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La bisexualidad también tiene que salir del closet

Si Freud dijo que todos somos bisexuales, ¿por qué los consultorios terapéuticos siguen “heterosexualizando” a los pacientes? O peor, ¿por qué a veces no escuchan que la bisexualidad es también una opción? Dos casos de incomprensión en los divanes. Solo una pequeña muestra de lo que ocurre en otros ámbitos.

Ni les gusta todo a la vez, ni están indecisos, ni es un período de transición, ni pertenece a una etapa juvenil de experimentación. Sí señores, la bisexualidad es una orientación sexual. Y si no es universal, como dijo tata Freud, le pega en el palo. Pero esta diversificación de la experiencia humana es bastante vapuleada, cuando no ignorada o tapada. La familia heterosexual y patriarcal necesita el sostén de la heteronorma o que la exclusión esté bien afuera y etiquetada (gays, trans, intersex). Cuando aparecen las cosas mezcladas, o a medio camino salen a la luz los miedos.

Todos entienden cuando una dice “soy lesbiana”. Pero la frase “soy bisexual” trae unos cuantos problemas y la necesitad de una justificación inmediata. Quizá ni siquiera se toma en serio y entonces hay que reforzarlo, decirlo de nuevo: “te lo estoy diciendo de verdad, soy bi sex ual”. Esto preocupa cuando hay un horizonte que cada vez más amplía el espectro. En el “Grupo de orgullo LGTB Argentina” de Facebook, por ejemplo, cada vez son más los chicos y chicas que se declaran bisexuales y abiertos a enamorarse de ambos sexos. La mayoría de los adolescentes con sexualidades disidentes no quieren encasillarse tan rápido, prueban hasta que encuentran lo que les gusta más o dónde se sienten más cómodos.

Pero no importa cuanta estrella de Hollywood salga en defensa de la materia. Tener sexo, desear, enamorarse o armar pareja con varones y mujeres a la vez parece de otro mundo. Hasta es más fácil en los tiempos que corren decir “soy heteroflexible”: el anclaje en lo hétero ya funciona como un placebo tranquilizador.

Quiero narrar dos breves situaciones muy cercanas a mí, que ocurrieron dentro de una terapia piscoanalítica. No me interesa analizar ningún tipo de procedimiento terapéutico sino meramente cuestiones de malas interpretaciones y prejuicios. Estas dos son solo muestras de algo por lo que las personas bisexuales vivien en las oficinas, en situaciones familiares, entre amigos, etc.. Qué suceda adentro del consultorio que estudia las emociones, que busca comprender la complejidad de la experiencia humana, es de seguro violencia. Lo naturalizado no indaga mucho: si una chica tiene problemas con su novio, al terapeuta no se le ocurrirá preguntar si está segura de que le gustan los hombres. Así, el amor hétero se da por sentado, ¿y el amor bisexual?

La primera

Una consultante va a las primeras sesiones y dice a su analista que está enamorada por primera vez en su vida locamente y que es de una mujer. El analista después de una charla llega a la conclusión, y le dice:

* Vos no sos gay ni bisexual. Por la historia que me contás tenés una fijación con la madre. (Que significa “con tu madre”).

Primera omisión: negación de la experiencia de la consultante. Segunda omisión, el uso palabra “gay”. Dentro de la comunidad lgtbiq, en general la palabra gay se aplica a homosexual masculino, ¿por qué ella sería gay? Lo gay sería más legitimado porque está asociado a una condición masculina, ¿tiene más legitimación que la palabra lesbiana, torta, etc.?

La segunda

Una joven va a la consulta y se declara abiertamente bisexual. El analista desvía la consulta hacia una necesaria resolución de la orientación sexual. No le importa nada más, no le interesa que ella haya sacado un turno para hablar de otra cosa. La increpa: “pero vos sabés que Martín y Teresa no son lo mismo”. En resumen, la empuja a que se decida. La consultante responde: “Teresa y Victoria tampoco son lo mismo”.

Primera omisión: negación de la experiencia de la consultante (otra vez). Esta gente definitivamente no escucha. Segundo problema: el ruido en la conversación viene dado por la palabra “bisexualidad”, que en términos del analista es igual a confusión, indecisión, camino intermedio. Asume la fijación del deseo siempre en un mismo sexo, lo cual sabemos, tiene un montón de presupuestos teóricos aparejados. Y supone otras cosas que se dejan entrever: el deseo “excesivo” que no se conforma con nada. El prejuicio de que los bisexuales necesitan estar con dos personas o más a la vez porque siempre falta algo… qué notición, la realidad es que siempre nos falta algo, porque somos seres incompletos.

“No somos el colmo de lo extraño, no somos indefinidos, ni infieles, ni promiscuos”, repite Myriam Brito, una militante por la diversidad. Como ocurre siempre, a la heterosexualidad nunca se le pide una defensa de sí misma: “viste lo que pasa es que yo hice el edipo tradicional, que se le va a hacer”. La heterosexualidad nunca tiene que justificar nada, ni pedir perdón, ni ser absuelta por una autoridad religiosa. Los bisexuales tienen todo a su favos que la fluidez máxima del deseo. Quizá tanta libertad sea un impoderable y como cuando uno se saca la lotería y se siente mal… porque siembre hay otros que están más ajustados.

Por Clara Gualano -Entre Mujeres