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Las redes sociales intermedian entre nosotros y la realidad Por Fernando León

Quienes crean que el affaire Facebook – Cambridge Analytica y la posible manipulación de los usuarios para canalizar el voto en las elecciones de 2016 le hace mella al gigante de las redes sociales y a otras empresas como Twitter, Snapchat o Instagram, se equivoca de cabo a rabo. Las redes sociales están aquí para quedarse, y lo único que puede debilitarlas es el avance mismo de las innovaciones en este terreno, vale decir, futuras aplicaciones que reemplacen –que perfeccionen- el eficaz mecanismo de interactividad colectiva que las caracteriza.

La razón principal para que eso suceda es cuantitativa: se ha multiplicado la cantidad de usuarios que utilizan dispositivos durante más de 6 horas por día casi exclusivamente para entrar en sus cuentas de Facebook o Twitter. Y este año estamos tan sólo en el umbral de una nueva explosión para estas plataformas, porque el mundial Rusia 2018 será motivo de interés inédito para la cobertura mediante el uso de smartphones. Las empresas se preparan para enfrentar el aluvión de intercambios de información, a tal punto que, más que filtrar el material protegido, intentarán canalizarlo mediante servicios exclusivos tales como las transmisiones de 24 horas -como es el caso de Twitter-, o la expansión hacia novedades recientes como la tecnología 360 y la Realidad Aumentada.

La creciente importancia de las redes sociales, y el volumen de datos a compartir, alimenta la búsqueda, a contrarreloj, de mecanismos que permitan contrarrestar los mensajes tóxicos: el lenguaje de odio, las falsas noticias o la manipulación de datos. Pero esta batalla contra sus propios males es más un simple feedback ante un hecho inevitable que un indicio de la probable deserción masiva de los usuarios que muchos agoreros habían pronosticado días atrás.

Twitter, tal vez la más afectada por el “hate speech”, creció considerablemente en el último año, aunque hayan crecido con la misma o mayor velocidad las acusaciones por acoso y agresiones verbales dentro de la red social. El problema es serio por su propia complejidad: los trolls utilizan mecanismos cada vez más sofisticados para inocular su veneno: crean perfiles falsos que se asemejan al perfil de usuarios de alguna minoría y, una vez que han eludido los sistemas de control prevista por el sistema, postean sus spams, sus noticias falsas o sus comentarios de odio racista.

¿Cómo se combate semejante volumen de mensajes de odio? Por el momento sólo hay tres modos básicos de combatirlo en las redes sociales. La regla número uno es ignorarlos. La segunda recomendación es utilizar los mecanismos que ofrece la plataforma para denunciarlos. La tercera y tal vez más importante: no transformarse en cómplice ni del odio ni de la falsedad. La impunidad tiene directa relación con el anonimato. Por esa razón hay que fomentar las buenas prácticas y privilegiar el lado humano de las redes, desalentando el comportamiento alienado y los malos modales.

Buena prueba de que las redes sociales ya han sido incorporadas más allá de todas sus vulnerabilidades es que el escándalo de Cambridge Analytica, que hace dos días atrás invadía los titulares, hoy ya ha quedado atrás. El Director de Gestión de Producto de Facebook reconoció que no sólo los usuarios son vulnerables al uso que las empresas hacen de sus hábitos de navegación. También se utilizan y almacenan los datos de los usuarios que no utilizan la red social, porque, como parte de las herramientas de marketing que son comunes en el mundo virtual, la empresa recopila datos como la dirección IP de los internautas, el tipo de navegador y el sistema operativo.

El vacío legal es infinito. Pero ¿qué se puede hacer?

Teniendo en cuenta este punto de no retorno, la pregunta fundamental es la siguiente: ¿cómo se crean los anticuerpos para los problemas que las mismas plataformas han generado? En otras palabras: ¿cómo velar por nuestra privacidad en el interior de un sistema que ha sido creado precisamente para quitárnosla? En una nota de Le Monde de hoy 18 de abril se plantea el siguiente interrogante: ¿es la Inteligencia Artificial, tan defendida por Zuckerberg ante el Congreso, la solución que buscamos para lidiar con los problemas que ella misma ha generado? El mismo CEO de Facebook reconoce de manera tácita que el problema es que un lenguaje como el que se utiliza en los mensajes de odio racial siempre se presta a matices e interpretaciones contradictorios.

De lo que no cabe duda es que la tecnología hasta ahora jamás ha ofrecido soluciones que no sean un perfeccionamiento de esa enorme caja de pandora que el mismo ingenio humano va produciendo en ingentes cantidades todos los días. En otras palabras, sólo se puede huir hacia adelante.

El escritor estadounidense Joseph Wood Krutch, en su libro El temperamento moderno (1929) decía que salir del mundo natural transformaba a la causa de la humanidad en una causa perdida, pero que era preferible morir como hombres que vivir como animales.

En síntesis: ya no tenemos más remedio que creer en el poder de esos mismos avances tecnológicos para que nos conduzcan hacia la etapa subsiguiente en el progreso humano, pues ese mismo avance constituye -en términos prácticos-, una aceptación del desafío que las nuevas plataformas nos plantean con cada una de sus actualizaciones.

*Abogado por la Universidad de Buenos Aires. Es especialista en Asuntos Públicos y Analista de Política Internacional