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Bukele se consagra, mareros se retuercen

El triunfo legislativo de Nuevas Ideas consolidaría no solo el perfil de Bukele, también el perfil del país.
Mientras tanto, el sueño marero de la impunidad, se diluye en el empalagoso romanticismo de la oposición. 

El Salvador, a esta hora, parece haber elegido continuar con una línea de lucha contra la violencia con un triunfo, conforme a analistas de dicho país, contundente. Aunque aún se aguardan los resultados definitivos bajo el espectro persecutorio del “fraude”.

Salvadoreños parecen continuar la apuesta contra una matriz subterránea delictiva forjada por décadas por las distintas administraciones que convirtieron a la sociedad en rehén de la criminalidad bajo velo.

Porque durante años, en El Salvador, la violencia de los mareros fue explicada desde la emergencia de la pobreza y marginalidad. Jamás desde el área delictiva. Desde la construcción criminal como proyecto de poder.

Fluctuaron en el gatopardismo por amateurismo, mediocridad y omisiones estratégicamente conniventes.

Enfrentarse a las maras representaba enfrentar al Narcotráfico. Aunque también, a sectores que habían creado una atmósfera romántica entorno a las pandillas que ya no eran pandillas.

Un reduccionismo que transformó el temor en terror. Un reduccionismo funcional a la mutación delictiva de pandillas a maras. La acumulación de poder en la fusión con otras organizaciones criminales consolidadas, la ruptura con las mismas y la posterior construcción del propio poder. El dominio de los barrios. De las calles. De los corredores de la droga. Los dueños del Narcomenudeo. 

Recursos mareros como nexos para el tráfico de estupefacientes para abastecer el sinuoso triángulo norte, completado por Honduras y Guatemala.

El Salvador ratifica, en las legislativas, al Presidente que las Maras supieron conseguir, Bukele.

Un Presidente que sale de la tradición frente a un sistema de partidos agotado. Un sujeto particular que llegó al poder para sentar las bases de la seguridad por encima de la anomia. Y que conjugó, como pocos, redes sociales con reconocimiento territorial previo y de gestión.

Con algunos rasgos autárquicos y por momentos excedido en sus facultades, Bukele es el terror de los mareros que supieron aterrorizar a un país. 

Logró, sin titubeos, cambiar los roles y los estados sociales. El terror fue un boomerang territorial para el narco delito. Y limitó el accionar sanguinario en la cárceles con métodos poco ortodoxos.

Él y sus legisladores, representan el horror de los Derechos Humanos distorsionados y pensados, únicamente, para la delincuencia.

Son el espanto para una izquierda confundida en su concepción.

Nuevas Ideas es el partido afianzado, entre otras cosas, por mérito de la obvia y escandalizada oposición.

Un mandatario que se diferenció de sus antecesores por darle a la población un escenario de mediana seguridad. De entendimiento. De claridad. Con la certeza de un camino largo sobre el cual hay que profundizar sobre el desarrollo humano integral y la seguridad ciudadana.

Un acompañamiento acabado que mucho tiene que ver con un cambio cultural. Un cambio requerido por la sociedad, y claramente por el aparato desintegrado.

El manejo de la pandemia, para muchos arbitrario, fue providencial para Bukele. 

Desde su posición, trabajó para todos los sectores sociales y “blindó” al país, abriendo un abanico de críticas sin ideas superadoras. De hecho, dentro de la franja centroamericana, El Salvador supo destacarse marcando una tendencia positiva en medio del desastre enmarcado por el estado excepcional que impuso el Covid-19.

Con detractores y muchas veces operando contra sí mismo por sus acciones, el Presidente de estilo casual se consagra a través de sus legisladores. Muchos de ellos, lo siguen, como si fuese un líder carismático del nuevo siglo. Y de esa forma explotan las redes. La cadena nacional, es un instrumento de debilidad donde la bajada de línea es una constante.

Sus máximo desafíos, lograr un diálogo local más aceitado y una mayor apertura internacional.

Ocurre, que El Salvador, al igual que Nicaragua, y por diversas razones, le muestra a Estados Unidos su fracaso en la lucha contra las drogas. Osada manifestación que no es bien vista. Especialmente, en las márgenes del simulacro de lucha que desconoce la epidemia de los opiáceos. 

Esas diferencias repercuten en el escenario internacional donde desea, con dificultad, insertarse.

Estas elecciones legislativas deberían se aprovechadas, entre otras cosas, para llevar la política de Nuevas Ideas, hasta el momento efectiva y con proyección positiva en el combate narco mara, hacia otros lugares del desarrollo que padecen iguales condiciones criminales en contextos de mayor opulencia aunque con igual degradación en el tejido social.

Lograr un difícil pero posible equilibrio para no dilapidar la confianza social, ya que los salvadoreños, en una amplia mayoría, han trabajado sobre la construcción subjetiva a medida de la obtención de respuestas con mirada proactiva.

Controlar los impulsos que son los que llevan al deterioro político.

Sin más, Nayib Bukele y sus legisladores, deben evitar la potencial posibilidad de la autodevoración. La construcción amigo-enemigo interna. Prescindir de ciertos excesos funcionales a los medios y destructivos de la democracia.

Se trata, de que las vías internacionales comprendan que sin un abordaje rígido, el destino salvadoreño hubiese estado más cerca de un estado atravesado por el Narcotráfico, que de un estado que lucha contra el Narcotráfico.

Por Laura Etcharren – https://soclauraetcharren.blogspot.com/