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El futuro de Facebook y nuestra privacidad online Por Fernando León

El refrán “para muestra basta un botón” esta vez se revela adecuado para describir el comportamiento del mismísimo Mark Zuckerberg, cuya laptop tiene tapados con cinta adhesiva tanto la cámara como el micrófono. Si el mismísimo CEO de Facebook tiene la certeza de que sus dispositivos pueden ser utilizados remotamente para conseguir información que él no comparte, podemos imaginarnos lo que nos espera a nosotros. Una investigación del diario The Guardian, en una nota reciente, lo confirma: pueden espiarte a través de las cámaras ubicadas en nuestros dispositivos. A eso hemos llegado, y es lo que el mismo Zuckerberg reconoce en su maratónica reunión con los legisladores del Congreso estadounidense. En síntesis: si vas al baño, no lleves tu celular.

La polémica sobre la utilización de los datos personales, tras la filtración del escándalo de Cambridge Analytica (la utilización de las cuentas de millones de usuarios para inducir el voto en las últimas elecciones generales de Estados Unidos) parece, a esta altura del partido, una discusión fútil si tenemos en cuenta lo que un gurú del Big Data como el alemán Martin Hilbert nos dice sobre las capacidades predictivas de los algoritmos utilizados en las redes sociales: “Con 250 “me gusta” el algoritmo de Facebook puede predecir tu personalidad mejor que tu pareja”.

Chocolate por la noticia: nos espían y lo seguirán haciendo mientras seamos usuarios del siglo XXI. Por eso mismo la audiencia del CEO de Facebook en el Congreso de los Estados Unidos no puede engañarnos con toda su solemnidad y circunstancia si prestamos atención al modo –y a la velocidad- con la que las nuevas tecnologías se readaptan a las regulaciones existentes.

Ocurrió en los tiempos de Napster con el desafío a los derechos de autor y ocurrirá hoy con la exigencia de una estricta privacidad on line: la tecnología –mejor dicho, el usuario, porque en esto todos somos al mismo tiempo víctima y verdugo- encontrará el modo de abrirse camino, porque queda claro que en esta última fase del capitalismo la información constituye la mercancía más preciada. Es necesaria y al mismo tiempo volátil: es inmensamente útil para tomar las decisiones más importantes pero sujeta a una obsolescencia programada que desaparece casi de inmediato. Y con una característica específica que ningún filtro o regla de privacidad logrará frenar: su capacidad para circular. Esto lo saben todos: la información clave tiende a viralizarse en pocos segundos.

Chocolate por la noticia: nos espían y lo seguirán haciendo mientras seamos usuarios del siglo XXI. Por eso mismo la audiencia del CEO de Facebook en el Congreso de los Estados Unidos no puede engañarnos con toda su solemnidad y circunstancia si prestamos atención al modo –y a la velocidad- con la que las nuevas tecnologías se readaptan a las regulaciones existentes.

Facebook tiene un mapa de nuestros gustos, de nuestros pensamientos, de nuestras decisiones pasadas y presentes: es la máquina predictiva más potente que existe, y no sólo puede mapear el comportamiento de sus 2000 millones de usuarios, sino también el de quienes no utilizan la plataforma, porque la potencia de los algoritmos también permite inferir el comportamiento de quienes, aún sin ser participantes, están sumergidos en el mundo de las redes sociales.

Información es poder, y pese a que Zuckerberg manifestó su compromiso de revisar las reglas de privacidad para sus usuarios, nos queda más claro, tras su pulseada con los congresistas (que, dicho sea en el lenguaje de la calle, “de informática no saben un pomo”) que el gigante de la información seguirá traficando con nuestra vida cotidiana. No es motivo de sorpresa, porque desde los días del chat y del email ya sabíamos a lo que la tecnología nos expone, pero no viene mal saber que habitamos un sistema de adivinanzas y predicciones de conducta que llega mucho más lejos de lo que puedan decirnos nuestra letra manuscrita, la borra de café, o las entrañas de los peces. Bienvenidos al juego adivinatorio del siglo XXI: el mágico mundo de los algoritmos.

Tal vez Winston Churchill vislumbró la existencia de los algoritmos y de su increíble poder para leer la mente humana cuando dijo: “El auténtico genio consiste en la capacidad para evaluar información incierta, aleatoria y contradictoria.”

*Fernando León es Abogado por la Universidad de Buenos Aires. Es especialista en Asuntos Públicos y Analista de Política Internacional.