismo adentro de nuestro campo político.

Hay un profesor en Brasil, Silvio Almeida, quien en uno de sus libros que se llama “Racismo estructural” plantea que no hay nada más simple de ver que alguien que pregunta si no estamos perdiendo nuestro tiempo con el debate acerca del racismo y la cuestión de género. Siempre quien pregunta es un hombre blanco, es decir, alguien intentando mantener sus privilegios.

Entonces para mí es muy natural, yo soy una marxista, una militante comunista desde que tengo dieciséis años, es decir, estoy para combatir la desigualdad económica, pero en mi país la desigualdad económica es la desigualdad racial y de género, no existe esa contradicción y los que intentan hacer que exista intentan mantener sus privilegios.

 En el libro, dedicas un capítulo a las fake news sobre la “ideología de género” ¿qué impacto tiene la propagación de estos datos falsos en las nuevas generaciones? ¿De qué modo moldean las subjetividades de los jóvenes?

El tema de las fake news o de la desinformación son temas que nuestro campo político debe tomar como centrales. Seguimos creyendo que se trata de algo superficial, y sin embargo, estructura la disputa de nuestra sociedad, define de alguna manera lo que las personas creen que es verdadero y definen sus posiciones políticas.

 Es muy linda esa definición del feminismo como un viaje de amor porque de un viaje no se vuelve nunca igual ¿cómo definir aquello que ocurre cuando se descubre la desigualdad estructural y la trama de relaciones de poder que subyuga a unas en función de otras?

Eso es la toma de conciencia. Una percibe que esas cosas, diría de las más dolorosas de la vida, no están en una dimensión de apariencia sino en una esencia más profunda; de contradicciones muy marcadas que son parte de la sociedad que vivimos. Sin embargo, eso es lo que nos impulsa a luchar e intentar cambiar la realidad. Eso también es lo bello de la vida, que uno conozca la realidad, sienta lo dolorosa que puede ser y saque la fuerza para intentar cambiar, para intentar construir su vida de una manera más libre. E intentar que las otras personas también tengan una vida más libre.

Por Milena Heinrich-Télam