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La nueva Casa Blanca por Jorge Argüello

Diplomático en varias ciudades europeas antes de ser elegido presidente de Estados Unidos, John Adams ya en su tiempo recomendaba a los norteamericanos “permanecer como espectadores pacíficos y silenciosos, aunque tristes, ante la sangrienta escena” entonces en exhibición en Europa, que reconocía a Napoleón como el personaje principal.

Históricamente, y con pocas excepciones, el debate de la política exterior no forma parte medular de la agenda electoral de los Estados Unidos. Tampoco eso acontece en estas elecciones presidenciales en las que Europa fue, hasta ahora, una nota a pie en las intervenciones de Hillary Clinton y de Donald Trump sobre política exterior. Sin embargo, el próximo presidente de Estados Unidos será el primero desde Richard Nixon en dialogar con una Unión Europea sin el Reino Unido. Tendrá, además, que relacionarse con una Francia en guerra contra el terrorismo y tendrá también, muy probablemente, que dar su veredicto acerca del cada vez más improbable acuerdo comercial transatlántico.

Pero incluso ante este catálogo de agonías, ninguno de los candidatos presidenciales parece ver hoy la necesidad –o el valor añadido– de hacer subir a Europa al escenario principal de sus campañas. Una estrategia que difícilmente podría contrastar más con aquella decisión de Barack Obama de presentarse en Berlín cuatro meses antes de las elecciones de 2008 “como ciudadano orgulloso de Estados Unidos y ciudadano del mundo” para pronunciar un discurso –justamente– sobre política exterior. “No podemos permitirnos estar divididos, el único camino es derribar muros y tender puentes. América no tiene mejor socio que Europa”, sostuvo Obama ante las 200 mil personas que fueron a escucharlo en aquella oportunidad al parque Tiergarten.

De hecho, en esta campaña no hay material escrito que exprese el grado de importancia estratégica que Hillary Clinton y Donald Trump atribuyen a la relación con Bruselas. Y este es un tema clave ya que, a pesar del evidente declive de la etapa actual del proyecto europeo, la intensidad de la alianza transatlántica seguirá pesando decididamente en el equilibrio de fuerzas mundial.

Muchos gobiernos europeos toman a Clinton –que defendió la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea– como la candidata de la continuidad de la presidencia Obama. Los más optimistas hasta creen que en virtud de la crisis de los refugiados, de la amenaza terrorista y de la guerra de sanciones con Rusia, un nuevo inquilino demócrata en la Casa Blanca podría estar más interesado, incluso, que su predecesor en estrechar los lazos con el Viejo Continente. Los más optimistas son, al menos por el momento, una minoría en Europa.

Con respecto a Donald Trump, observamos que los europeos registraron sin sorpresa el saludo con que felicitó la decisión británica de dar la espalda a Bruselas. Lo mismo ocurrió con su pronóstico de que “la Unión Europea se va a desmembrar” y lo mismo fue cuando presentó la anexión rusa de Crimea como un “problema europeo que Alemania, y no la OTAN, debe resolver”.

El club de fans europeos de Donald Trump, que incluye al húngaro Viktor Orbán, al británico Niger Farage y a la francesa Marine Le Pen, constituye en sí mismo una tarjeta de presentación.

Cosa parecida ocurre con sus críticos. El jefe de la diplomacia alemana, Frank-Walter Steinmeier, describió a Trump como un “predicador del odio”. Aún más perentorio, el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, presentó el candidato republicano como “un problema no solo para la Unión Europea sino para todo el mundo”. Sin embargo, pocos han ido tan lejos como el presidente francés: para François Hollande, Trump “provoca arcadas a la gente”.

En este contexto, la eventual presidencia de Trump anticipa sumar grietas nuevas a las ya existentes en la famosa Doctrina Monroe, que preconizaba –entre otras cuestiones– la no intervención de los Estados Unidos en conflictos europeos.

Al mismo tiempo el regreso de la “distancia vigilante” que definió la relación transatlántica entre las dos guerras mundiales, parece más probable con Clinton que con Trump.

La vuelta a la mirada de Europa como una suerte de valle entre las montañas de Washington y Moscú, narrativa con la que en el fondo se escribió toda la guerra fría, parece más probable con Clinton en la Casa Blanca que con Trump.

Ha vuelto el tiempo del nacionalismo político, del aislamiento económico y de la retórica xenófoba que a todos aportó daños y a nadie dio gloria. Impresiona ver que después de todas las atrocidades cometidas en el siglo XX, el discurso retrógrado haya renacido, en los dos márgenes del Atlántico, de la mano de la crisis económica y del terrorismo internacional.

Si en los Estados Unidos hay señales de decepción con respecto a la Unión Europea, en Europa también existen síntomas de desencanto hacia los Estados Unidos.

Y tampoco es necesario volver a la denuncia de 2013 sobre las prácticas de espionaje norteamericano en suelo europeo que ha dejado heridas abiertas en Alemania y Francia, países que celebrarán elecciones en 2017. Baste con mirar el discurso del “Estado de la Unión” pronunciado hace días en el Parlamento Europeo por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

¿A qué histórico aliado se refería Juncker cuando consideró que “Europa ya no puede sustentarse en la fuerza militar de otros”? ¿Qué cambio diplomático anticipa el líder de la Comisión Europea para abogar que “Europa debe adoptar una postura más firme, especialmente en lo relativo a nuestra política de defensa”?

Quizá la respuesta más correcta sea la que advierta que en el otro lado del Atlántico parece estar creciendo la tentación de aplicar a los Estados Unidos la recomendación que John Adams otrora dirigió a sus compatriotas en relación a Europa.