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Campaña suprema

El Gobierno padece su impericia y la lucha por el poder en la Corte Suprema. El juego de cada cual. El regreso del Loro. ¿Soria arranca? Te perdonamos, agobiada. 

Al margen de la lucha despiadada por el poder que se libra en Argentina, existe también otra constante que provoca un derroche de energía digno de mejores causas. Demasiadas veces los pleitos innecesarios de la dirigencia política son los que le ofrecen a la Corte Suprema la oportunidad de erigirse en un poder decisivo. Es lo que sucedió con el DNU 241 de Alberto Fernández, que ordenó suspender las clases presenciales en el territorio de su amigo Horacio Rodríguez Larreta, la zona franca del macrismo. A la tragedia real de una pandemia que ya se cobró más de 66 mil muertos y amenaza todavía con terminar en un desborde sanitario en el AMBA, el Presidente le suma su propio drama, cuando se ve superado por la situación y toma decisiones que lo llevan a un callejón sin salida. Así fue que enfrentó dos obstáculos previsibles: el oportunismo temerario de Larreta y el fallo 4 a 0 con el que lo despachó la Corte.

Con distintos tonos y argumentos, Carlos RosenkrantzRicardo Lorenzetti y la mayoría peronista de Juan Carlos Maqueda Horacio Rosatti le negaron al Gobierno la posibilidad de intervenir sobre el territorio autónomo de la Ciudad, ratificaron la vigencia del federalismo y afirmaron que no hay emergencia que valga para ignorar la Constitución de 1994. No fue lo único. También, dejaron un mensaje entre líneas que la polarización ignoró, pero pesa de cara a un proceso que no terminó: un fallo que no declaró inconstitucional el DNU del Presidente y dejó abierta la puerta para ensayar otras variantes de negociación.

Para Rosenkrantz, fue una oportunidad de castigar al populismo por su pretensión de utilizar la emergencia como una franquicia y señalar en lenguaje técnico la tentación autoritaria de “usurpar funciones” de los gobiernos locales. Para Rosatti y Maqueda, la vía para defender el federalismo y refrendar su propia historia de constituyentes de 1994. Para Lorenzetti, la posibilidad de volver a cotizarse de cara a la disputa de poder que se viene dentro de la propia Corte y tendrá una definición antes de que termine el año electoral. Elena Highton de Nolasco, la más condicionada por haber cruzado la barrera de los 75 años, decidió abstenerse: con el argumento de que no existe competencia originaria de los supremos, se ahorró un voto contra Fernández.

Los choques entre el Gobierno y la oposición ayudan a la Corte a salir de la batalla intestina que la condiciona y le permiten incluso proyectar una imagen de cierta cohesión, como en este fallo 4 a 0. Sin embargo, las diferencias persisten por lo bajo a niveles que no dejan de sorprender y se filtran a través de los medios amigos. En busca de lograr una distinción que no es fácil en medio de la polarización, cada supremo tuvo un canal propio para difundir su voto y destacarlo como parte de una guerra de posiciones.

Volvieron a chocar los dos relatos que se propagan en un loop infinito: el golpe de la Corte que advirtió la vicepresidenta y la defensa de la República que le gusta invocar al establishment. Pero la realidad es menos terminante, como ahora se confirma con dos movimientos posfallo que sugieren un acercamiento entre la Nación y la Ciudad: primero, la convocatoria de Eduardo de Pedro Martín Guzmán a Rodríguez Larreta para discutir sobre los fondos para la Policía porteña. Segundo, la nueva audiencia de conciliación entre los gobiernos nacional y porteño, que tendrá lugar en el Palacio de la Corte el miércoles 12. Es probable que ahí los técnicos del Ministerio de Economía vuelvan a verse las caras con los funcionarios de Larreta, el procurador Gabriel Astarloa, el secretario de Seguridad y Justicia, Marcelo D’Alessandro, y el ministro de Hacienda, Martin Mura. Obligado por la derrota y la adversidad, Fernández puede rescatar el traje de “comandante” que le había colgado el radical Mario Negri hace más de un año y tomar la posta de los peronistas Maqueda-Rosatti, que sostienen que la Justicia no tiene que resolver los conflictos de la política.

Extrañando a Losardo

El cruce de acusaciones a través de las redes sociales y los comunicados pueden llevar a confusiones. Salvo Rosenkrantz, que no funciona como interlocutor con el peronismo, el resto de los jueces de la Corte tiene diálogo fluido con funcionarios del Gobierno. Maqueda, Lorenzetti y Highton hablan directamente con el Presidente. Rosatti también tiene sus propios puentes. Sin embargo, los canales institucionales están clausurados y, como le pasaba al último Macri, los Fernández ya se acostumbraron a perder en el máximo tribunal.

El nuevo ministro de Justicia, Martín Soria, puede haberle dado al Gobierno un rostro más vehemente que el que exhibía la agobiada Marcela Losardo, pero hasta el momento no pudo rescatar al oficialismo de la impotencia y marca una clara continuidad en el fracaso. En la entrevista exclusiva con Letra P, Soria buscó justificar por qué todavía no convocó al diálogo a los jueces de la Corte, pero no dejó conformes a los supremos. En el cuarto piso del Palacio tienen encuadrada su frase del 16 de marzo pasado, cuando afirmó: “Lo primero que voy a hacer es pedir una audiencia con la Corte”. O no hizo nada desde que asumió o hizo otra cosa antes, pero su cambio de parecer no hace más que prolongar otra política que ya había iniciado Losardo, la de la distancia con los jueces del máximo tribunal. Desde que el Frente de Todos asumió, hace casi 17 meses, una sola vez el ministro de Justicia se reunió con los supremos. Los resultados están a la vista.

La confrontación entre los Fernández y la Corte es asimétrica, porque los supremos son dueños de un poder sin fecha de vencimiento. Cristina los acusa de golpistas y liga fallos como el de la semana última con otros como los que beneficiaron al Grupo Clarín, pero con esa performance la vicepresidenta queda devaluada al rol de denuncia y sin capacidad de intervenir para transformar una realidad adversa. Más redituable para ella, sería que Fernández hubiera cumplido su promesa tácita como viejo profesor de Derecho Penal y hubera logrado desactivar ese frente de tormenta, algo que evidentemente lo excede. Lo mismo les pasa a los funcionarios de La Cámpora que tienen interlocución con Lorenzetti: Juan Martín Mena, De Pedro y Juan Ustarroz. Son las dos caras de una política ambigua porque, mientras el camporismo dialoga con el rafaelino y hasta lo considera una buena alternativa hacia el futuro, Soria lo fulmina por haber sido el jefe del lawfare en línea con CFK y con el perfil de un gladiador de Twitter. El rionegrino no tiene la trayectoria que acreditaba la socia histórica de Fernández y su tono combativo es tomado a risa en la Corte. Conclusión: ahora dicen “con Losardo estábamos mal, pero mejor”.

Todes contra todes

Todo es minuto a minuto y la urgencia es la que predomina, pero el año electoral se extiende a la Corte, que tiene sus propios comicios. Entre octubre y diciembre, los ministros del alto tribunal deberán elegir un sucesor para Rosenkrantz. Todo indica que el exrrector de la Universidad de San Andrés irá en busca de su reelección, pero las condiciones hoy no parecen las mismas de hace dos años, cuando Maqueda y Rosatti se confabularon para desplazar a Lorenzetti. El jurista que fue cabeza del Poder Judicial durante 11 años todavía no digiere ese golpe y trabaja para regresar. Volverá a chocar con Rosenkrantz y con un representante de la cofradía peronista que, según parece, será Maqueda con el respaldo de Rosatti.

Imposibilitados de ampliar el número de jueces de la Corte, los Fernández deberán decidir si apoyan a algún candidato o se declaran prescindentes. En septiembre de 2018, Rosenkrantz se benefició de un doble movimiento: el rencor de Macri con Lorenzetti y la pérdida de apoyo interno del rafaelino dentro del Palacio. De ese momento hasta hoy, lo que sobrevive es la lógica de un poder compartimentado en abierto contraste con el largo reinado de Lorenzetti. Es un cuerpo colegiado en el que cada voto vale uno, nadie conduce a nadie y la batalla interna es por momentos explosiva. Como ya contó Letra P, cada juez tiene un respaldo extra muros y cuenta con el apoyo militante de empresarios de comunicación. Es elocuente como la histórica afinidad de Infobae con Lorenzetti es desafiada desde La Nación, que se identifica con la doctrina Rosenkrantz. Esa pelea intestina irá ganando en intensidad en el eño elctoral. Sólo la polarización y las limitaciones del Gobierno para sacar provecho de esa fragmentación pueden llevar a que ese elefante en el bazar pase inadvertido.

Por Diego Genoud – Letra P