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Las pesadillas que atormentan a Merkel Por Hinde Pomeraniec

En la noche del 31 de diciembre pasado, en los alrededores de la estación de tren de Colonia, la cuarta ciudad más grande de Alemania, unos mil hombres atacaron casi al mismo tiempo y con similares modos de intimidación y violencia a cientos de mujeres. Luego de acosarlas y humillarlas en grupo, las manosearon, les apretaron los pechos y los genitales, les robaron billeteras y celulares y, al menos en dos casos, también las violaron. Los testimonios de las víctimas coincidieron al declarar que, por su aspecto, los hombres parecían ser originarios de Medio Oriente y del norte de África.

Durante 2014, Alemania recibió 1.100.000 refugiados y no todos los alemanes les dieron la bienvenida con la misma convicción que la canciller Angela Merkel. Agrupaciones y partidos de ultraderecha no cesan de cuestionar su política de “puertas abiertas” y de vaticinar un futuro escabroso. Los hechos de violencia de Colonia no trascendieron de inmediato e, incluso, la policía local los minimizó en un principio, se supone que con el objeto de no atizar la xenofobia en un país en el cual el racismo condujo a una de las mayores catástrofes de la humanidad. Por estos días, no es sólo el destino político de Merkel lo que está en discusión, sino el futuro mismo del país que es la locomotora de Europa: recibir a los refugiados es una parte de la construcción de la nación que viene; la otra, tan importante como la primera, es diseñar estrategias de integración entre poblaciones tan diversas.

El jefe de la policía de Colonia ya fue despedido de su cargo; los medios no paran de disculparse luego de las críticas por ocultar información tan sensible y el gobierno busca endurecer las leyes contra los extranjeros que delinquen sin que se vea afectada su imagen humanitaria. En medio de la histeria generalizada y de denuncias que aún siguen llegando también desde otras ciudades como Hamburgo, el gobierno de Merkel busca salir del laberinto por arriba: habrá que ver si lo consigue.

Episodios como el de Colonia agudizan las contradicciones del pensamiento progresista, que persiste en hacer a un lado temas como la inseguridad o las dificultades de la integración, mientras avalan que siga siendo patrimonio de la derecha y proponen soluciones que siempre serán razonablemente rechazadas por discriminatorias e inhumanas, pero a las cuales no se les contrapone nada que no sea una “tolerancia equivocada”, como describió la feminista alemana Alice Schwarzer. Como bien señala Anna Sauerbrey, editora del diario Der Tagesspiegel, en una nota de The New York Times, “la izquierda ignoró por mucho tiempo la correlación que hay entre el crimen y la pobreza y la educación deficiente dominantes en las comunidades de refugiados”, mientras desde la derecha exageran los vínculos entre los refugiados y la actividad criminal, “aun cuando no hay estudios que hayan probado esos vínculos”. Tal como se ve, una pulseada filosófica que parece suspendida, mientras ideologías e impresiones siguen estando por encima de las evidencias. Imaginar un mundo feliz por el solo hecho de recibir a cientos de miles de desesperados en un país próspero sin reflexionar sobre las enormes diferencias entre sociedades laicas y liberales versus sociedades conservadoras y religiosas es disparar hacia adelante en una fuga ciega y peligrosa.

El lugar social de las mujeres, que en Alemania contempla ya sin discusiones su independencia y su deseo, es una de las más explosivas diferencias culturales con los inmigrantes de origen árabe. Un ejemplo: en estos días, la alcaldesa de Colonia, Henriette Reker, quien en octubre pasado fue apuñalada en el cuello por un fanático xenófobo, recomendó a las mujeres un “código de conducta” y guardar distancia “de un brazo” con desconocidos, como formas de prevención. Recibió un aluvión de críticas, todas sensatas: en lugar de pensar políticas para que avance el pensamiento retrógrado de los hombres que aún ven a las mujeres como objeto o presa, la funcionaria pareció ella misma retroceder en el tiempo como producto del pánico.

¿Qué es más relevante, el derecho de los refugiados a una vida decente o la dignidad de las mujeres? ¿Qué hay que priorizar, las necesidades de quienes huyen del horror en sus países o la integridad de los habitantes locales? ¿Está bien estigmatizar a todos los inmigrantes porque algunos de ellos son violentos? ¿Corresponde bajarles el tono a las denuncias por violencia sexual si lo que está en juego es una política de Estado y la paz social? Estas y otras preguntas hoy agobian no sólo a Merkel y a los alemanes, sino también a los ciudadanos de los países en los que el tema de la inmigración se ha convertido en un nudo tan desafiante como perturbador.