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El ejemplo de Colombia y el riesgo de despreciar a los pueblos Por Julio Bárbaro

El histórico proceso de paz impulsado por el presidente Santos, que lo acaba de ser merecedor del Premio Nobel, debería enseñar a los dirigentes nacionales una lección sobre madurez institucional y voluntad política para resolver conflictos. Pero el odio hacia los pueblos, en la forma de gobernantes soberbios e intelectuales mediocres, podrían hacernos reeditar eternamente nuestros enfrentamientos internos.

Lo de Colombia es ejemplar, incluyendo la votación de su plebiscito por la paz y la madurez de los promotores de ambos bandos. Son sociedades que superan conflictos de décadas, con avances donde cada contendiente intenta revisar sus dogmas para poder escuchar y respetar el pensamiento de su hasta ayer enemigo y forjar el cambio que implica ingresar a la categoría de adversario. Eso marca lo merecido del premio Nobel de la Paz para el presidente Santos.

En Colombia hubo miles de vidas que se perdieron hasta llegar a esta madurez institucional; nosotros arrastramos conflictos profundos y complejos de resolver, pero también en nosotros cada sector involucrado debe asumir sus errores para tener derecho a participar de la nueva sociedad: aquella donde conviven los que piensan distinto pero se respetan en el marco de la democracia.

Soy católico y peronista, hago enormes esfuerzos por no tocar los temas que me lastiman ni las heridas que arrastro de mi vida política. En el fondo, algunos silencios no implican complicidad sino muy por el contrario son el esfuerzo que debemos hacer cada parte para superar agresiones y convivir con los que opinan distinto y alguna vez nos dañaron con saña.

Hace tiempo que algunos de mis enemigos cambiaron el término “demagogia” por su renovado y más difuso heredero “populismo”. Esta palabra la usan hasta agotar aquellos que tienen sucia la conciencia por haber participado de odios a las mayorías y a lo popular. Son los que profesan odios a todo lo que expresa pertenencia a una conciencia colectiva. Pertenezco a una historia que para mí termina con la muerte de Perón y sin duda es luego deformada durante el gobierno de Menem, tan liberal y dañino que llegaron en su destrucción de la sociedad aún más lejos que el mismo Martínez de Hoz en plena Dictadura. Lo malo de esta destrucción es que la paga el peronismo -culpa que merece por haber permitido semejante asociación con el mal. La gran mayoría de los liberales que aplaudieron a Cavallo hoy se llenan la boca viendo y denunciando populismos por todos lados.

Ese desastre llevado a cabo por el padre de la convertibilidad -con cobertura peronista- fue tan dañino que culminó en el estallido del 2001, donde ni radicales ni peronistas tuvimos otra responsabilidad que la de habernos asociado al liberalismo en su más decadente versión.

El país que nos dejó Perón era mil veces superior al actual. Aún el que nos dejó Isabel, personaje con el que antagonicé después de haberle hecho juicio a López Rega, enfrentando a personajes que no se andaban con chiquitas. Luego tendría que irme al exilio, denunciado por agresivos anti-democráticos que aún hoy viven y siguen buscando populismos. Repito siempre, el golpe encuentra una deuda de siete mil millones de dólares y una desocupación menor al cinco por ciento. No había ni inseguridad en las calles, salvo la violencia de los grupos políticos en pugna.

Hago ingentes esfuerzos con un enorme grupo de peronistas para lograr consolidar la democracia, apoyar las instituciones y superar la grieta, esa enorme fractura que nos convierte en enemigos y desde la cual, sin grandeza, nunca vamos a encontrar una salida. Hago enormes esfuerzos, pero si del otro lado imaginan que ellos tienen la justa y nosotros arrastramos la única culpa en juego, si así son las cosas, nuestros esfuerzos carecen de sentido.

Somos una sociedad con decenas de provocadores de todo tipo, gente que pudimos derrotar en las urnas y que necesitamos superar en lo cotidiano. Con tantos provocadores propios me molesta mucho que importen un pensador italiano, mediocre y aburrido que dice ser el Cristóbal Colón del continente del “populismo” y viene aquí a hablar mal de Perón y del Papa.

Livianito el personaje, Loris Zanatta , algo tiene que ver con los elegantes de siempre. Tiene que ver con esa oligarquía del pensamiento que nos llamaba “cabecitas negras” y que generó golpes de Estado en el 30, en el 55, en el 62, en el 66 y finalmente en el 76, con un alto número de desaparecidos. Y ahora me vienen a traer un intelectual para que me explique sin ruborizarse que el mal nacional son Perón y el Papa por ser populistas. Me cuesta no enojarme.

Ayer la demencia estaba expresada por la guerrilla y mucho más por las fuerzas armadas. Hoy tenemos una democracia con demasiadas dificultades como para que surja un ala provocadora que se la agarre con el peronismo y con los católicos. Nos sobran ya los inoportunos de origen nacional, importar uno para esa tarea es como vendernos pizza con patente norteamericana.

Al “zanatero” que trajeron para pasear por los edios me cuesta digerirlo, pero en el fondo soy consciente que, en toda confrontación de las elites con los pueblos, a la larga vencen los pueblos. Y aquí si sumamos católicos a peronistas más la enorme cantidad de no creyentes que respetan al Papa, se me ocurre que a Zanatta lo tienen que integrar al grupo de los amigos de “Carta Abierta”. Se parecen en lo que dicen y en sentirse superiores.

Soy amigo de Juan José Sebrelli, que hasta escribió un libro contra el fútbol; puede pensar parecido al mencionado analista político pero sin soberbia y con un nivel que impone respeto. No son sólo las ideas, lo perverso es la mezcla de soberbia con mediocridad, impronta que marca a fuego a los descubridores de ese nuevo espacio del mal que ellos llaman populismo.