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El reino desunido Por Jorge Argüello

Publicado hace algunos días, el informe encargado por el gobierno británico sobre la acción militar llevada a cabo en Irak en 2003 infirió que Londres distorsionó la amenaza que Saddam Hussein realmente representaba, que la invasión se decidió sobre la base de información errónea y que fue concretada mucho antes de haberse agotado todas las opciones diplomáticas y, por último, que los líderes políticos subestimaron claramente las consecuencias desastrosas de la guerra.

La experiencia aprendida de conclusiones de ese informe podría ser aprovechada por otro informe oficial, aquel que algún día no muy lejano seguramente indagará sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Comencemos por el jefe de la campaña del Brexit ya que, en política como en la música clásica, la batuta del maestro influye en el comportamiento de la orquesta. De hecho, una de las peculiaridades de este divorcio británico es la súbita salida de escena de Nigel Farage, luego de haber defendido durante años como nadie los méritos de dar la espalda a la Unión Europea. Convenció al reino a echarse al mar, pero cuando llegó la hora de afrontar las olas prefirió quedarse en tierra. Se despidió, en el fondo, de sus conciudadanos y electores con las mismas dos palabras que en el día siguiente al referéndum británico ocuparon la portada del periódico francés Libération: “Good Luck”.

Causa aún mayor perplejidad que Nigel Farage haya renunciado también al liderazgo de su partido, el UKIP (United Kingdom Independance Party) pero sin hacer lo propio con el cargo y el salario de eurodiputado con que el UKIP lo distinguió. Paradojalmente, Farage continúa siendo un asalariado de la misma Unión Europea a la que siempre repudió y contra la cual convenció a muchos británicos a rebelarse.

Atrás quedó también David Cameron, que desperdició una rara mayoría absoluta y un momento de aparente recuperación económica para concretar un referéndum convocado para apaciguar los caprichos del ala euroescéptica del Partido Conservador.

Un simple cálculo compartido por el economista Kenneth Rogoff ilustra acabadamente la inhabilidad política con que Cameron manejó este proceso: teniendo en cuenta que votó el 72% de los electores registrados y que el Brexit obtuvo 52%, concluye en que solo el 36% de los electores decidió la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Así, el partido conservador eligió a su nueva líder quien, por las reglas imperantes en el Reino Unido, se convirtió en la nueva primera ministra: Theresa May.

Por supuesto que es demasiado temprano para intentar anticipar lo que será su actuación como jefa de gobierno. Pero merece destacarse que un reino que tan a menudo señaló con el dedo la falta de legitimidad democrática de las instituciones europeas sea hoy dirigido por una primera ministra que no fue elegida en las urnas. Y también vale la pena destacar con igual ironía que, para tratar del divorcio con la Unión Europea, los conservadores hayan elegido a alguien que agitó las banderas a favor de la permanencia del Reino Unido en la organización.

No lo parece, pero la Theresa May que durante la campaña presentaba la permanencia en la Unión Europea como “una cuestión de evidente interés nacional” es la misma Theresa May que prometió hace días “hacer del Brexit un éxito”.

Nos aproximamos así de la hora de la verdad, el momento en que Londres activará el artículo 50 del Tratado de Lisboa y comenzará a negociar con Bruselas los términos de la anunciada separación. Mirando hoy los dos bloques lo que se aparece, al contrario de lo que anticiparon muchos observadores internacionales, no es una Unión Europea atormentada por dudas existenciales y al borde de la desintegración. Lo que sí vemos en cambio con irrefutable nitidez al otro lado de la mesa es un Reino Desunido.

Algo que la propia Theresa May predijo en un discurso pronunciado en abril pasado durante una acción de campaña. Allí afirmó la entonces ministra de Interior que el Brexit podría revelarse fatal para “la unión entre Inglaterra y Escocia”. Un riesgo que, con la renovada presión por parte del gobierno escocés para volver a refrendar su independencia, ya ha comenzado a materializarse.

En aquella ocasión, la política conservadora calificó como “poco realista” la idea de que las economías emergentes pueden reemplazar a medio plazo el comercio realizado con la Unión Europea, recordando que el Reino Unido “exporta más a Irlanda que a China, dos veces más a Bélgica que a India y casi tres veces más a Suecia que a Brasil”.

Asimismo, anticipó que el Brexit dejaría a Londres en una posición negociadora débil frente a Bruselas, ya que la Unión Europea absorbe el 45% de las exportaciones británicas mientras que el Reino Unido sólo representa el 8% de las exportaciones comunitarias.

Theresa May dijo también no entender “por qué habrían los Estados miembros de la Unión Europea de conceder al Reino Unido un acuerdo con mejores condiciones de las que ellos mismos disfrutan”. Admitió así que, al final de las negociaciones sobre el Brexit, el Reino Unido muy bien podría seguir teniendo que acomodarse a la legislación europea, a aceptar la libertad de circulación de personas y a efectuar pagos a Bruselas a cambio de mantener el acceso al mercado único comunitario.

Este ha justamente sido el mensaje más escuchado y repetido en las ruedas de prensa de los principales líderes políticos europeos: no habrá una Unión Europea a la carte para el Reino Unido.

Siguiendo el razonamiento de la nueva primera ministra británica, Londres se arriesga, en última instancia, a seguir sujeto a todas las obligaciones europeas de que pretendía desafiantemente liberarse, con la diferencia de que –en el futuro– ya no dispondrá de un asiento en la mesa de Bruselas para influir en la agenda y en las decisiones que se adopten.

“Seguir en Europa sin mandar en Europa” puede ser, al final del día, el verdadero significado del Brexit.

Publicado en Veintitrés