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La Unesco y las nuevas guerras

Nuestra acción dará prioridad al dramático presente de los pueblos que son víctimas del cambio climático, las guerras, la deuda externa, el hambre y la pandemia

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) fue creada en noviembre de 1945, semanas después del genocidio nuclear de Hiroshima y Nagasaki que puso fin a la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con el prólogo de su Constitución, el organismo nació “con el fin de alcanzar gradualmente mediante la cooperación de las naciones del mundo en las esferas de la educación, de la ciencia y de la cultura, los objetivos de la paz internacional y de bienestar general de la humanidad”. Pero sus objetivos son tan amplios que van más allá de la paz: abarcan todos los temas relacionados con la vida y memoria de los pueblos.

Han transcurrido 75 años del nacimiento de la Unesco y las Naciones Unidas no lograron evitar las guerras, reciclar las industrias bélicas o destruir los arsenales que almacenan 18.000 bombas atómicas. Hoy hay guerras de “baja intensidad” y están detrás de los recursos energéticos, los metales y el agua potable. Los ejércitos no llevan banderas ni uniformes para no ser identificados, o son contiendas a distancia con misiles y drones. En lo que va del siglo XXI, las nuevas guerras han dejado millones de muertos en Irak, Afganistán, Yemen, Líbano, Libia, Siria… Los bombardeos no respetan hospitales, escuelas, templos o museos; se destruye un patrimonio milenario mientras la carrera armamentista continúa.

Pero las amenazas a “la paz internacional y al bienestar general de la humanidad” no son solo estas. Hay otras guerras silenciosas que producen millones de muertos y éxodos de poblaciones por el hambre y la sed que dejan la desertificación, los incendios, inundaciones, tsunamis y catástrofes de la tragedia del cambio climático. Nuestras prioridades son instalar una educación para la paz y el resguardo de la madre tierra, una ciencia para la defensa de la vida y la naturaleza, y una cultura ecológica y solidaria que promueva el cambio cultural. “El agua vale mas que el oro” es la consigna de las movilizaciones ambientales argentinas.

Para quienes venimos de países que lucharon contra el colonialismo para independizarse, sabemos que la colonialidad no es solo un proceso territorial, económico o institucional. Hay estructuras culturales profundas -mentales, psicológicas y emocionales- difíciles de erradicar. No vamos a la Unesco solo a rescatar el pasado o celebrar efemérides: nuestra acción dará prioridad al dramático presente de los pueblos que son víctimas del cambio climático, las guerras, la deuda externa, el hambre y la pandemia. Estas ideas las compartimos el martes pasado con la directora de la Unesco, Madame Audrey Azoulay, que viene renovando la institución. Es uno de los foros más respetados y con mayor representación global, y puede jugar un mayor rol frente al cambio civilizatorio y climático que se está produciendo. En la década de 1960, 54 países integraban la Unesco. Hoy son 192 y algunos de los más ricos no aceptaron la “dictadura de las mayorías”: en 1980 Margaret Thatcher retiró al Reino Unido del organismo y décadas después lo haría Israel y los EEUU de Donald Trump.

Ante la crisis de la globalización, las poblaciones descartadas se rebelan por el aumento de la pobreza, la injusticia social y el despojo de sus derechos. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) informaba a fines del siglo pasado que el 20% de la población más rica del planeta se quedaba con el 80% de la riqueza global: hoy acapara el 95% y deja para el resto de la humanidad -6.500 millones de personas – solo el 5%. La pandemia del COVID-19 profundizará aún más la desigualdad y motivó al papa Francisco a plantear el pasado 20 de abril que se rebajen las sanciones a los países endeudados, “reduciendo o condonando la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres”.

Los latinoamericanos seguimos desunidos y manipulados por las políticas neocoloniales. De Río Grande a Tierra del Fuego conformamos mucho más que una unidad territorial y política. Somos una nueva formación cultural nacida del mestizaje con los pueblos originarios: somos la séptima civilización emergente, como reconocen pensadores de otros continentes, pero que aún no está debidamente asumida por nuestros dirigentes, intelectuales y comunicadores. Venimos de 500 años de conquistas nacidas de la falacia europea de civilización o barbarie, hablamos lenguas hermanas, tenemos idénticos enemigos, iguales posibilidades futuras y el destino colectivo e inacabado de la patria grande. A pesar de las adversidades, viene surgiendo la conciencia de la suranidad como identidad cultural naciente.

Vivimos tiempos de notable aceleración científica y comunicacional, pero el mundo sigue dividido y amenazado por las nuevas guerras que producen la explotación de los recursos, el cambio climático y el hambre. ¿Qué estudiante puede aprender cuando sufre hambre o debe huir de los bombardeos? ¿Quién podrá vivir bajo las catástrofes climáticas, sin agua potable y sin los bienes de la naturaleza? Frente a esta realidad, urge consolidar la paz y la solidaridad. El papa Francisco afirma en la Laudato Si’: “Es necesario tener una visión lo más amplia e interdisciplinaria de la realidad. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola crisis socio-ambiental. Cuidar la naturaleza y combatir la pobreza y la desigualdad requieren de soluciones integrales. Hay una deuda ecológica entre el norte y el sur. La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. Necesitamos una convergencia global, una alianza entre los habitantes de la tierra y la casa común”. Frente a la crisis civilizatoria que está planteando la pandemia, necesitamos el aporte reparador y solidario de una Unesco con capacidad de reinventarse.

Por Pino Solanas- embajador argentino ante la Unesco