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Aparte de rata…Por Gustavo Druetta

De impecable traje gris, el longílineo octogenario Martín A. Balza, ex jefe del Ejército durante la década de 1990 en la cual fue el virtual ministro de Defensa “sin cartera” de Carlos S. Menem, y ex embajador en Colombia y Costa Rica durante todo el kirchnerato, concentró las furiosas miradas de muchos de sus camaradas presentes en el acto de recambio del titular de la jefatura del Estado Mayor General del arma, realizado como es tradicional en el histórico Regimiento de Infantería I “Patricios” el miércoles 21/F, coincidiendo con la marcha de Moyano, el kirchnerismo, los movimientos sociales y la izquierda.

Sentado en primera fila por estricto protocolo escuchó sin inmutarse cuando alguien a sus espaldas murmuró en voz alta “traidor”. Oído por los funcionarios, oficiales superiores y familiares sentados a su alrededor en las filas de sillas reservadas, alentó a un combativo grupo de mujeres esposas y hermanas de militares, coetáneos y subordinados de Balza, condenados y presos por juicios calificados de lesa humanidad. Su presencia no pasa inadvertida: sus más de dos metros de altura le valieron el apodo de “baquetón”. Lleva el áurea de su inesperada y oportunísima “autocrítica” de 1995 (institucional mas no personal) respecto a la metodología desaparecedora de la inteligencia del Ejército en la represión clandestina y la obediencia indebida a órdenes aberrantes. Que provocó las lisonjas de toda la dirigencia política y del menemismo al que lo alivió así de haber indultado a Videla y los otros comandantes del Proceso. Y subió al pedestal del “único” militar democrático entre sus pares. Juicio equivocado, pues a diferencia de Balza que surfeó su carrera militar sin traumas ideológicos ni profesionales, una cincuentena de oficiales, desde un par de generales a tenientes coroneles, mayores, capitanes y tenientes, fueron punidos u obligados a retirarse entre 1976 y 1980, por sus críticas al rumbo económico social dictatorial, su pretensión de mantener la legalidad represiva o a la persecución al peronismo. Incluso hubo un coronel preso (C. Perlinger) por simpatías con el ERP.

Desde septiembre 1955, año y mes en que egresó como subteniente de artillería a la cola de sus compañeros de la especialidad, Balza fue participante, ya en edad bien adulta, de los dos siguientes golpes cívico-militares: el de 1966 con el grado de teniente primero y capitán, y de 1976 con el grado de mayor y teniente coronel. Estar en la franja etaria de los 30 a 40 y pico de años exime de comentarios. Apenas triunfante la “Revolución Libertadora” su promoción, egresada prematuramente, fue destinada inmediatamente a las unidades que habían sido leales al régimen de Juan D. Perón para reconstituir el cuadro de oficiales reducido por las prisiones, arrestos y retiros obligatorios. O sea que Balza –el supuesto “autocrítico” a la vejez viruela- nació precoz como cuadro del engendro del “Partido Militar” del huevo podrido de un golpe que, al año siguiente, junio de 1956, cometió la tropelía de fusilar 17 oficiales y suboficiales del Ejército insurrectos contra el rumbo “gorila” del gobierno de Aramburu y Rojas: desde el general Valle al subteniente (herido y luego fusilado) Abadie, además de masacrar a 10 civiles.

El silencio del joven subteniente Balza y sus compañeros ante aquellos crímenes se puede comprender. En su primer grado de oficial (“perro” en la jerga cuartelera) poseían muy pocos grados de libertad para cuestionar decisiones de los altos mandos. Pero a mediados de la década de los ’60, aún como oficial subalterno pero con rango suficiente para secundar o subrogar el comando de subunidades de tropas y cadetes, al Tte. 1ro. Balza tampoco parece haberle despertado ningún repudio conocido el golpe contra Arturo Illía en junio de 1966. Elogia al presidente radical cuando ya había fallecido, mientras gozaba de su nueva máscara republicana y no corría ningún riesgo al estar ubicado entre la élite del poder militar y político en la democracia recuperada en 1984.

Ahora bien. Cuando se asciende de oficial subalterno al rango de oficial “jefe” el diálogo con los oficiales “superiores” se hace muy habitual, tanto en los estados mayores de divisiones, cuerpos y brigadas, como por el hecho de estar al mando de unidades de las distintas armas y servicios. Aquellos “jefes” son los mandos medios -mayores y teniente coroneles- que ayudan en la planificación a los coroneles y generales, interpretan sus órdenes, las aplican en sus ámbitos tácticos –regimientos, grupos, escuadrones y compañías reforzadas- y las hacen cumplir por los oficiales subalternos.  Constituyen el corazón operativo de la famosa cadena de mandos. Durante la última dictadura de 1976 a 1983, Balza desempeñó dicha jerarquía intermedia. En 1976 y 1977 cursó la Escuela de Guerra en el Perú donde se supone oyó hablar del “Plan Cóndor” pues la revolución nacionalista antiimperialista iniciada por el general Velazco Alvarado en 1968 hacía rato hacía agua. En 1977 y 1978 fue jefe de estudios de la Escuela de Artillería de Campo de Mayo, tercero en la línea de mando a cargo de los fierros. Finalmente entre fines de 1978 y fines de 1982 fue designado como jefe del Grupo de Artillería 3 de Paso de los Libres por Rafael Videla. A órdenes de quien había servido en los ´60 en el Colegio Militar de la Nación junto a su jefe de batería, capitán Oscar Guerrero, futuro general jefe de policía de la Pcia. de Buenos Aires después de Ramón Camps. En su libro “Bitácora de un soldado” Balza borró de un plumazo de su memoria sus destinos de mando de unidades durante la última dictadura, salvo para el consabido autoelogio en la guerra de Malvinas.

A fines de 1983 ascendió a coronel, con acuerdo del Senado, en su exitosa y oportunista carrera hacia el generalato, haciendo autobombo descarado de su actuación en Malvinas. En realidad el otro jefe artillero, Tte. Cnl. Carlos A. Quevedo, que combatió con un ano contra natura, fue el verdadero héroe. Balza, alfonsinista hasta 1988, menemista hasta 1999, dejó su cargo luego del período más largo de permanencia de un jefe del ejército (casi una década), perjudicando a candidatos de varias camadas siguientes de generales que les hubiera correspondido ese máximo comando por al menos dos o tres años. Fue luego procesado y detenido un tiempo por la justicia a raíz del estadillo del polvorín de la Fábrica Militar de Rio tercero bajo la sospecha de que el “accidente” no fue tal, sino un criminal intento de hacer desaparecer pruebas del vaciamiento de materiales y munición contrabandeados a Croacia durante la guerra de los Balcanes. Igual sospecha recayó sobre Balza por la caída de un helicóptero donde murió un general desafecto a él que estaba investigando el asunto.  Y también fue acusado por un capitán de haber tergiversado la investigación de la muerte del soldado Omar Carrasco en 1994, para eximir de toda responsabilidad a un jefe de Zapala. Un diputado y médico de Neuquén publicó un libro sobre la complicidad de Balza en el caso. De todo ello fue misteriosamente zafando.

Pero nada de todo esto es lo que provoca en el fondo el mote de “traidor”. Las preguntas que todos sus camaradas se hacen en silencio para no ser imputados y procesados, o para no agravar sus condenas, pero nunca le harán los fiscales que acusaron, procesaron y/o condenaron a más de un millar de ellos, y siguen bajando a las últimas jerarquías de oficial y suboficial en la investigación de responsabilidades directas, indirectas, tangenciales o imaginadas en torturas, violaciones y asesinatos de prisioneros durante los ´70,  son las siguientes: ¿Balza nunca vio, supo, oyó o sospechó que en Campo de Mayo había un “depósito” de prisioneros de la guerrilla (chupadero central sobre todo de miembros del ERP), y que en el Hospital Militar parían mujeres que luego eran desaparecidas y sus bebés entregados/apropiados ilegalmente? Más que extraño! Pues por su jerarquía de oficial jefe le correspondía entrar periódicamente de “oficial de día” y recorrer toda la guarnición en ausencia de los altos mandos. ¿Balza nunca ordenó a sus tropas en Paso de los Libres dar apoyo a operaciones contrainsurgentes y nunca supo que en un puesto o escuela abandonada cercana al puente internacional con Uruguayana funcionaba el “Centro de Reunión de Detenidos” (chupadero zonal) llamado “La Polaca”? Sitio al que sus tropas debieron dar seguridad perimetral externa para protección de los oficiales de inteligencia que operaban allí y que seguramente se alojaban en los casinos de oficiales de la importante guarnición a cargo de otro teniente coronel jefe de la infantería y Balza de la artillería. Ambos por estructura orgánica en la lucha antisubversiva eran jefe y subjefe del “Área de Seguridad” territorial con cabeza en Paso de los Libres y miembros de la “comunidad de inteligencia” con terminal en el Batallón de Icia. 601 de Callao y Viamonte.

Cuando Balza vio al grupo de cuatro o cinco mujeres, conocidas “militantes” por la liberación o la prisión domiciliaria de sus maridos ya pasados de los 70 años, presos en Campo de Mayo y otras cárceles, los cuales revistaban en las jerarquías de oficiales subalternos cuando Balza era jefe de la dictadura, supo que lo abordarían. Al terminar el acto y en medio de los saludos y felicitaciones al nuevo jefe del ejército Grl. de Div. Claudio E. Pascualini, una de ellas se acerca y dice en voz muy alta “¡acá hay olor a rata!”. Luego lo aborda el resto de las mujeres mientras una tomaba fotos con su celular. Allí se ven a tres de ellas con cara de furia y asco. Balza desde medio metro más arriba, se inclina un poco y toma a una por su antebrazo en actitud indescifrable. “¡No le da vergüenza!? ¿Cómo… las ratas también vienen a éstos actos?  vociferan en su cara. “¿Qué?” pregunta Balza. Una de ellas gastándolo le espeta “aparte de rata, sordo!”. Llueven insultos “cobarde, traidor, basura, porquería…”.  Con su cara de piedra se escabulle entre el gentío que ocupa la Plaza de Armas.

Previamente a la jura de Pasqualini por la Constitución Nacional, el Tte. Gral. Diego L. Suñer, jefe del EMGE saliente, pronunciaba su discurso de despedida (que el ministro de Defensa Oscar Aguad había pretendido evitar y destrabó una gestión nocturna anónima ante Macri según confesara a sus amigos). Allí reivindicó el primer homenaje que el Ejército Argentino les hacía a los familiares de los militares y soldados caídos, tanto en Malvinas, como por ataques armados y atentados terroristas de la guerrilla durante gobiernos constitucionales. Como el que brindó en enero pasado al hijo del Cnl. Camilo Gay y su esposa, asesinados por el ERP en 1974 (la hija no pudo soportar el dolor y se suicidó), a los familiares de un soldado caído en la defensa del Regimiento de Caballería Blindada I de Azul que comandaba Gay, y a la hija del Tte. Cnl. Jorge R. Irbarzábal, jefe del Grupo de Artillería Blindado I de esa misma guarnición, secuestrado durante casi un año en condiciones infrahumanas y asesinado en cautiverio. Suñer pidió apelar a la Historia objetiva más que a las memorias facciosas.

Egresado fines de 1982 del CMN, promoción 113, Pasqualini fue el cadete abanderado de la penúltima promoción formada totalmente en plena dictadura, sin llegar a participar ni en la guerra contrarrevolucionaria ni en la guerra de Malvinas. Sufrió sin embargo durante toda su carrera en democracia un doble estigma: el de la primera lucha ganada militarmente pero perdida moral, política e ideológicamente, y el de la segunda contienda perdida por las armas pero al fin reivindicatoria de la función propia de un Ejército Nacional. Sin embargo, el trágico pasado de los ´70 lo alcanza por el fenómeno endogámico de la “familia militar”: está casado con una hija del ex mayor Athos Renes, quien fuera jefe de la Compañía de Comunicaciones de Resistencia, Chaco, condenado a prisión perpetua por la masacre de Margarita Belén en 1977. Renes ya cumplió 80 años y rechazó la prisión domiciliaria concedida para permanecer preso en Campo de Mayo junto a sus subalternos de ese entonces también condenados.  Balza nunca fue encausado a pesar de pedidos de familiares de desaparecidos en una “contraofensiva montonera” que entró por Uruguayana a Paso de los Libres, y de defensores de oficiales subalternos condenados por la represión violatoria de DD.HH., que operaban en la “guerra sucia” cuando Balza era subjefe de toda la guarnición. Esa es la principal razón por la cual los insultos de los familiares de los únicos “chivos emisarios” de los ’70 lo perseguirán hasta su tumba. Aun cuando lo ampare la complicidad contumaz de los usufructuarios políticos de aquella victoria a lo Pirro de las FF.AA. sobre la insurrección armada.

*Sociólogo, periodista y Ex teniente de Artillería (1965-1970).