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Corregir el rumbo para llegar a buen puerto Por Jorge Argüello

El 21 de septiembre dio comienzo a una extraña, inesperada, primavera en América Latina. Analistas de todo el mundo se volcaron a indagar y explicar las causas de esta estación cargada de tensiones políticas y sociales que conmovió a la región, desde Ecuador a Chile, pasando por Bolivia, Colombia y Perú.

Si bien Argentina atravieza la etapa exhibiendo una fortaleza democrática que facilita una transición política sin grandes turbulencias, lo cierto es que lo hace inmersa en un mundo caracterizado por una globalización de fuerte sesgo neoliberal y financiero que ha concentrado la riqueza a niveles inéditos y con un costo agudo y creciente de desigualdad social.

Ese contexto -regional y global- determina la necesidad de recalibrar los desafíos externos del país. Es hora de olvidar la fracasada lógica de “abrirse al mundo” sin una estrategia exportadora de inserción real, ignorante de los cambios profundos del tablero internacional y entregada a esperar una lluvia de inversiones que sólo cayó en forma de deuda externa impagable.

Los recientes errores de navegación en un mundo dominado por guerras comerciales, cuestionamientos al sistema multilateral y pujas entre “globalistas” y “nacionalistas”, nos han hecho mucho daño. Los mandatos puramente ideológicos y las lecturas voluntaristas de la realidad global nos alejan de la realidad. Necesitamos una política exterior cuyo núcleo duro anide los intereses legítimos y urgentes del país.

Ideas e intereses

Los tropiezos en el proceso de integración regional, hoy nuevamente amenazado entre estas convulsiones, disparan evocaciones del liderazgo de los padres fundadores de la Unión Europea. Ellos se preguntaron -y respondieron- sobre los intereses concretos y comunes de sus naciones.

La actual UE nació de la Comunidad del Carbón y del Acero, dos activos básicos que los habían llevado a la guerra y los unió como nunca. ¿Cuáles son hoy ese carbón y ese acero en América Latina? ¿Cuáles de esos intereses debemos cultivar desde Argentina?

Cuando América Latina recuperó sus democracias y avanzó en su integración comercial, en los 80, todavía reinaba la Guerra Fría, el embrión de Internet se gestaba en laboratorios, la globalización era un término académico y casi nadie atendía al cambio que iniciaba China. La unión latinoamericana era un ideal renacido, cargado de fervor y escaso pragmatismo.

Hoy, al cabo de 40 años de transformaciones globales, Argentina y cada país de América Latina necesitan reformular sus grandes preguntas, recalibrar su brújula. Un par de coordenadas básicas señalan el rumbo: desarrollo con inclusión y freno a la reprimarización de su economía.

Para ello, en este océano global tan incierto, la agenda exterior de Argentina debe apuntar a coordinar con la región una participación más intensa en los organismos multilaterales que mejor pueden cuidar los intereses de las naciones menos poderosas, de la ONU a la OMC.

La diplomacia, como política pública. debe orientarse a proteger nuestros recursos renovables, a atraer inversiones en infraestructura, comunicaciones y tecnología; y a promover exportaciones con valor agregado capaces de crear empleos de mayor calidad.

Argentina afrontará en el inicio del nuevo gobierno una tormenta perfecta de endeudamiento externo, que además involucra al Fondo Monetario Internacional (FMI), uno de los pilares más cuestionados del ya viejo orden mundial.

Será todo un desafío, tal vez fundacional. Para ello deberemos corregir el rumbo, favoreciendo nuestros intereses concretos y realizables y privilegiando a la economía real. Es la hora.

Artículo publicado en la Revista Forbes, el 26 de diciembre de 2019.

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