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La caída de Illia, y el heroísmo constitucional Por Gustavo Druetta

El Dr. Arturo H. Illia fue derrocado la madrugada del 28 de junio de 1966 hace casi 40 años. El general Julio Alsoragay y un pelotón de la Policía Federal a las órdenes del coronel Luis Perlinger lo obligaron a abandonar la Casa Rosada. Si una parte importante de los oficiales subalternos del Ejército se hubiese podido enterar de la actitud del teniente de Granaderos Aliberto Rodrigáñez Ricchier jefe de la guardia en Balcarce 50 desde el 27 de junio, dispuesto a defender al presidente de la República y comandante en jefe de las FF.AA., y hubiesen imitado su ejemplo, la cadena de mandos se habría quebrado y el golpe hubiese fracasado.

Se cuenta que dicho joven oficial comunicó al jefe de las tropas desplegadas en la Plaza de Mayo que ordenaría abrir fuego a su sección de treinta hombres –un sargento, un cabo 1ro.y 28 conscriptos- si intentaban penetrar por la fuerza en la sede gubernamental. Sorprendidos los altos mandos militares se comunicaron con el jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo coronel Marcelo Delía, pidiéndole que ordenara a su oficial desconocer el deber y la tradición de la escolta presidencial. Mientras Rodrigáñez, de 24 años, se aprestaba a combatir, su jefe Delía les contestaba a los generales que concurriría a la defensa de la legalidad con todo el regimiento si se producía un enfrentamiento.

El teniente volvió a negarse a rendir ante una orden personal del general Alsogaray y sólo desistió cuando el propio Illía lo relevó de resistir. Retirado con el grado de coronel, su actitud valerosa remite a la famosa cuestión de la “obediencia debida”. Aquel jefe de la escolta presidencial eligió priorizar su misión en lugar de someterse a sus superiores golpistas, lo que suponía una fidelidad suprema a la razón de ser de los granaderos y a las tradiciones sanmartinianas.

Una escena del cruce de los Andes en los libros de la escuela primaria de mediados de siglo XX, representa a un centinela patriota apuntando con su arma e impidiendo el paso al general San Martín cuando intentaba vulnerar el reglamento redactado por él mismo, el que prohibía entrar al polvorín del Plumerillo con botas y espuelas por el peligro de chispazo y estallido.

Un ejemplo de obediencia debida a la misión impuesta contrariando la jerarquía militar por un soldado raso que fue respetado y felicitado por el Gran Capitán. En el golpe de 1976 ya no hubo ningún joven granadero que defendiera, con o sin el aval de su jefe de regimiento, a la presidenta y comandante en jefe, Isabel Martínez de Perón. El valor de la “desobediencia debida” en defensa de la Constitución había sucumbido a los desastres de la guerra civil, sustituida por la obediencia ciega en ambos lados de la contienda. Esa que una justicia tuerta imputa a uno sólo de los contendientes.

*Gustavo Druetta *Sociólogo  y periodista. Ex teniente de Artillería (1965-1970).