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Elizabeth Jelin: “Se puede convivir con diálogo, con disputas y con distancia”

La socióloga e investigadora social analiza el vínculo de lo individual y lo social y cómo el recuerdo de la dictadura y la historia familiar puede incidir en la mirada de Sergio Massa, Máximo Kirchner u Horacio Rodríguez Larreta.

Para los griegos clásicos, la palabra para la verdad era “aletheia”. Incluye el término “leteo”, que en su lengua tenía dos connotaciones: olvido y ocultamiento. ¿Qué vínculo hay entre memoria y verdad?
No es una pregunta sencilla. Depende de cómo se conciba la memoria o las memorias. Parto de la premisa de que la memoria es un proceso subjetivo. Nos sucede y rememoramos. Puede haber muchos aspectos, objetos externos, monumentos, libros, películas, pero al final la memoria es un proceso subjetivo. La gran pregunta es la relación entre verdad y subjetividad, que es mucho más amplia que entre verdad y memoria. El pasado ocurrió. Los hechos están ahí. Si se trata de un pasado histórico, social o político, pasó. Lo que no necesariamente está fijado es la interpretación de ese pasado. Y las interpretaciones y los sentidos que le damos a ese pasado dependen de los escenarios de nuestro presente. La memoria no es pasado. Es un presente que trae lo del pasado y generalmente en función de ilusiones futuras. La memoria se ancla, las memorias se anclan en hechos, pero también en muchas sociedades en mitos. En esas que antes llamaban primitivas pero que no tienen nada de primitivas, había mitos. En todo movimiento hay un mito fundacional. Mito no es una mala palabra, ni lo contrario de la verdad.

¿La memoria tiene un componente político? 
No me gusta hablar de la memoria en singular. Me parece que lo que tenemos, porque tenemos pluralidad de subjetividades, también tenemos pluralidad de memoria. Y tenemos pluralidad de movimientos sociales y políticos. Quizás se trate más de “las luchas por la memoria” que de “la memoria”. Pero dejémonos de embromar: hay un componente político en todo lo que hacemos. Puede tratarse de la gran política o la micropolítica.

¿La memoria colectiva podría ayudar a resolver la cuestión de la grieta?
Es un punto álgido. El consenso absoluto y total es la muerte. O es tal totalitarismo que impone silencios absolutos. Democracia quiere decir un reconocimiento de otras y otros, que hay gente que puede pensar diferente y que en el diálogo y en la controversia está el germen de un futuro diferente. Eso se aplica a las memorias también. Si colectivo afirma que todo el mundo piensa o siente lo mismo, ahí no hay memoria colectiva. Incluso dentro de la gente que puede estar en la misma corriente política, lo que se resalta no es lo mismo.

¿Qué grado de disenso es aceptable y cuál es patológico? 
Ese es el problema. Y el gran desafío de la democracia. El gran desafío es lograr reconocer a la otra y al otro. Cada grupo humano hace su elaboración. Me gusta no ser normativa en esto. Hay que mirar qué hacen los actores, la gente, y cómo se las arreglan para vivir con lo que resulta significativo. Me parece importantísimo no pasar a la violencia. Se puede convivir con diálogo, con disputas y con distancia. Se puede elegir no escuchar una radio sin prohibirla. Las sociedades complejas podemos tener un poco de todo. El asunto es cuando alguien mete el dedo y empieza a hurgar y a molestar, con intervenciones no solo agresivas, sino también erróneas históricamente y también provocadoras para aumentar más grieta. La grieta no se da por sí misma, la hacemos nosotros.


Por Jorge Fontevecchia – Radio Perfil FM 101.9