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El poder después del poder

Los intendentes peronistas del conurbano vivieron en 2016 la situación de los rōnin de le época feudal en Japón, los legendarios samuráis con espada pero sin amo. Lejos de la isla nipona y del bushido -el código de honor que llevaba al suicidio antes que a la deslealtad-, el escenario es la provincia de Buenos Aires, en la antesala a un 2017 en que el PJ necesita ganar sí o sí para recuperar parte del poder perdido.

Ya sin la conducción que por 12 años gravitó con mando estricto desde la Casa Rosada y ante la novedad de una gobernadora con un signo político distinto, los jefes comunales recuperaron su capacidad de autodeterminación y comenzaron a sobreponerse, primero, al vacío formal que dejó la caída del FPV en la Nación y la provincia, y luego, al desconcierto por la atomización de la fuerza que hasta diciembre pasado capitaneaba Cristina Fernández. En ese escenario, el peso territorial se volvió un rasgo de autoridad en un clima general de fracaso, y el suelo de cada distrito ganado o retenido por el PJ fue visto como una base concreta desde la cual encarar la compleja tarea de la reconstrucción. Acostumbrado a los renacimientos, la versión más reciente de la renovación peronista tiene entonces el sello de los intendentes.

Antes de encarar la faena, primero hubo un duelo al estilo PJ, con pase de facturas, acusaciones de traición y la clásica entrega del título a los mariscales de la derrota, acaparado en esta oportunidad por los sectores más endógenos del kirchnerismo. En un segundo momento, los dirigentes se convocaron por afinidades políticas, cercanía geográfica y necesidades compartidas, y se distanciaron por diferencias tácticas, grado de crítica sobre el proceso anterior y viejas rencillas intestinas. Así nacieron los cuatro grupos que, de manera artesanal, vienen buscando puntos de acuerdo y sentando las bases para el relanzamiento electoral.

La principal prenda de unidad es un dato que no se le escapa a nadie: si el peronismo no define un plan de acción consolidado, con referencias ganadoras que acumulen mayorías, el macrismo bonaerense, que llegó con cara de sorpresa pero en poco tiempo ganó peso específico, va camino a reafirmarse. No por nada la gobernadora María Eugenia Vidal es la figura con mejor imagen de Cambiemos, por delante del presidente Mauricio Macri.

La hora de los grupos

En el acervo de la historia peronista, donde hay antecedentes para casi todo, el manual indica que cuando se mueve el piso hay que encontrar porciones de tierra firme y desde ahí crecer. Y eso hicieron los intendentes, que fueron acercándose hasta formar un muestrario de las tendencias que conviven en el PJ bonaerense, aún sin una fórmula de síntesis.

En agosto hizo su debut el grupo Esmeralda, así bautizado en referencia a la calle de Lomas de Zamora donde tiene sus oficinas Martín Insaurralde, uno de sus impulsores. No es de extrañar que este espacio, surgido al calor de la auditoría política hecha sobre el descalabro del FPV en las urnas, naciera marcando una clara distancia con los artífices de aquella estrategia electoral, con La Cámpora y el “cristinismo” en primera fila. Los Esmeralda se plantearon captar a un peronismo a secas, sobre la base de aquellos que en los últimos años se habían ido distanciando de la Rosada, con distintos niveles de portazo. Junto a Insaurralde, otros dos referentes son Gabriel Katopodis, de San Martín, y Juan Zabaleta, de Hurlingham. Los acompañan Mariano Cascallares (Almirante Brown), Alberto Descalzo (Ituzaingó), Fernando Gray (Esteban Echeverría), Leonardo Nardini (Malvinas Argentinas), Eduardo “Bali” Bucca (Bolívar) y Juan Pablo de Jesús (Partido de la Costa). Estos dirigentes mantienen una postura dialoguista con la gestión de Vidal, algunos poseen una relación de larga data con Sergio Massa y ven en Florencio Randazzo al candidato deseado para las legislativas de año próximo. No son los únicos que repiten el nombre del ex ministro como posible cabeza de lista.

Acción y reacción, en septiembre llegó el grupo Fénix, más cercano al kirchnerismo clásico. Pero así como los Fénix no reniegan de ese pasado inmediato, tampoco fijan allí un límite, sino una frontera a cruzar para capitalizar apoyos imprescindibles. Activamente críticos del PRO, se hicieron presentes en las manifestaciones contra las políticas del oficialismo -como ocurrió con los tarifazos-, se opusieron al endeudamiento en la provincia y vienen reclamando por la caída del empleo y el consumo. En sus filas destaca la otra mujer fuerte de la provincia, Verónica Magario, intendenta de La Matanza. Magario fue una de las oradoras en el acto que Máximo Kirchner encabezó en Villa Palito, el 27 de octubre, por el aniversario de la muerte de su padre. También son de la partida Walter Festa (Moreno), Ariel Sujarchuk (Escobar), Gustavo Menéndez (Merlo), Ricardo Curutchet (Marcos Paz), Juan Ignacio Ustarroz (Mercedes), Santiago Maggiotti (Navarro) y Alfredo Fisher (Laprida). El titular del PJ bonaerense, Fernando Espinoza, es otro que participa. Hasta hace poco, entre los Fénix estaba Francisco Echarren, joven jefe comunal de Castelli, quien fue captado por Cambiemos y se transformó en la nueva figura peronista del gabinete de Vidal, a cargo de la Subsecretaría de Tierras, Urbanismo y Vivienda. No fue casual: a diferencia de Macri, hace rato que la gobernadora viene desplegando una estrategia de seducción e incorporación de cuadros del PJ.

El tercer espacio en ver la luz, el grupo Patria, se define ante todo por su referencia en la ex presidenta. De hecho, su nombre hace alusión al instituto creado por Cristina y donde se reúnen los dirigentes que le son más leales. Si bien varios intendentes tienen buena relación con este espacio, los Patria se cuentan con los dedos de una mano: son Jorge Ferraresi (Avellaneda), Mario Secco (Ensenada), Francisco “Paco” Durañona (San Antonio de Areco), Aníbal Regueiro (Presidente Perón) y Pablo Javier Zurro (Pehuajó).

El Establo, la agrupación de los municipios del interior, llegó sobre el estribo. El artífice fue el ex precandidato a gobernador Julián Domínguez, que tiempo atrás supo comandar su Chacabuco natal y que conserva predicamento en la provincia vernácula. El Establo tiene voluntad componedora: “Ni Esmeralda ni Fénix, todos peronistas”, dice su slogan. Entre sus 21 integrantes figuran Oscar Ostoich (Capitán Sarmiento), Ricardo Casi (Colón), Ricardo Alessandro (Salto), Marisa Fassi (Cañuelas), Walter Torchio (Carlos Casares) y Juan Carlos Veramendi (General Paz).

Por fuera de estos esquemas están Mario Poletti, de Ramallo, y Alberto Conocchiari, de Leandro N. Alem, que no participan de ninguno de los sellos, así como Gustavo Barrera, de Villa Gesell, quien atraviesa una situación política compleja en su municipio. Distintos son los casos de Patricio Mussi (Berazategui) y Julio Pereyra (Florencio Varela), que aunque no integran ningún espacio, sí llevan un intercambio fluido con varios actores.

Poroteo

Como tantas otras veces, la unidad es el desafío del PJ. Los más afines al FPV aprendieron -la lección está bien fresca- que no se puede ganar sin el resto del partido, y menos teniéndolo en contra. Pero los refractarios al cristinismo saben con igual certeza que una fuerza que excomulgue a la ex mandataria tampoco tiene destino de éxito. “Unidad o derrota” podría ser una figura que resuma el dilema.

Los intendentes lo saben y apuran las negociaciones, pero el proceso es arduo, con heridas recientes y egos difíciles de encuadrar. Un paso concreto se dio en Lobos, el pasado 25 de octubre, donde los diversos grupos tuvieron su primera cumbre integradora. En medio de reproches a Macri y Vidal, de allí surgió una mesa de trabajo para unificar posturas sobre el presupuesto provincial y seguir avanzando rumbo a la cohesión electoral, sin descartar el uso de las PASO como una herramienta válida para resolver discrepancias. En Lobos también se acordó sobre la necesidad de que el PJ tenga más apoderados de los tres que posee en la actualidad, para que la mayoría de las secciones electorales cuenten con un representante. El tema fue ratificado en otra reunión, el 11 de noviembre, en el hotel porteño NH.

En paralelo, el macrismo bonaerense trabaja para que la carambola electoral de 2015 no se les esfume en 2017. De 135 municipios, Cambiemos maneja 66 y cerró alianzas o coquetea con otras comunas de distinto signo político, incluidas seis en las que ganaron listas del kirchnerismo. Entre los intendentes que en el propio FPV definen como “filocambiemos” están Mario Ishii (José C. Paz), Adrián Sánchez (Exaltación de la Cruz), Ismael Passaglia (San Nicolás) y Alejandro Granados (Ezeiza), mientras que los que directamente cruzaron de vereda son Hernán Bertellys (Azul) y el mencionado Echarren, de Castelli. El PRO también busca socios en los cinco partidos donde gobierna el vecinalismo, algo que ya lograron en Carmen de Areco, con Marcelo Skansi, y en el Coronel Pringles de Carlos Berterret.

También por fuera del PJ están los 10 municipios en manos del Frente Renovador.

En cuanto al FPV, cuenta con 54 intendencias, incluida la media docena que flirtea con el oficialismo. Sin embargo, más allá de los números en sí, el peronismo mantiene su influencia territorial, con los padrones más abultados y determinantes, con La Matanza como gran bastión. El desafío, en todo caso, es hacer que esa maquinaria vuelva a funcionar de manera aceitada y sin fuego amigo.

Jugadores

“Lo que se viene es una etapa de nuevas figuras, en función de que creemos que el oficialismo va a intentar en 2017 volver a plebiscitar los 12 año del gobierno anterior, cuando lo que hay que hacer es evaluar su propia gestión”, sostuvo Miguel Cuberos, uno de los dirigentes que trabaja en la articulación del peronismo. “Nos parece que nuevas representaciones van a dificultar ese objetivo del macrismo. No es contra nadie sino que hay que evitar hacerle este favor a Cambiemos”, explicó Cuberos, ex secretario de Turismo y Deporte de la provincia en tiempos de Felipe Solá. Desde su punto de vista, “la elección del año que viene es claramente territorial, y por lo tanto los intendentes tienen que estar muy presentes en la definición de la estrategia”.

En esa búsqueda, Randazzo es quien, hoy por hoy, acumula muchos apoyos para ponerse al frente de una eventual lista. En el entorno del ex ministro aseguran que sólo discutirá el tema cuando se acomoden las piezas que están dispersas, porque si el “Flaco” juega, no lo hará por uno de los grupos, sino por el consenso, y si hay otros competidores, quiere que la disputa sea puertas adentro, por vía de las Primarias, donde hasta podría recrearse la interna que no fue con Daniel Scioli. “Florencio habló con los distintos sectores y le plantearon la posibilidad de que el año que viene él encabece. Les dijo que eso es el final de un proceso, que antes hay que volver a juntar todos los pedazos que están desperdigados”, relataron voceros del randazzismo, convencidos de que “con un peronismo dividido, el único negocio lo hacen el gobierno y Massa, que pretende apropiarse del PJ estando afuera”.

Tampoco se descarta que, ya sea para acompañar o tomar la lanza en caso de que se caiga el Plan A, los candidatos surjan de la propia cantera municipal. En ese sentido, hay un puñado de intendentes que fueron sondeados, entre ellos, Katopodis.

Asimilado -en parte- el golpazo de fines de 2015 y con un objetivo definido por la urgencia, la maquinaria de la renovación está en marcha. Por delante, quedan muchas incógnitas a despejar, incluida una que es clave: Cristina. Porque de lo que haga la ex presidenta dependerá, en gran medida, el futuro del peronismo.

Por Carlos Romero/ Revista Zoom