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El señor Daniel Craig y la nueva entrega de Mr. Bond

En Spectre, el nuevo film de la saga del agente 007 dirigido por Sam Mendes, James Bond se enfrenta una vez más a los vampiros multinacionales. Por Leonardo M. D’Espósito – BRANDO

Su nombre es Craig, Daniel Craig. Nadie lo quería como intérprete de ese salvaje que la va de sofisticado, el asesino de la Corona británica James Bond, porque era rubio y porque alguna vez había interpretado a personajes gay (era la pareja del pintor Francis Bacon en la biográfica El amor es el demonio, de 1997). El tipo es un galán maduro, parece más bajo que el fornido fundacional Sean Connery y menos fino de rasgos que el inane pero efectivo Pierce Brosnan, respectivamente el canon y el predecesor. Bastó la primera secuencia de acción de Casino Royale (2006) para que el universo entero dijera “ahora sí, este es Bond”, como si los demás no lo hubieran sido. Además, aquella película sentó las bases para volver a contar toda la historia desde el principio para una nueva generación de fans. Es cierto, Skyfall, la anterior, parecía diluirse en la pura fórmula (con algunos toques “arty”, gentileza del confundido Sam Mendes, que vuelve a la carga ahora) después de una genial primera secuencia y un clip de títulos que rankea altísimo en la historia del doble cero siete. Pero admitamos que era emocionante ir al origen de Mr. Bond, a la casa paterna, a la confrontación última, épica, a puro tiro y sin mariconear con gadgets.

Siguiendo adelante con la reactualización del mito, se estrena este mes Spectre, vigésimo cuarto film de la serie. Aquí aparece finalmente la celebérrima asociación multinacional de expertos en portarse mal que habrá de ser la verdadera némesis del MI6 en este campo. Un par de acotaciones al margen, ya que estamos. Aunque James Bond es un producto de la Guerra Fría, nunca tuvo de enemigos a los comunistas, ni a los chinos, ni nada de eso, sino a unos supervillanos más parecidos a un banquero malo y sin escrúpulos que a un líder de la Revolución. Otra: Bond es un producto a-me-ri-ca-no, a ver si nos entendemos, creado para el cine por el neoyorquino Albert J. Broccoli y continuado por su heredera, su hija Bárbara. De británico tiene el origen y el universo de fantasía, pero no hay cosa más parecida a un cowboy que James Bond, aunque haya cambiado el caballo por, en general, el Aston Martin.

Hechas las salvedades, volvamos a Spectre. Como dijimos, dirige Sam Mendes otra vez. El nuevo M es Ralph Fiennes (lo sabemos desde la película anterior), Moneypenny es negra (también viene de la anterior) y Q, Ben Whishaw, lo más parecido a un nerd de hoy. Lo lindo de Bond es que juega a ser solemne y es una historieta colorida con todos estos personajes tradicionales. Por fin aparece la gran organización siniestra y nuestro héroe tiene que descubrir cuál es su raíz, infiltrarse, conocer a su directorísimo, capo di tutti capi. Y aquí el toque de genio, porque ese villano es quizás el mejor intérprete de malvados de los últimos años, el señor Christoph Waltz, amigo de Tarantino. No es lo único interesante del asunto. Como suele suceder en el molde, hay dos chicas Bond dos. Ambas tienen sus ambigüedades y uno no sabe cuándo le van a hacer una trastada al héroe, pero así es como se juega este juego, ni más ni menos. Una es la francesa Léa Seydoux, a quien el cinéfilo conoce de La vida de Adèle, pero también de otra película de espías y agentes y organizaciones secretas, la gran Misión: Imposible-Protocolo Fantasma. La otra es ese monumento de la Italia clásica llamado Monica Bellucci, que es uno de los intereses románticos de Bond más justos que le han tocado al espía. Si una cosa hay que reconocerle a Sam Mendes es que es un buen director de actores y que aquí tiene una selección internacional de lo más atractiva.

¿Qué esperar? Bueno, lo de siempre. Un tipo duro que salta de peligro mortal en peligro mortal y que sigue las reglas solo para romperlas, chicas, aparatos y una amenaza imposible de detener. No importa demasiado en estos casos: lo que nos importa es ver a Daniel Bond Craig haciendo que todo valga la pena, porque es ese actor que le puso cara y nervios y músculos a lo que, cuando las cosas no andan, es más un procedimiento que un personaje. Craig lo hace persona y por eso el reencuentro es, a priori, más que auspicioso.

El padre de la criatura

Las últimas Bond han tenido buenos guionistas, lo que les dio un espesor mayor. Como que “se las empezaron a tomar en serio”, digamos. En este caso, como en Skyfall, la historia está escrita por John Logan, un experto en fantasía realista, esas películas que parecen ser “de este mundo” aunque incluyen el juego de lo irreal. Logan escribió Hugo, de Scorsese, Sweeney Todd y Rango. Y es el creador de otra revisión mitológica de la pantalla, la extraña pero querible serie Penny Dreadful.