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Deshielo prioritario para Macri Por Joaquín Morales Solá

Diez años después de la cumbre de Mar del Plata, cuando la relación de la Argentina y los Estados Unidos se estropeó seriamente, gobernantes de los dos países comenzaron ayer un proceso de reconciliación. La administración de Mauricio Macri consideró siempre prioritario normalizar el trato entre los dos países.

Su posición con respecto al gobierno de Venezuela y sus iniciales acciones contra el narcotráfico despejaron el camino para ese regreso a las relaciones racionales. ¿Fueron Venezuela y el narcotráfico mensajes encriptados a Washington? Macri asegura que no. Sus decisiones sobre ambos conflictos, suele agregar, corresponden a sus convicciones personales, que nunca consultó con nadie.

En 2005, en Mar del Plata, el presidente Néstor Kirchner sorprendió al entonces presidente norteamericano George W. Bush con un duro discurso contra la integración americana que proponía Washington. En esa misma ciudad, cerca del mar argentino, Kirchner permitió que se hiciera una anticumbre financiada por Hugo Chávez y que convocó a toda la militancia antinorteamericana del país y de la región. Washington interpretó que lo que sucedió en Mar del Plata fue una agresión a la institución presidencial norteamericana. La relación de los Estados Unidos con la Argentina nunca volvió a ser la misma, ni con Néstor ni con Cristina Kirchner.

Nunca, tampoco, se supo qué pasó exactamente para que el siguiente presidente norteamericano, el actual Barack Obama, desistiera de invitar a Cristina Kirchner a Washington. La ex presidenta no pisó jamás el Salón Oval en su condición de jefa del Estado argentino. Sólo hubo entre ellos breves reuniones de ocasión en cumbres regionales o mundiales. La ex presidenta tomó esa actitud como un desaire personal, se encerró en estrechas relaciones con Venezuela e Irán y se alejó (y alejó a su país) cada vez más del interés washingtoniano.

Así estaban las cosas hasta que ayer se encontraron, en la nevada Suiza, el presidente argentino y el vicepresidente norteamericano, Joe Biden. Esa reunión fue importante por un solo hecho: hacía mucho tiempo que no ocurría un encuentro entre las más altas instancias del poder político de ambos países. Pero hubo más hechos que confirmaron ese proceso de reconciliación. La canciller argentina, Susana Malcorra, se reunió con el secretario de Estado, John Kerry; el ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, se vio con el secretario del Tesoro, Jack Lew, y el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, habló con el tercer funcionario en importancia de la Secretaría del Tesoro, a quien conoce desde la universidad.

Es absolutamente inusual que el gobierno norteamericano les dedique cuatro reuniones a funcionarios de un mismo país (que no es protagonista global ni mucho menos) en una reunión muy limitada en el tiempo y el espacio. La decisión de reconciliarse era de Macri, pero en Davos quedó demostrado que ese interés es compartido por los gobernantes de Washington. Quizás la crisis terminal que sufre Venezuela y el colapso político y económico de Brasil le dieron a la Argentina una importancia que antes no tenía. El cambio de signo político en el gobierno de Buenos Aires (y su virtual ruptura con el eje bolivariano) contribuyó también a dotar al país de una envergadura de la que carecía.

Macri aseguró siempre en la intimidad que la mejor conversación telefónica que tuvo con un jefe de Estado extranjero, luego de su elección como presidente, fue con Obama. Macri llegó a contarle al mandatario norteamericano que había tenido a los norteamericanos como los mejores socios en su experiencia como empresario. Pero el Presidente pondera otras dos razones para privilegiar una rápida reconciliación con Washington: los Estados Unidos son la principal potencia militar y económica del mundo, rol que ningún actor global desconoce, y tienen la mejor información que hay sobre el narcotráfico, sus redes y sus complicidades. El gobierno de Macri no está dispuesto a prescindir de esa información y de esa experiencia para enfrentar el tráfico de drogas, que es una prioridad suya desde la campaña electoral.

Es cierto, además, que el gobierno argentino aspira a que Washington lo ayude en su difícil y compleja negociación con los fondos buitre. Desde el punto de vista formal, el papel que puede cumplir el gobierno de Obama es prácticamente nulo. El fallo que beneficia a esos fondos es una sentencia definitiva de la justicia norteamericana, a la que se allanaron todos los gobiernos anteriores argentinos, incluidos los de los dos Kirchner. Sin embargo, un interés especial de la administración de Washington por el gobierno argentino podría distender las posiciones de los protagonistas extranjeros, desde la justicia norteamericana hasta los propios titulares de los fondos buitre. Ésa es la oferta que hace el gobierno de Washington y a la que se limita la aspiración argentina.

Visita a la Argentina

En aquella conversación telefónica entre Macri y Obama, el presidente norteamericano le deslizó su interés en visitar la Argentina. Hasta se imaginó un mes: enero. Esa fecha no será, sin duda, pero la visita del presidente norteamericano forma parte de una intensa negociación entre diplomáticos de ambos países. Algunos suponen que podría suceder entre fines del primer semestre de este año y comienzos del segundo semestre.

Lo cierto es que hace poco Benjamin Rhodes, un importante miembro del Consejo de Seguridad de Washington, el organismo que asesora directamente a Obama, mencionó en un reportaje en el diario The New York Times los países latinoamericanos que el presidente norteamericano podría visitar en el último año de su mandato. Nombró sólo tres: Cuba, Colombia y la Argentina. Rhodes subrayó el interés de Obama por conocer “los nuevos liderazgos latinoamericanos” y citó a Macri. Los diplomáticos saben que un funcionario de la jerarquía de Rhodes, en un reportaje a uno de los diarios más influyentes del mundo, no dice cosas que pertenecen sólo a sus ocurrencias personales.

Si eso sucediera, sería también la primera vez que un presidente norteamericano viniera a la Argentina después de la presencia de Bush en Mar del Plata. La soterrada tensión con Washington durante estos años afectó al país en muchos aspectos, sobre todo en su relación con los organismos multinacionales de crédito y en la confianza (o desconfianza) de los inversionistas más importantes. Con Washington se puede estar de acuerdo o se puede disentir, pero es realmente inservible llevarse mal sólo por despecho. El kirchnerismo tardío no tenía reparos ideológicos con los Estados Unidos (o no fue eso lo que más influyó), sino reproches por supuestos desaires personales. Se ventilaron en reiterados discursos de la entonces presidenta argentina, cargados de un contenido que correspondía a la algarabía universitaria de hace cuatro décadas.