Image default

Cien años de perdón

La muerte de César Fendrich reflotó el viejo interrogante de Bertolt Brecht: “¿Qué delito es robar un banco comparado con fundarlo?”. Aura justiciera y emulos 2.0.

La Argentina del presente es a la especulación financiera lo que la ciudad de Las Vegas a los juegos de salón. O sea, un santuario del despojo y la codicia. Lo prueba –por caso– el registro contable de rentabilidad bancaria de 2018, un período signado por el derrumbe económico del país. A saber: ganancias por 19 mil millones de pesos únicamente en octubre (con un aumento del 144% en relación con idéntico lapso de 2017). En los otros meses, hasta noviembre –de acuerdo a un informe del Banco Central–, las ganancias suman 138 mil millones (con un aumento del 77% en relación con idéntico lapso de 2017). Lo cierto es que la crisis del mercado interno embelleció los balances de los bancos con los siguientes milagros: el aumento exponencial de los intereses en préstamos, las inversiones dolarizadas y los bonos ajustados por inflación. Entonces adquiere nuevamente sentido la pregunta que se hacía Bertold Brecht en la obra teatral Die Dreigroschenoper (La opera de los tres centavos): “¿Qué delito es robar un banco comparado con fundarlo?”

El interrogante también actualiza la figura de un gran “experimentador” en la materia: el recientemente fallecido ex subtesorero del Banco Nación de Santa Fe, Mario Fendrich. Su salto al Más Allá exhumó en los últimos días de los archivos periodísticos los pormenores del acto que lo marcó para siempre: desvalijar el tesoro de la sucursal y llevarse 3,2 millones de dólares, en medio de la convertibilidad menemista. Fue el 23 de septiembre de 1994.
Sobre esta historia corrieron ríos de tinta. Ya se sabe que la epopeya de Fendrich incluye una “ausencia” de 16 semanas (se conjeturó que pudo haber estado con una amante en Paraguay o Brasil); una “aparición” coincidente con el multitudinario entierro del boxeador Carlos Monzón (se conjeturó que su intención fue la de atenuar así el impacto público de tal “entrega voluntaria” a la Justicia), una temporada carcelaria de casi cinco años (se conjeturó que su plan era sacrificar aquel lustro para después vivir a lo grande). Y un botín que jamás se encontró (sobre eso no hay conjeturas).

¿Por cuánto tiempo la policía y los fisgones de las aseguradoras habrían espiado sus pasos para pillarlo en algún desliz que los pudiera guiar hacía esa fortuna esfumada?

Sin embargo, Fendrich no defraudó al público: entre su excarcelación y el final de su vida, trabajó en una parrilla, luego puso una fábrica de artesanía en yesos, antes de pasar a la siembra de frutillas y, finalmente, regenteó una agencia de quiniela. Así pudo llegar con sosiego a los 77 años ese hombre que figura en el Libro Guinness de los récords mundiales como “autor del mayor robo individual e incruento de la historia”. Una hazaña que hasta mereció una película (Tesoro mío, dirigida por Sergio Bellotti), entre otros homenajes.

Claro que a la luz de la cita brechtiana aflora un enigma más complejo y profundo que el paradero del dinero: ¿cuál fue el significado –filosófico, si se quiere– del golpe perpetrado por Fendrich? ¿Acaso, más que un hurto, se trató de una “expropiación”? Esto último resulta razonable, si por dicha palabra se entiende el apoderamiento de un bien manchado por una impureza de origen.

El hecho en sí, por cierto, remite a otro: el hurto de casi dos millones de euros transportados el 28 de julio de 1989 por Madrid en un camión blindado. Su responsable: nada menos que el vigilador del vehículo, Dionisio Rodríguez Martín (a) “El Dioni”. Un caso de enorme repercusión en España.
En este punto hay que admitir que el personal de las agencias privadas de seguridad suelen ser más sensibles a ciertas tentaciones que los empleados jerárquicos de las sucursales bancarias.
Por esa razón tal vez sería más atinado comparar lo de Fendrich con la “gesta” del ex ejecutivo de la JP Morgan, Hernán Arbizu.

El tipo manejaba numerosas cuentas de dinero mal habido con vistas a su inserción en el circuito legal. Y su método consistió en “desviar” hacia sus propias arcas un porcentaje de las mismas, a sabiendas de que sus titulares se encontraban impedidos de denunciar el faltante. Pero incurrió en el grave error de tocar una cuenta intachable. Esa fue su perdición, ya que fue extraditado a Estados Unidos, en donde será juzgado por estafa.

¿Qué diferencia personal y política hubo entonces entre la trapisonda de Fendrich y la suya?

El primero, un burócrata bancario de clase media, pateó con su acción el tablero de su propia existencia. Su acto fue una partida sin regreso posible a la cotidianeidad que cultivo hasta entonces. Una rebelión biográfica.

El otro, un muchacho de abolengo incrustado en la maquinaria secreta del sistema económico, no consideró ese aspecto. Por el contrario, el acto que produjo tuvo por objeto consolidar en exceso su modo de vida.

En cuanto a las consecuencias institucionales, Fendrich causó una crisis en el concepto mismo de seguridad bancaria. En cambio, Arbizu puso en jaque al sistema financiero internacional al abrir una explosiva caja de Pandora, la del lavado de activos. Algo imperdonable..

Ninguno fue un héroe colectivo así como lo entendía Oesterheld. Pero, desde luego, algo es algo.

Por Ricardo Ragendorfer