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El lado oculto de Peter Lanzani

Cómo un ‘Casi ángeles’ guardó su perfil de ídolo teen para que lo tomen en serio.

“Me encanta Heath Ledger”, dice Peter Lanzani y agarra su iPhone blanco. Con su dedo índice apunta a la parte de atrás de la carcasa, donde hay un dibujo de la personificación que el fallecido actor australiano hizo del Guasón en la película The Dark Knight, de 2008. “Podía representar desde un galán hasta el Guasón”, dice Lanzani sin ocultar que lo admira por eso. “Y en cualquier rol era bueno.” Hace unos días, se topó con esta película de Batman haciendo zapping en la tele, y se quedó mirándola. En una escena, Ledger entra como el Guasón a una fiesta de Bruce Wayne, agarra una copa, tira lo que hay adentro y toma de la copa vacía, una acción que Lanzani todavía está analizando hoy, mientras almuerza papas fritas en un bar frente a la estación de Martínez, en la zona norte de Buenos Aires. “Es una boludez, pero con ese detalle hace que pienses: ‘Este tipo está de la croqueta’. Era un actor que todo el tiempo estaba haciendo algo para construir el personaje”.

Vestido con una gorra de visera plana, una remera blanca con la leyenda “Mr. Cool” y un jean bordó, sus manos alternan entre el celular y el tenedor. Es un lunes de principios de septiembre. Hace un mes se estrenó El clan, el film precandidato al Oscar que dirigió Pablo Trapero y en el que Lanzani, un egresado de la factoría de Cris Morena (el Mickey Mouse Club argentino), interpretó a Alejandro Puccio, una estrella de rugby e hijo mayor de Arquímedes Puccio (un Guillermo Francella perturbador), que en los 80 hizo del secuestro y asesinato de amigos y conocidos una empresa familiar.

“La película fue bisagra. Significó mi primera vez en un set de filmación y un momento de mucho aprendizaje”, está diciendo Lanzani en el instante en que un hombre rapado y musculoso, de ojos celestes, se acerca y le grita: “¡Te amo!” Lanzani responde a media voz: “Es un tarado”, y sonríe. El que le declara su amor es Nico Vázquez, dueño del bar y uno de los actores con los que empezó su carrera como ídolo adolescente. Sin embargo, en los últimos meses Lanzani ha pasado de ser un baby face a entrar en la categoría de “actor serio”. “Hubo un cambio”, dice. “Fue una búsqueda del desafío. No lo hice para romper etiquetas o para probar que puedo hacer otras interpretaciones, sino por mí, para crecer.”

En el fondo del bar almuerza una pareja; dos jóvenes hablan en una esquina y, en la barra, un hombre revisa papeles. A excepción de Vázquez, sólo una mujer que carga una nena en sus brazos y que acaba de entrar se detiene en Lanzani y camina directo hacia él, hasta quedar justo enfrente. Cuando la ve, Lanzani aparta el plato, se levanta y la abraza. Es Eugenia “la China” Suárez con su hija Rufina. “¡Qué grande que está!”, le dice Lanzani mientras intenta acariciar a la nena, que se esconde en el pecho de su madre. En segundos se preguntan “¿Cómo andás?”, “¿Qué hacés acá?”, “¿Cuándo nos vemos?”. El le explica que está haciendo una nota, ella que eligió el bar de Vázquez para comer con su hija. Vázquez se suma al diálogo. De repente, Lanzani está rodeado del elenco de Casi ángeles, la tira para adolescentes en la que se dio a conocer y en la que trabajaron los tres. La charla termina con un pedido: “Llamame para ir a ver El clan. Quiero que la veamos juntos”, le dice la China.

Peter Lanzani tiene 25 años. Aunque no se lo propuso, desde que era muy chico la industria estuvo detrás de él. A los 12, mientras estaba de vacaciones con su familia en la localidad balnearia de Cariló, una mujer se le acercó en la playa y pidió sacarle unas fotos. “A las semanas los llamaron a mis viejos para decirles que me habían elegido para ser la cara de Mimo & Co. Durante dos años hice la campaña. Duró hasta que me entró la ropa”, sonríe. Los padres pensaron que se había tratado de una excepción, pero tres años más tarde el teléfono volvió a sonar. La que se comunicaba era una de las personas a cargo de hacer castings para Cris Morena. Se había cruzado con sus fotos y quería hacerle una prueba. Con 15 años quedó seleccionado y empezó a trabajar en Chiquititas. Desde entonces, fue una fija de los contenidos juveniles: estuvo cuatro años en Casi ángeles (donde también actuaba Lali Espósito) y dos en Aliados.

 
El elenco de Casi Ángeles.

“Mucha gente tiene prejuicios con los productos de Cris Morena”, dice unas semanas antes, durante nuestro primer encuentro en el camarín de El Galpón Guevara, una sala de teatro importante del circuito alternativo, en Chacarita. “Para mí, hace proyectos increíbles para un determinado público. Además, el trabajo es muy cuidado: en todas las tiras de Cris para cualquier cosa que tuviéramos que hacer había un coach.”

Cuando empezó, no sabía si quería actuar pero sí que “quería hacerlo bien”. “El compromiso siempre estuvo”, sigue. “Grababa todo el día, estudiaba en el medio, editaba discos [de las canciones de las tiras], salía de gira y hacía tres funciones de hora y cuarto por día. Así aprendí a laburar.”

Lanzani se ha convertido en un animal de trabajo que puede enfrentar jornadas de filmación de entre 13 y 15 horas, sin descanso. El pico máximo de resistencia lo atravesó en julio, cuando en su agenda se superpusieron viajes de promoción de la película, notas, grabaciones y el estreno de la obra Equus en El Galpón, que protagonizó hasta el mes pasado. Acá, durante tres meses, cuatro veces por semana, se desnudó e interpretó a Strang, un adolescente con una fijación sexual y religiosa con los caballos. Noche a noche, bajo una luz grisácea, sus rasgos viraron de lo angelical a lo inquietante. Su pelo, corto en el costado izquierdo de la cabeza y cayendo hacia la derecha como una crin, le sumó cierta oscuridad. Con El clan, esta jugada completó su metamorfosis.

 
Protagonizando la obra Equus.

Una tarde cualquiera de un mes que no recuerda en 2013, mucho antes de personificar a Alejandro Puccio, de vestirse de gala para el Festival de Cine de Venecia y de desnudarse frente al público, Lanzani se reunió con Javier Braier, el director de casting de la productora K&S Films, gestora de los films Relatos salvajes, Tiempo de valientes, Kamchatka, entre otros. “Fue una forma de establecer un contacto, de decir: ‘Estoy acá, no tengo problema en audicionar, quiero trabajar en cine’.” La jugada sería estratégica. Un año más tarde, en septiembre de 2014, frente al proyecto del director Pablo Trapero de filmar la historia criminal de los Puccio, Braier lo recordó y le hizo la propuesta por teléfono: “¿Querés probarte para el personaje de Alejandro Puccio?”.

Lanzani no lo dudó. Se autodefine como admirador de la filmografía de Trapero (El bonaerense, Leonera, Carancho, entre otras) y conocía la historia. Su padre, ex jugador de rubgy, se había enfrentado a Alejandro (wing del Club Atlético San Isidro que llegó a jugar para Los Pumas) en varios partidos durante su juventud. El le había contado el caso: era amigo de Eduardo Aulet, una de las víctimas del clan.

En dos meses, Lanzani sobrevivió a siete castings. A medida que avanzaba, su pelo fue sumando rulos hasta transformarse en una porra estilo Jim Morrison. Su vestimenta pasó a ser chombas, camisas, camperas deportivas vintage y pantalones rectos. “Pablo [Trapero] me invitó a su productora y ahí me dijo que había quedado. Cuando lo escuché, me puse loco. Salí de ahí y manejé hasta la casa de mis viejos para contarles.”

Esa noche, en la casa de los Lanzani en Belgrano, hubo una cena de festejo.

 
Con Trapero y Francella en el rodaje de El Clan.

“Cuando vi a Peter por primera vez no sabía que era un ídolo teen. No lo conocía”, dice Trapero, que en Venecia fue premiado como Mejor Director por El clan. “Me sorprendieron su entusiasmo, su capacidad de trabajo y su talento en las escenas. El personaje de Alejandro no sólo era difícil en lo emocional, sino también muy desgastante en lo físico: fue un rodaje muy largo, con muchos planos secuencia. El siempre repetía que era su sueño filmar una película y se notaba. En la toma 15, hacía el try en el barro con las mismas ganas que en la primera. Eso no es común en los actores.”

“Trapero fue un maestro”, dice Lanzani. “Me cuidó y exigió sutileza. Yo tenía vicios de la televisión, demasiada sobreexpresión. También Guillermo [Francella] fue un gran compañero. Me marcaba tiempos, posiciones y cómo decir algunos textos. Fue una suerte tenerlos.”

Durante noviembre y diciembre de 2014 y enero de este año, después del rodaje extenuante de El clan, volvía a su departamento en Tigre y seguía trabajando. Sentado a una mesa negra, escribía en imprenta y con lapicera negra en el reverso del guión. Una caligrafía nítida y un poco cuadrada formaba un nombre: “Guille”, el destinatario de su carta.

“El proceso para entender a Alejandro fue difícil. Leí sobre su psicología, dibujé líneas temporales y, como si fuese él, le escribí cartas a su padre, a su hermano Guillermo y a su novia. También armé monólogos sobre el peso de su apellido, la presión de Arquímedes, su vida como rugbier y el enfrentamiento entre su ambición y la culpa. La historia de Alejandro es muy triste. Lo pensé como la pintura El grito de Munch”, dice.

La precisión que tiene para hablar de su trabajo la pierde completamente cuando le preguntás sobre su pareja, Martina “Tini” Stoessel. Responde como al pasar -“Hacemos cosas comunes”, “Nos apoyamos”, “Hay amor”-, pero cuando recuerda esos días agotadores se vuelve un poco más especifico: “Le contaba las cosas que tenía ganas de hacer, la flasheaba en algunas, en otras no tanto. Le leía los monólogos o me veía estudiando o leyendo sobre Alejandro. Tini estaba muy al tanto y me contenía cuando estaba cansado”.

 
Lanzani con su novia, Martina Stoessel.

Tini es, claro, Violetta: un ícono infantil internacional de 18 años. Se conocieron a sus 16 en un evento de una revista. Hoy son como los Justin Bieber y Selena Gomez del mercado local. La comida de muchas revistas de espectáculos. “Pegamos onda tranqui. No se paró el mundo, pero nos fuimos conociendo y empezamos a luchar por nuestro amor.” A principios de año se separaron y después de un mes volvieron. Ahora viven una relación a distancia, con ella en gira internacional y él en Buenos Aires. “Pese a nuestras obligaciones, nos acompañamos. Ella estuvo en la avant premier de la película, en el estreno de la obra y en el Festival de Venecia”, donde se vieron sólo 36 horas, según cuenta. La noche de la gala especial del film, con ella a su lado, sentado en una butaca, sintió vértigo mientras se veía caer al vacío desde una ventana de Tribunales en la escena final, el momento más fuerte de la película. “Lo sentí en la panza, la película me llevó a ese momento. Es un plano secuencia muy difícil. Me da felicidad haberlo logrado.”

 

Es un viernes de mediados de septiembre y Lanzani está caliente. Hace unas horas se enteró de que le hackearon su cuenta de Instagram y que sus fotos están circulando de tweet en tweet por las redes sociales. “No entiendo por qué lo hacen. No tengo nada que no pueda mostrar pero son cosas mías; si tengo una cuenta privada, es porque no quiero que se vea. ¡Es privado!”, repite con la nariz hundida en su iPhone. Sus dedos se mueven de arriba hacia abajo, de derecha a izquierda, rápido, sobre la pantalla. Está revisando mensajes y chequeando cuánto se filtró. “Lo único que ganan es que no comparta nada y me vuelva más ermitaño”, dice, sentado a la mesa de otro bar, en Chacarita.

A Lanzani pocas cosas parecen enojarlo, y las que lo logran tienen que ver con la sobreexposición. “Por ejemplo, a las horas de haber llegado de Venecia, distintos portales publicaron una nota que decía: ‘Rincón y Peter a los besos, ¿qué pensará Tini?’. Entrabas y había una foto re común, un saludo entre amigos. Engañan hasta al que lee”, dice sobre la imagen en la que Andrea Rincón, la ex de Ale Sergi con la que está grabando La Leona (una tira de Telefé para 2016), le está dando un beso en la mejilla. Lo entiende y no lo entiende. Sabe que el juego mediático es así pero igual le molesta. Intenta conocer la lógica del proceso: “¿Cómo eso se convierte en un tema? ¿Cómo mi pelo es un tema? Todo es un tema”, se pregunta y se contesta. “El pelo largo que tengo ahora da buenísimo para La Leona, donde hago de drogadicto. Aparte, el peinado lo tengo yo y lo llevo. Si tengo que teñirme el pelo de verde o pesar 45 kilos para un papel, lo hago. En ese caso seguro van a decir: ‘No come porque tiene problemas de anorexia’”, dice impostando un tonito irritante de maestra. “¡Basta! Es sólo jugar a ponerme un disfraz.”

Por María Belén Etchenique | Fotografías de Hernán Corera – BRANDO