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De Trump-Clinton al debate argentino Por Jorge Raventos

El último miércoles los dos principales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos se trenzaron en su tercer y último debate antes de la elección del 8 de noviembre. Si se observa con atención, pueden encontrarse denominadores comunes entre varios asuntos que se discuten en aquel escenario y otros que se plantean o empiezan a desplegarse en nuestro país. Tomemos dos de ellos: inmigración y miedo a la globalización.

Donald Trump introdujo con mucho fuerza el tema de  la inmigración y el de la presencia de una vasta población extranjera que reside en los Estados Unidos con poca o ninguna  legalidad. La metáfora de su posición fue la propuesta de construir un muro en la frontera con México. El debate del miércoles 19 permitió recordar que la idea  tiene un fondo bipartidario (diez años atrás, cuando George Bush formuló la misma iniciativa, la entonces senadora Hillary coincidió en que ” tenemos que asegurar nuestras fronteras con barreras físicas si es necesario en algunos lugares” porque “México es un problema importante “).

El tema de la inmigración bajo el aspecto del uso de servicios públicos argentinos por parte de extranjeros llega últimamente a la superficie pública entre nosotros, pero hace mucho que constituye un tema de conversación en los sectores más  vulnerables. Si actualmente hay comunicadores que discuten la presencia de estudiantes de otros países inscriptos gratuitamente en  universidades nacionales o la cobertura que el empobrecido sistema público de salud ofrece a “tours sanitarios” de países limítrofes, en su momento el gremialismo de la construcción argumentó que muchos de sus afiliados perdían sus empleos por la competencia de inmigrantes y en las barriadas del Gran Buenos Aires se extiende el resentimiento cuando en turnos en los hospitales o en las vacantes  en colegios cercanos a sus domicilios son priorizadas personas de otro origen nacional, más allá de que se trate de residentes legales o de ciudadanos naturalizados. En tiempos de  sequía  los conceptos de “propio” y “ajeno” se vuelven peligrosas armas de competencia. En los países desarrollados y en los emergentes.

Trump enarbola en Estados Unidos una línea económica proteccionista que sugiere que la caída local de los puestos de trabajo (y de los salarios) puede neutralizarse abandonando el comercio libre y cerrando las fronteras a las mercancías que compiten con las de producción propia. No  cuesta demasiado encontrar argumentos similares en Argentina, si bien resulta curioso que muchos de quienes los esgrimen aquí  sean sedicentes “progresistas” que definen al candidato republicano de Estados Unidos como una especie de monstruo de derecha. El espejo siempre devuelve imágenes invertidas.

Señala el analista estadounidense George Friedman: “La amenaza para los Estados Unidos es la persistente caída en el standard de vida de la clase media, un problema que está transformando el orden social que se mantuvo en vigor desde la Segunda Guerra Mundial y que, si continúa, representa una amenaza para el poder estadounidense”, Para Friedman por la vía de los avances tecnológicos “la reestructuración de las empresas ineficientes creó un valor sustancial, pero ese valor no fluyó a los ahora desplazados trabajadores. La clase media se dividió en un segmento que ingresó en la clase media-alta, y otro que se hundió en la clase media-baja”.

En términos de ingresos, “la mediana del ingreso familiar de los estadounidenses a principios de esta década, en 2011, fue de  49.103 dólares.  Ajustado por inflación, ese ingreso es inferior a lo que era en 1989 y es de $ 4,000 menos de lo que era en el año 2000. Esto significa un ingreso mensual por hogar de alrededor de 3.300 dólares. Es indispensable  tener en cuenta que la mitad de los hogares estadounidenses ganan menos que esto”.

No hay duda de que la globalización y la integración mundial de la economía tienen que ver con lo que pasa en el mercado laboral del planeta. Basta comprender que en tres décadas, con el crecimiento de los mercados emergentes (fundamentalmente los de China e India) la fuerza de trabajo del mundo se duplicó y estableció nuevos sistemas de equilibrio (los salarios de los emergentes subieron, los de los países ricos se retrajeron). Agréguese a ello la vertiginosa irrupción de los cambios tecnológicos producidos por una nueva revolución industrial.

El problema para los que –allá y acá-  imaginan soluciones simplificadoras a los problemas complejos es que ni la integración económica mundial ni la revolución tecnológica parecen reversibles.