Image default

El macrismo cada vez más dividido entre properonistas y antiperonistas

Aferrado a su mayor éxito, que es la reinserción de la Argentina en el sistema internacional, el gobierno se mueve mostrando temores cada vez mayores acerca de un quiebre de las expectativas positivas sobre la evolución de la economía.

Un ejemplo es el tratamiento en el Congreso de la Nación del proyecto de ley de blanqueo, en tanto suenan rumores que indican que el GAFI podría llegar a criticar el mismo porque facilitaría el lavado de activos provenientes de la corrupción. Es así que en la Cámara de Diputados se van sumando exclusiones en la lista de los que podrán beneficiarse del banqueo, abarcando ahora a los que hayan integrado como funcionarios los tres poderes del estado, incluyendo las provincias. Se trata, en realidad, de prohibiciones simbólicas. Ni aun abarcando a los familiares se llegaría a una normativa eficiente. La existencia de los testaferros hace que cualquier lista de excluidos pueda ser burlada fácilmente y hasta sin dejar más que mínimos rastros. Es obvio entonces que el blanqueo y la prevención del lavado no se llevan y es difícil conseguir un punto de equilibrio.

La instalación de que el segundo semestre será tan duro como el primero en términos económicos está produciendo efectos políticos importantes. De hecho, el oficialismo ha quedado dividido en dos grandes facciones: la que apunta a captar buena parte del peronismo para las elecciones del año que viene y la que gira alrededor de las banderas de la nueva política y el antiperonismo light.

María Eugenia Vidal y Jorge Macri, que funcionan en una provincia peronista, luchan a brazo partido para mantener viva la coexistencia con Sergio Massa y los barones del conurbano, incorporando a las filas del gobierno provincial a figuras como el ex intendente de Malvinas Argentinas Jesús Cariglino. Así se apuesta a que una parte del voto peronista quede pegado al PRO el año que viene a cambio de la compensación con bancas de concejales y cargos menores.

Pero la línea ortodoxa mostró esta semana parte de su trama, ya que Emilio Monzó fue el autor de que días atrás el presidente de la Unión Cívica Radical, José Manuel Corral, afirmara que el próximo año en la elección legislativa no habrá Frente Progresista Cívico y Social (FPCyS) en Santa Fe “si se constituye Cambiemos”, ya que la intención de su espacio es priorizar la alianza nacional. La ruptura de la coalición gobernante en Santa Fe movió el tablero político y muchos se imaginaron al socialismo en retirada ante el avance del PRO con la UCR. Pero la matemática electoral hace que estos cálculos sean relativos. Si efectivamente la ruptura se profundizara, la división de lo votos le abriría el camino de la victoria al peronismo de la mano de Omar Perotti, con lo cual poco conseguiría el gobierno.

Los halcones

A todo esto, Elisa Carrió asumió un protagonismo mediático superior incluso al del presidente, presentándose como la abanderada de la alianza contra la alianza que encabezan Vidal y Jorge Macri, con cierto apoyo de Horacio Rodríguez Larreta. Derrotar al peronismo, cercenar el poder de Hugo Moyano -por ejemplo interviniendo la AFA de común acuerdo con la FIFA- doblegar a Massa y mantener al PJ dividido en 4 ó 5 facciones con CFK siempre vigente, parece ser la receta adoptada.

Los radicales apoyan -sin hacer ruido- este plan, con su ambición de terminar integrando el gabinete nacional y llevar la Corte Suprema a siete miembros, quedándose ellos con dos. Los problemas de imagen Macri con sus cuentas en el exterior y un Ministro de Energía sumamente irritativo como Juan José Aranguren le hacen soñar a los herederos de Alem con que el PRO les abrirá cada vez más espacios en la medida en que el tembladeral social se manifieste y la crisis avance.

Como otro elemento del mismo panorama inquietante, la Casa Rosada no consigue emparchar su deteriorada relación con el Papa, quien seguiría sosteniendo en audiencias privadas que la brecha social en la Argentina es potencialmente explosiva. El peronismo, a su vez, adhiere mayoritariamente a la prédica del Sumo Pontífice como una forma de recuperar la identidad que le arrebató el kirchnerismo durante doce años. Hay distintas versiones, pero las más sólidas dicen que Francisco en su diálogo con los jueces en el Vaticano llegó a exhortarlos a que no le tengan miedo a un mani pulite. A buen entendedor, una señal peligrosa para muchos de los amigos empresarios del presidente.

Por Carlos Tórtora para Informador Público