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La menstruación, el “último” tabú

Se multiplican las iniciativas que buscan naturalizar el período para vivirlo con más libertad y sin tanto miedo “a que se note”.

La diseñadora neoyorkina Andrea Yip se subió al furor por los libros para colorear para adultos con “Period Coloring Book”, que busca tirar de la cuerda del tabú y la vergüenza alrededor de la menstruación. “Usualmente es considerada molesta, sucia y un signo de debilidad. Creo que es el momento de cambiar ese estigma y promover un diálogo más positivo”, dijo la autora de este volumen que ya recaudó casi cuatro mil dólares a través de una campaña de crowdfunding. Como ésta, hay iniciativas que buscan naturalizar el período para vivirlo con más libertad y sin tanto miedo “a que se note”.

“La experiencia menstrual -más allá de la maternidad- no se piensa, ni se observa, ni se valida. El ciclo menstrual es un lugar de tránsito, pero no se concibe como una manera de habitarse”, aseguró la española Erika Irusta, creadora de la primera red social sobre el ciclo menstrual (“Soy 1, soy 4”) y del sitio web “El Camino Rubí” (para “que las mujeres puedan vivir su cuerpo desde el autoconocimiento y el placer”) y autora del flamante “Diario de un cuerpo”. Con el eje en la frase “no estoy loca, soy cíclica”, trabaja en las cuatro fases (semanas) del ciclo menstrual que, aunque condicionan la vida diaria de las mujeres, siguen siendo un tema casi secreto e inconfesable.

Todas las mujeres en edad reproductiva menstrúan mes a mes y, aunque es algo que experimenta la mitad de la población, la relación entre sangre y órganos reproductivos es asociada casi a un estigma, a algo asqueroso. Un ejemplo de esto es el revuelo que se armó durante los Juegos Olímpicos cuando la nadadora china Fu Yuanhui dijo frente a las cámaras de televisión que estaba indispuesta. O la sensación que va a generar en el lector de estas líneas cuando sepa que Juliaro, una artista plástica argentina que vive en San Pablo, Brasil, pinta cuadros con su propia sangre menstrual.

Eugenia Tarzibachi -doctora en Ciencias Sociales del CONICET con una reciente distinción en la Biblioteca del Congreso de Washington por su investigación sobre la genealogía del cuerpo menstrual a partir de las tecnologías de protección femenina- reflexionó: “El microgesto de vergüenza devela que nuestro cuerpo menstrual es -aun- considerado una fuente de sensaciones displacenteras cuando no puede ser completamente enmascarado; dicha mirada cultural lo juzga como defectuoso, problemático, inadecuado. Mi hipótesis es que -junto a una serie de tecnologías femeninas que se produjeron en el siglo pasado- las toallas y los tampones escondieron más eficientemente la menstruación y ese estigma, o tabú, se enmascaró y se encuentra vigente en esos microgestos y otros hechos sociales”.

La semana pasada estuvo en Buenos Aires la colombiana Diana Sierra, que inventó una toallita-bombacha (BeGirl) que llama la atención sobre cómo la menstruación está invisibilizada en situaciones de pobreza (que, entre otras cosas, influye en que las niñas dejen la escuela porque no tienen cómo gestionar su período) y hace hincapié en la necesidad de que las mujeres accedan a la información sobre lo que les pasa: “Saber cómo se manejan los aparatos reproductivos no es algo pecaminoso, es parte de lo que somos como seres humanos”.

“Seguro que le vino”, podemos escuchar por lo bajo para criticar a una mujer. El ciclo menstrual influye en mucho más que en nuestro estado de ánimo y humor. Por eso, aprender sobre nuestro propio cuerpo y adueñarnos de él es, también, una forma de empoderarnos.

Por Sabrina Díaz Virzi

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