Image default

¿Grieta o barbarie?: la memoria de los ´70 en Argentina e Italia por Gustavo Druetta

Los argentinos ¿somos italianos que hablamos en español? Comparando el posterior procesamiento colectivo de las mutuas violencias políticas del siglo XX, la metáfora no funciona. Un 16/3/1978 sucedió en Roma el secuestro del estadista democristiano Aldo Moro. La acción terrorista que causó la masacre de sus cinco custodios, fue seguida del asesinato de Moro el 9 de mayo siguiente. El actual presidente del Consejo de Ministros de Italia, Paolo Gentiloni, escribió el pasado 16 de marzo: “Una mañana hace 40 años tuvo lugar el más grave ataque a la República. Italia rinde homenaje a un gran líder político, a los carabineros y policías…”. Y los nombra. El comandante Oreste Leonardi y el cabo chofer Domenico Ricci de Carabineros, y los policías Giulio Rivera, Francesco Zizzi y Raffaele Iozzino. Una corona floral día en el monumento de la calle Fani que perpetúa la memoria de esos héroes-mártires, será depositada ese mismo día por el presidente de la República Sergio Mattarella. Ha causado gran indignación la leyenda “muerte a los guardias” pintada en días previos sobre la lápida informa el diario “La República” de la ciudad eterna.

Significativamente, ese magnicidio y crimen contra agentes de la seguridad pública, y la subsecuente reacción represiva exitosa del Estado italiano, sucedieron en los mismos “años de plomo” en que las jóvenes “Brigadas Rojas” italianas, y los jóvenes de Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo, practicaban el foquismo guevarista en reemplazo de la lucha revolucionaria de masas. Geográficamente lejanas pero cercanas por la transculturación étnica surgida de la enorme inmigración italiana en la Argentina, a ambas naciones las separa sin embargo un abismo ético político. En medio del mismo conflicto Este-Oeste, la “Guerra Fría” que abarcó unas tres décadas, la represión del terrorismo insurgente italiano se hizo en el seno de una república democrática y con la ley penal en la mano.

En Argentina, incluso durante el gobierno constitucional de Juan D. Perón e Isabel Perón (1973-1976), y mucho más durante la dictadura cívico-militar instaurada en marzo de 1976, la barbarie mesiánica, antidemocrática y terrorista de la guerrilla fue combatida con un mayor mesianismo y barbarie: el terrorismo de Estado. Primero a mano de parapoliciales alentados oscuramente desde el poder, conducidos y armados por un ministro siniestro, y comandados por altos jefes de la policía federal. Y desde 1975/76 principalmente por la acción de “grupos de tareas” clandestinos de las fuerzas armadas, de seguridad e inteligencia civil bajo control militar. Es cierto que las brigadas itálicas estuvieron muy lejos de aspirar a la toma del poder. En la Argentina, en cambio, a principios de los ’70 y hasta el desemboque electoral, las “organizaciones político militares” guerrilleras constituyeron una verdadera opción de asalto al Palacio de Invierno en base al apoyo de masas y al aliento de la alta conducción peronista al hostigamiento violento contra el gobierno de facto. Esa diferencia de Argentina con Italia -¡que ni siquiera podría justificar el horror de las desapariciones!- quedó anulada desde el triunfo del peronismo el 11/3/1973 que inició el reflujo del apoyo social a la guerrilla preparando su cuasi “aniquilación” en 1975. Año en el cual los ya reducidos grupos insurgentes sufrieron fuertes derrotas y pérdidas, pero su virulencia contribuyó al clima golpista.

A comienzos de la década de 1990 fueron indultados los altos mandos y miembros de las juntas de la última dictadura. Habían sido condenados en 1987 por crímenes tipificados por la fiscalía y el tribunal como de “lesa humanidad” por impartir órdenes de exterminio sistemático de guerrilleros, opositores desarmados y sospechosos de subversión ideológica: incluyendo torturas, violaciones, reducción a esclavitud, saqueos, secuestro de niños y nacidos en cautiverio, y miles de asesinatos y desapariciones. También fueron indultados los jefes exiliados o presos de Montoneros y los (sobrevivientes) del ERP en el exilio. Previamente había sido restringida la posibilidad, y suprimida la continuidad ad in aeternum, de procesos contra los cuadros militares, policiales y civiles de los servicios de inteligencia protagonistas de la represión ilegal e incursos en “excesos” respecto de las leyes humanitarias de la guerra y los propios códigos militares argentinos, en tanto lo sucedido configuraba un símil de guerra civil sui generis.

Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final del segundo lustro de los años ´80, dictadas al calor de los levantamientos militares “carapintadas”, constituyeron una amnistía encubierta. La primera los exculpaba en tanto y en cuanto los represores no se hubieran “excedido” en el cumplimiento de las órdenes superiores; la segunda poniendo un brevísimo límite temporal a partir del cual no podrían iniciarse nuevos procesos a uniformados o civiles. Finalmente, todos bajo el paraguas del indulto presidencial de Carlos S. Menem en 1991 -menos los apropiadores de cientos de niños o bebés- pareció que el capítulo más sangriento de nuestra historia en el siglo XX había quedado amortizado.

Como sabemos a partir del 2005 se reanudaron los juicios de lesa humanidad por la derogación de las leyes mencionadas. Así se fueron incoando alrededor de 2.000 procesos de lesa humanidad sin restricciones en cuanto al lugar en la escala jerárquica que ocupaban los cuadros militares, policiales y civiles del Estado en los ´70. Más aún, a partir de la paulatina muerte de los altos jefes de la dictadura ya avanzado el siglo XXI, y al margen de los roles profesionales habituales de mandos intermedios y cuadros subalternos en guarniciones o dependencias policiales, todo uniformado de cabo hacia arriba fue quedando bajo sospecha. En aquellas donde habían funcionado “centros de reunión de detenidos” o “chupaderos” la persecución penal se amplificó a todos los militares o policías con destino en aquellas y hacia las bases de la jerarquía. A tal punto que el último jefe del Ejército del gobierno de Cristina F. de Kirchner está en prisión por su actuación represiva en 1976 cuando era apenas un subteniente de 21 años recién egresado. Así las acusaciones, procesamientos y condenas están hoy concentradas mayoritariamente en el personal subalterno de aquella época, transmisor y ejecutor de órdenes superiores durante el “proceso de reorganización nacional” desplomado con la derrota de las Malvinas. Todo uniformado en actividad en la dictadura es catalogado a priori como sospechoso, salvo cobertura judicial, política y/o mediática en pocos casos.

La recordación del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 en la Plaza de Mayo responde a un hito de la trágica histórica de aquellos años sangrientos. Lamentablemente, se utiliza cada vez más para fines partidarios e incluso para reivindicar la violencia revolucionaria. No para festejar la continuidad de la democracia desde 1984. Hasta hoy ningún presidente de la Nación y menos la sociedad argentina, han rendido homenaje a servidores del Estado caídos en la lucha fratricida. En el caso de M. Macri sólo lo ha hecho con los miles de desaparecidos por la represión ilegal y arrojado flores por ellos al Río de la Plata junto a mandatarios de tres naciones. Dos de ellas, Francia y EE.UU., nos “exportaron” la Guerra Fría desde mediados de los ´50, recalentada por la Revolución Cubana y su enfrentamiento con EE.UU. con apoyo ruso. Y proveyeron a nuestras FF.AA. de metodologías contrainsurgentes terroríficas usadas en Argelia y Vietnam. Si fuéramos como los “italianos” ya nuestros presidentes habrían recordado y homenajeado a un millar y medio de militares, policías y civiles muertos, heridos y mutilados por acción guerrillera y terrorista. Aunque no haya ningún monumento con sus nombres ni placas en las veredas donde cayeron. Las fotos de esos muertos en combate o asesinados fuera de servicio (la mayoría) posan en diversos rincones, allí donde nuestras instituciones armadas rinden orgulloso homenaje a sus propios caídos, soldados, suboficiales y oficiales. Los argentinos no somos italianos españolizados. Somos apenas la consecuencia de nuestra barbarie, la de unos y de la de otros, lo que en por comodidad o ignorancia llamamos grieta.

*Sociólogo, periodista y ex teniente de Artillería (1965-1970).