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El cuerpo no miente Por Ariel Falcini

¿La comunicación no verbal nos muestra tal cual somos?

¿Somos conscientes de lo que hacemos con el cuerpo cada vez que hablamos? En general, podría decirse que “no”, que nuestros gestos y movimientos son tan naturales que no se necesitan de atención extra.

Es cierto; la comunicación no verbal está incorporada en nosotros, es inconsciente y transmite nuestros verdaderos sentimientos y estados de ánimo.

Pero eso no quiere decir que este complemento esencial de la palabra no requiera un momento de reflexión. Porque, en muchas ocasiones, la información que transmite es contradictoria respecto de lo que pensamos.

Hay personas, como por ejemplo los políticos, que trabajan para dominar su cuerpo y modificar aquello que nos los favorece, y otras que estudian el tema para poder decodificar a las personas con las que interactúan. Todo ello se hace siguiendo una regla de oro: los gestos no pueden evaluarse en forma aislada, sino en conjunto y en contexto.

Su estudio comenzó a fines del siglo XIX y comprende, básicamente, 3 áreas: la proxémica (del latín proximus, de prope “cerca” y ximus “más en el sentido de máximo”) y se entiende como la disciplina que estudia las formas mayormente inconscientes en que las personas estructuran, utilizan y perciben el espacio en el proceso de interacción; la kinésica (del griego kinesis, de kinein “mover” y sis “acción”) que estudia los movimientos corporales, conscientes o inconscientes, provocados desde el sistema nervioso; y la paralingüística, relacionada con la forma en la que hablamos: tono, velocidad, volumen, etc.

En los gestos que hacemos al hablar y al escuchar a otros, en la manera de pararnos y hasta en los colores elegidos para vestirnos estamos brindando información sobre cómo somos, cuál es nuestro real estado de ánimo y nuestra forma de ser.

Los labios cerrados sin tensión muestran una actitud de disposición; apretados pueden revelar decisión, agresión o concentración (según el contexto) y mordiéndoselos, nerviosismo, reflexión o titubeo.

Además, su lateralización suele ser evaluada como desconfianza o evaluación, mientras se escucha, y como soberbia o superación sobre las otras personas durante el habla.

La ojiva es una de las formas más comunes que adoptan las manos. Se cree que la perfecta simetría de los dedos muestra un absoluto equilibrio de la persona. De todas formas, hay variantes, dependiendo hacia donde «apunten» los dedos.

Otro buen ejemplo es el saludo ya que, aparte de una cuestión de cortesía, es un hecho proxémico. Hay en él una relación de distancia y de contacto corporal muy particular. El saludo es la combinación de juntar las manos  con firmeza (pero sin fuerza), agitarlas dos o tres veces, con los brazos en forma de ángulo recto u obtuso y con un contacto visual imprescindible para darle credibilidad a la relación.

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Por Ariel G. Falcini / @comunicacionba