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La “delgada línea roja”:­ realidades y fantasías ­

Un mes de gestión -hoy lo cumple el gobierno de Alberto Fernández- no es un plazo suficiente para grandes evaluaciones. En cualquier caso, el Presidente puede estar satisfecho con algunos logros: el Congreso lo acompañó cuando impulsó la ley de solidaridad social y reactivación productiva (que la oposición llamó “de multiemergencia”), el programa “Argentina contra el Hambre” ya está en marcha y han comenzado a entregarse las tarjetas personalizadas para que los más necesitados puedan comprar alimentos, los mercados han reaccionado positivamente ante las manifestaciones que ratifican la voluntad oficial de encarar el pago de la deuda argentina a través de negociaciones: el ministro de Economía, Martín Guzmán, se dispone a iniciar conversaciones formales con los tenedores de bonos; hay en marcha un aumento de salarios de emergencia como adelanto de paritarias y distintos sectores (empresarios, gremios, movimientos sociales) se preparan para moderar la puja distributiva y cooperar en poner freno a la inflación. La única nota desafinada proviene del campo: las organizaciones mayores del sector no terminan de contener la protesta de productores independientes que se quejan de pérdida de rentabilidad por efecto de la presión impositiva (en la provincia de Buenos Aires, por caso, el incremento de las retenciones se sumó al aumento del gravamen inmobiliario impulsado por la reforma fiscal que impulsó el gobernador Axel Kicillof).­

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EL MUNDO SE ACHICO­

Los críticos del gobierno sostienen que Alberto Fernández no trabaja con un plan. Cierto: el gobierno está tratando por ahora de administrar la emergencia y no habrá consumado esta etapa hasta no resolver, principalmente, la renegociación de la deuda. Es justo en este punto donde la situación nacional se cruza inevitablemente con la política exterior (“la verdadera política”, decía Juan Perón). Argentina va a necesitar ayuda de Estados Unidos para ordenar su difícil situación financiera, para avanzar en un reperfilamiento de su deuda con el Fondo Monetario Internacional y para que no se sumen obstáculos al deseado flujo de inversiones que el país necesitará para desarrollar sus ventajas comparativas.­

En ese contexto, antes de que Donald Trump recalentara la atmósfera mundial al decidir el “targeted killing” (eliminación selectiva) en Bagdad del general iraní Qasem Soleimani -comandante de la fuerza de élite Al Quds de la Guardia Revolucionaria de su país, principal estratega de la inteligencia política y militar y segundo hombre más poderoso de Irán-, el gobierno de Alberto Fernández ya recibía una fuerte presión de Washington. ­

Un artículo publicado una semana atrás por la agencia Bloomberg atribuyó a fuentes de la Casa Blanca lo que muchos observadores y analistas locales han interpretado como un mensaje para la Casa Rosada. La nota afirmaba que, según el gobierno de Trump, Argentina “cruzó un límite” al dar asilo y autorizar la actividad política del boliviano Evo Morales y al eludir mayores responsabilidades en la censura al régimen venezolano de Nicolás Maduro y que esas asignaturas podían costarle a la Argentina el no respaldo de Washington en sus gestiones financieras.­

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¿HIS MASTER’S VOICE?­

Pese a la insistente interpretación mediática nativa, es muy posible que el artículo no refleje una postura de “la” Casa Blanca sino de “una fracción de la” Casa Blanca. Lo que le presta cierta verosimilitud a cualquiera de ambas interpretaciones es un antecedente ocurrido el día de la asunción de Alberto Fernández: en esa ocasión Mauricio Claver-Carone, un asesor de Trump, no asistió a la ceremonia en protesta por la presencia en el Congreso del presidente cubano y de un alto funcionario del régimen de Maduro. Antes, en conversaciones en México, el propio Carone y otro enviado de Washington, habían enumerado ante Fernández (todavía no asumido) algunos puntos de especial interés para la Casa Blanca. La cuestión venezolana era uno. Otro, cobra mayor vigencia en la actualidad, después del intermezzo que trenzó a Washington con Teherán: se trata de la caracterización de Hezbollah como organización terrorista, un punto que fue discutido por la ministra de Seguridad nombrada por Fernández, Sabina Frederic, una antropóloga vinculada a las corrientes cristinistas. En el contexto del conflicto que se recalentó con la eliminación del general Soleimani, el tema dista de ser menor. Hezbollah es una organización sostenida por el régimen iraní y bastante nombrada en la Argentina.­

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OTRA MANERA DE VER­

La historia de la “línea roja” presuntamente cruzada por el gobierno de Fernández merece otra lectura, no sólo la que sugieren actitudes como la de Claver-Carone, el asesor de Trump de origen cubano. El diplomático norteamericano que estuvo con Claver en México y conversó con Alberto Fernández y con Felipe Sola (antes de que se convirtieran en Presidente y Canciller, respectivamente) es un veterano y fogueado republicano, Elliot Abrams, un funcionario que ya tuvo a cargo misiones de responsabilidad con los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush. Abrams es actualmente representante especial de Estados Unidos para Venezuela, es decir, su opinión tiene peso y pertinencia.­

En diciembre, después de la asunción de Fernández, Abrams se prestó a una entrevista con el diario Clarín. “Así como nosotros queremos buenas relaciones con Argentina, Fernández quiere buenas relaciones con nosotros. Hablamos de Venezuela, por supuesto, porque es mi cargo y creo que compartimos un deseo para elecciones libres y para una salida de la crisis en la que vive Venezuela por vía de elecciones”, dijo entonces. Cuando la entrevistadora subrayó la presencia en el acto de asunción de Fernández del ministro de Comunicación venezolano, Jorge Rodríguez (argumento que empleó Claver Carone para no asistir al acto), Abrams prefirió destacar otro hecho: “En primer lugar, es interesante que Nicolás Maduro no asistió”. La periodista busca otro flanco: “¿El haber recibido a Evo Morales como refugiado en el país es un signo de la política exterior que quiere seguir Alberto Fernández?”. Abrams responde: “Yo no quiero sobre interpretar. Pero, ¿qué quiere decir que no haya invitado a Evo Morales a la asunción del mando? Ha aceptado a Evo Morales como refugiado, ¿qué quiere decir? Bueno vamos a ver.” La periodista sigue buscando: “¿Cree que el peso de la vicepresidenta Cristina Fernández, amiga de Maduro, puede influir en Fernández y la política sobre Venezuela?”. Abrams se evade con agudeza y elegancia: “Está invitándome a interferir en su política interior y no acepto esta invitación”.­

Parece evidente que el funcionario estadounidense distingue los matices con más precisión que muchos observadores locales. Esta semana, después de que el régimen de Nicolás Maduro intentó impedir por la fuerza la reunión de la Asamblea (congreso) de su país y la reasunción de Juan Guaidó como titular de ese órgano, la cancillería argentina emitió un documento en el que calificó “los episodios registrados en el día de la fecha en la República Bolivariana de Venezuela” como “inadmisibles para la convivencia democrática los actos de hostigamiento padecidos por diputados, periodistas y miembros del cuerpo diplomático al momento de procurar ingresar al recinto de la Asamblea Nacional, para elegir a las nuevas autoridades de su junta directiva”. El texto del gobierno argentino define lo ocurrido como “un nuevo obstáculo para el pleno funcionamiento del Estado de Derecho, condición esencial para permitir encaminar una salida transparente a la situación que hoy vive el pueblo venezolano”. ­

Mientras un distinguido grupo de analistas locales criticó el documento considerando de máxima trascendencia que no se hubiera caracterizado al gobierno de Maduro “como una dictadura”, Elliot Abrams puso el foco en otro punto: “Conocemos el fuerte apoyo en Colombia a la democracia en Venezuela y a Juan Guaido. Hay un nuevo gobierno en Argentina que ha tomado una posición ligeramente diferente, y obviamente lo mismo México. No han tomado la misma posición que los Estados Unidos. Así que fue muy interesante cuando el mismo día, sin dudarlo, ambos consideraron inaceptable lo que sucedió ayer [por anteayer] en Caracas y lo rechazaron, y creo que eso es realmente sorprendente”, dijo Abrams. “Y Maduro debe preguntarse hoy, ‘¿Me quedan aliados?’ No van a apoyar ese tipo de medidas. Van a denunciar ese tipo de medidas”.­

La mirada de Abrams no parece avalar la idea de una “línea roja” atravesada por Argentina, sino más bien la de que los hechos son más importantes que las palabras y las coincidencias políticas no siempre necesitan expresarse como un coro unánime.­

En el tema Venezuela, como frente al golpe de Estado boliviano, el gobierno de Fernández procura sostener con pragmatismo la tradición de la política exterior argentina. ­

En cuanto al choque entre el gobierno de Trump y el de los ayatollahs, el gobierno argentino ha mantenido una actitud prudente, convocando a las partes a desescalar el conflicto. El ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Solá, es un político realista y el presidente Alberto Fernández también. Lo que una cancillería cautelosa debe hacer en casos como este es pensar en primer lugar en los intereses del país y en los consensos regionales. Argentina no puede estar fuera del mundo. Tampoco es razonable que sobreactúe

El gobierno empieza a ser urgido por una situación que cruza los hechos locales y los mundiales en tiempo real. Hay sectores de la opinión pública y de la oposición que le requieren simultáneamente que reaccione con principismo moral censurando a Washington por actuar con belicismo irresponsable, pero que atienda a Trump cuando le reclama que rompa con Venezuela, todo ello sin olvidar el tema de los acreedores y el FMI. Cruel incertidumbre.­

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LA REALIDAD PRIMERO­

En verdad, el dilema solo puede resolverse actuando con realismo. El propio Fernández, sin desconocer situaciones de injusticia, sabe que debe actuar reconociendo prioridades, relaciones de fuerza y espacios de incumbencia.­

Los países, como la Argentina, que tienen una escala no protagónica y fuerzas limitadas y no pueden imponer sus propios principios y reglas de juego, deben priorizar sus intereses, evitar conflictos estériles con potencias mayores o decisivas, reservar ese recurso para defender cuestiones fundamentales, elegir los caminos que le permitan cumplir a mediano y largo plazo sus objetivos y la integración de su sociedad. ­

Optar por ese camino – eludir las trampas del ideologismo o el principismo abstracto- a veces es incómodo, muchas veces no permite argumentos políticamente correctos, otras veces ocasiona conflictos o rupturas (recuérdese, por caso, la batalla del petróleo que encaró Arturo Frondizi en discusión con sus propios textos del pasado). Pero ese realismo está justificado por la ética de la responsabilidad.­

Por Jorge Raventos