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Anatomía de la austeridad Por Jorge Argüello

No son Dupond y Dupont, aquellos inseparables detectives creados por el dibujante belga Hergé para la tira Las aventuras de Tintín, pero lo cierto es que desde hace años comparten la crítica contra la obsesión europea por la austeridad, contra la rigidez del euro, contra la “inoperancia política de Bruselas”. Ambos galardonados con el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman y Joseph Stiglitz, casi se encontraron recientemente en Lisboa, donde –convocados a disertar en diferentes eventos– nos ayudaron a desnudar las causas y a aclarar las consecuencias de la crisis del euro.

De dos norteamericanos en visita a una Europa donde el federalismo sigue siendo un tabú; de dos keynesianos en viaje por un continente dominado por la financiarización de la política, sólo se podían esperar críticas y alertas. Sin embargo, los diagnósticos de Krugman y de Stiglitz tienen el mérito de incluir una terapia alternativa a los tratamientos infructuosos obstinadamente adoptados en el Viejo Continente.

La austeridad incondicional es una ideología. Su implementación en Europa no fue producto de la fatalidad o resultado de una necesidad imperiosa e invencible. Fue una opción política.” Escuché esta definición de boca de Paul Krugman cuando disertó sobre la actual realidad europea.

Para este economista norteamericano, se trata de una ideología que combina dos elementos: “el miedo extravagante” y “el optimismo infundado”, según sus palabras.

El miedo fue funcional a la decisión de implementar la austeridad. Luego del episodio griego, varios gobiernos europeos, sobre todo del sur del continente, cortaron drásticamente los gastos públicos para tranquilizar a los mercados financieros. Contaron para ello con el estimulo de Bruselas y el aplauso de Berlín. Lo hicieron con “el optimismo infundado” de que el repentino equilibrio presupuestario atraería inversiones y llevaría a un crecimiento económico sólido y sostenible. Preferiblemente antes de las elecciones más cercanas…

Pero las premisas del silogismo han sido refutadas por la realidad y ha dejado heridas abiertas en todos los miembros del cuerpo europeo. Al crecimiento asimétrico –y anémico en muchos casos– se suma el elevado desempleo, deudas públicas impagables y la evidente pérdida de influencia europea en la geopolítica mundial. Una tormenta perfecta agravada –hoy en día– por la crisis migratoria y por el terrorismo internacional, nuevos desafíos que han dejado azorados y sin una reacción coordinada a los gobiernos europeos.

Para Krugman, este catálogo de agonías ha probado una vez más que “la expansión, y no la crisis, es el momento adecuado para la austeridad”, una idea defendida por John Maynard Keynes en 1937. A fin de cuentas, sólo así se salvó Nueva York de la Gran Depresión.

El norteamericano sostiene que cualquier manual clásico de macroeconomía recomienda el camino opuesto a lo que Europa ha elegido. Si aplastar las tasas de interés es insuficiente para hacer frente a una crisis financiera, entonces “el gobierno debe aumentar el gasto público y reducir los impuestos para crear puestos de trabajo directamente y poner dinero en los bolsillos de los consumidores”. El Estado “presta a todos un buen servicio” al generar temporalmente este déficit. Y sería por eso, para Krugman, “un gran error” el dogma europeo que limita el déficit al 3% del PBI.

Diez años mayor que Paul Krugman, crítico severo del “fundamentalismo de libre mercado”, Joseph Stiglitz reflexionó en la capital portuguesa sobre una de las consecuencias más perjudiciales de la “austeridad sin sentido”: la desigualdad. Un “problema urgente”, sostuvo, porque las recesiones acrecientan la distancia entre ricos y pobres, y porque hoy se sabe que los mejores desempeños económicos brotan en los países menos desiguales.

Así como Krugman sostuvo que la austeridad extrema es una opción política, Stiglitz ve la desigualdad como una “elección de nuestros sistemas políticos”. No como la disposición natural de las relaciones sociales, sino como un producto de las políticas públicas seleccionadas, sobretodo a partir de los años ’80, que privilegian el rendimiento del capital financiero frente al trabajo.

Políticas que tienen un precio: “El precio de la desigualdad”, título del libro que Stiglitz publicó recientemente. Esa factura incluye una presión sobre los ingresos de la clase media que está transformando la igualdad de oportunidades en las sociedades occidentales en “un mito”. Como si –tal como acontecía en el feudalismo– el futuro volviera a depender de “nacer con los padres adecuados”.

Un ascensor social paralizado “compromete” la democracia. De ahí que la extrema derecha casi ha ganado las últimas elecciones regionales en Francia. De ahí que partidos xenófobos estén ganando terreno en algunos parlamentos europeos.

Otro de los costos asociados a la desigualdad es la evidente destrucción de capital humano en los más de 22 millones de ciudadanos europeos actualmente sin trabajo, muchos de ellos jóvenes. El economista norteamericano se mostró sorprendido de observar gobernantes festejando ante los micrófonos variaciones decimales en tasas de desempleo de dos dígitos.

Stiglitz aprovechó su breve pasaje por la capital portuguesa para dejar planteadas sus críticas al actual gobierno alemán. Al ministro de Finanzas, Wolfgang Schaeuble, por defender que “Europa debe aceptar el crecimiento mediocre” como si no hubiera alternativa. Y a la canciller Ángela Merkel porque “en una empresa nadie mira solamente el pasivo, mira todo el balance y fomenta inversiones para corregir los desequilibrios entre las partes que lo componen”.

Las reflexiones “portuguesas” de Krugman y Stiglitz, con rara objetividad, han desnudado la cara contraproducente de las políticas de austeridad impuestas en Europa, subrayando al mismo tiempo que ni en la economía ni en la política existen vías de dirección única.

El debate está lanzado y crece la esperanza de que Europa se decida a cambiar su ruta porque, lo enseño Séneca hace milenios, “no hay viento favorable para un barco que no sabe a donde va”.

Por: Jorge Argüello
Publicado en su columna de opinión de Revista Veintitres

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