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Macri y el PJ, la batalla perpetua

La polémica por los nombramientos en la Corte, permite una lectura del gobierno macrista que va mucho más allá de la mera urgencia del presidente por franquear lo que quizás fuese un escollo de índole burocrática, habitual en el ámbito de la Justicia; y acaso constituya la primera muestra clara de tensión entre su modelo de gobierno y la tradicional cultura política, apertrechada en los partidos históricos, la dirigencia sindical y el Senado, como antesala al enfrentamiento con la oposición por el ejercicio efectivo del poder desde la Casa Rosada.

El presidente está decidido a gobernar por medio de acuerdos institucionales que respeten sus promesas de campaña electoral, y en ese escenario está visto que no reniega de la negociación, pero tiene un proyecto, entre cuyos objetivos está el de fomentar las condiciones para llevar adelante un gobierno concensuado, y ello, sobre todo desde su proverbial pragmatismo, lo lleva a interpretar ciertos avatares de la vida política como auténticos palos en la rueda. Por eso apeló al decreto para el nombramiento de los jueces, harto según dicen, del regateo parlamentario y las ofertas de bazar que distintos senadores justicialistas le hacían a cambio de los votos necesarios en la cámara Alta.

Sin violentar la Constitución, el decreto 222/03 promueve a Rosatti y Rosenkrantz para pelearle el poder en la Corte a un solitario Ricardo Lorenzetti, para cuyas designaciones necesitará en marzo del apoyo de la oposición parlamentaria; un apoyo en torno del cual las suspicacias del presidente perduran, a pesar de los acuerdos por la
coparticipación con tres de las mayores provincias controladas por la oposición, y aún cuando no todos los senadores responden a los mandatarios provinciales, o se encuentran reñidos con los conductores de sus fuerzas políticas, como podría serlo el caso del justicialista Omar Perotti, enfrentado con el gobernador de Santa Fe, o del misionero Maurice Closs, quien desde hace rato mantiene una pulseada por el poder en la provincia.

De modo que para Macri, la negociación implica pactar con un peronismo insaciable y fracturado en tres partes. Anticiparse a una minoría cristinista, preparada para esgrimir un discurso republicano que jamás aplicó en ocho años de mandato. Una bancada interbloque liderada por Adolfo Rodríguez Saá, contraria a las designaciones, que propone ampliar la Corte, colocar a sus propios candidatos y regresar al sinuoso clientelismo. Y el senador Miguel Ángel Pichetto, líder de la bancada justicialista, que espera ser llamado para poner sus votos a cambio de un enorme beneficio político.

Aunque aquí Macri acusó falta de muñeca, no dudó en usar una herramienta constitucional, rechazó las presiones del justicialismo, dio una señal clara al juez Lorenzetti y aceptó sin cadenas nacionales, ni represalias de ninguna clase, las críticas que se le hicieron; a sabiendas de que en marzo necesitará los votos en la cámara Alta para evitar que Rosatti y Rosenkrantz sean masticados por la voracidad justicialista, y de que otros antes que él, intentaron revertir las relaciones de fuerza en el esquema político del país. Pero ni Raúl Alfonsín, ni Fernando de la Rúa, lo consiguieron, por que el peronismo, en muchos casos, sólo respeta a los suyos, y ante ello el presidente debe estar atento; pues en la cámara Alta ya saben que apenas tararea la Marchita.