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Alan Ruiz: el espía que dió el mal paso

Ascenso, tareas y caída del agente de inteligencia que está en el centro de la trama de espionaje ilegal que puso en jaque al macrismo.

La escena ocurrió durante la mañana del 22 de junio en la calle Laprida al 600 de Lomas de Zamora, frente a la sede del Juzgado Federal Nº 2. El tipo tenía las muñecas esposadas, de modo que su descenso del vehículo policial resultó dificultoso. Dos uniformados lo escoltaban a una distancia prudencial. Todos lucían barbijos. Por encima del que usaba él, sus ojos transmitían un dejo de nerviosismo. Lo cierto es que el ex jefe de Operaciones Especiales de la AFI, Alan Flavio Ruíz, jamás se imaginó en semejante situación.

En un pasillo lo aguardaba su abogado, Leandro Emsani.
Con pocas palabras supo informarle que su arresto –sucedido dos días antes en el domicilio del espía, ubicado en Güemes 2225, Merlo– había sido ordenado por el juez Juan Augé a pedido de los fiscales Santiago Eyherabide y Cecilia Incardona. La razón era el fisgoneo ilegal a la entonces senadora –y actual vicepresidenta– Cristina Fernández de Kirchner, tanto en el Instituto Patria como en su departamento del barrio de Recoleta.

Al concluir, Emsani notó que la cara de Ruíz estaba aún más demudada. Por último, le dio consejos para no meter la pata durante la indagatoria.

Minutos después, Ruíz fue conducido al despacho del magistrado; allí también se encontraban los fiscales.
En el comienzo de su declaración reconoció tales tareas de inteligencia, pero aclarando que fueron encomendadas por varias direcciones de la AFI, y que tenían el respaldo de una orden judicial en el contexto de una causa sobre presuntas amenazas terroristas durante la cumbre del G-20.

A continuación, reveló:
– Un agente nuestro había oído en la Plaza Avellaneda que, como gran parte de las fuerzas policiales estaba abocadas a la seguridad del encuentro, un grupo anarquista intentaría un ataque contra la señora Kirchner.
Esa frase bastó para que el doctor Emsani meneara levemente la cabeza mientras bajaba los párpados.
Y los crispó al escuchar una pregunta del fiscal Eyherabide:
– ¿Usted es especialista en terrorismo?
– No –respondió Ruíz.
– ¿Era su área de acción?
– No.
– ¿Quién le dio la orden de iniciar esas tareas de inteligencia vinculadas con un tema que no era el suyo?
Tras un silencio que pareció eterno, Ruíz farfulló:
– Me niego a responder.
El abogado, entonces, maldijo para sus adentros.

Adiós Pampa mía

Un enigma contrafáctico: ¿a qué se hubiera dedicado Ruíz durante la última dictadura? El destino lo hizo nacer en coincidencia con el golpe cívico-militar. Veinte años después, ya como oficial ayudante de la Policía Federal, ese joven alto, con tendencia al sobrepeso y mirada perruna, atendía en las noches un teléfono en el Hospital Churruca. De allí transitó por algunas comisarías, hasta convertirse en “pluma”, así como se les dice en esa mazorca a sus auxiliares de inteligencia. Él creía que estaba para más.

En 2009, tras acceder Mauricio Macri a la jefatura del gobierno porteño, su policía predilecto, Jorge “Fino” Palacios, organizaba la Metropolitana, una fuerza que exhibía la mayor concentración por metro cuadrado de espías que renunciaron a sus agencias de origen por un buen sueldo o fueron eyectados de manera deshonrosa. Tanto es así que el personal jerárquico fue cubierto por comisarios que en la década del setenta prestaron servicios en Coordinación Federal. En su tropa –junto a ex agentes del Servicio de Inteligencia Naval (SIN) y de la SIDE– hubo un aluvión de “plumas”. Entre ellos estaba Ruíz.

Reclutado con el grado de oficial mayor, inició una etapa de bajo perfil y aprendizaje. Al cabo de un lustro, ya con jinetas de subinspector, obtuvo el título de Técnico Superior de Seguridad Urbana y Portuaria en la Universidad Tecnológica Nacional. Era julio de 2015; su futuro en la Metropolitana parecía promisorio y él hasta soñaba con integrar en apenas unos años la plana mayor. Pero, súbitamente, pidió la baja el 11 de diciembre de aquel año. Una llamada telefónica había torcido su camino.

Fue durante la semana anterior. Del otro lado de la línea hablaba Juan Carlos Tierno, el inminente ministro de Seguridad pampeano, designado por el aún gobernador electo Carlos Verna.

El tipo había viajado a Buenos Aires para seleccionar a los especialistas que lo acompañarían en su gestión. Al parecer, no confiaba en sus coterráneos. Y al momento de aquella comunicación, acababa de cubrir los casilleros de la Subsecretaría de Adicciones y de Prevención Ciudadana.

Entonces le soltó a Ruíz a boca de jarro:
– ¿Le interesaría ser mi director de Inteligencia y Estadística Criminal?
– Para eso me formé, señor –fue la respuesta, dicha atropelladamente.
Ruíz tocaba el cielo con las manos.

Luego googleó a su flamante jefe. Así supo que era un energúmeno de ultraderecha, que en 2007 había sido intendente de la capital provincial y que una serie de acusaciones por abuso de autoridad precipitaron su renuncia 85 días después. Pero aquel no era un delito que a Ruíz le quitara el sueño.

Días más tarde se estableció en Santa Rosa.

Su debut fue venturoso: unas pinchaduras telefónicas a los familiares de dos pistoleros fugados del penal local le bastaron para capturarlos. La noticia llegó hasta Buenos Aires y su figura cautivó de sobremanera a la ministra Patricia Bullrich.

Otra hazaña lo catapultó en la gloria: el espectacular rescate en la capital paraguaya de María Luque García, una chica pampeana de 18 años, secuestrada por el novio, un albañil guaraní, para ofrecerla a una red de trata.

En el operativo intervino un grupo de la Policía de La Pampa con apoyo de la Delegación en la Triple Frontera de la Policía Federal, y Ruíz participaba en representación del Ministerio.

Aquella vez Tierno sintió tal orgullo por su funcionario que incluso dio la directiva de basar en él un documental sobre el operativo, que se emitió por el canal de la provincia, cuando el verdadero héroe de la historia había sido el subcomisario Luis Roberto.

Aún así la figura de Ruíz terminó por deslumbrar a Bullrich.

Su buena estrella crecía a pasos agigantados. Se había convertido en el ladero más conspicuo de Tierno, a quien le supo organizar un pequeño equipo de inteligencia. Todo el mundo sabía que él era su espía oficial.
Los primeros nubarrones de su etapa pampeana se asomaron cuando el ministro, siempre secundado por Ruíz, le propuso al gobernador “barrer” su despacho (o sea, detectar la posible existencia de micrófonos ocultos).

Verna se negó pese a la insistencia de Tierno. Ese tira y afloje produjo una situación tensa entre ambos.
En realidad el propósito de Tierno era “alambrar” aquel despacho para mantener “bajo observación” a su jefe político.

Verna supo eso por boca del propio Ruíz. Una traición shakespeariana mediante la cual éste se ganó la confianza del mandatario.

Desde ese preciso momento fue su fisgón en el Ministerio de Seguridad, además de encargarle “trabajitos” en otros ámbitos.

Pero Tierno, lejos de estar al tanto de que su “pollo” reportaba ahora a Verna, sí supo de ocasionales misiones que aquél le pedía. No lo tomó a bien.

Sin embargo, cuando se encaminó hacia su residencia con fines de recriminación, el gobernador le dispensó una mirada despectiva y gritó:
– ¡Yo a Ruíz le pido le que se me dé la gana!
Tierno se mordió la lengua.
Ya transcurría el otoño de 2017. En aquella época Ruíz solía acudir a un barcito situado en la esquina de Avellaneda y 9 de Julio, frente a la Plaza San Martín, la principal de Santa Rosa, para encontrarse con una mujer.

El establecimiento tenía un segundo salón, tenuemente iluminado, ideal para parejas ávidas de intimidad. Ellos siempre ocupaban allí una mesa del fondo, donde permanecían durante largas horas, hasta caer la noche.

Sus presencias ponían algo tensos a los mozos. Porque la acompañante del espía no era una desconocida: se trataba de la diputada provincial Sandra Fonseca, nada menos que la esposa de Tierno.

Hay quienes señalan que la renuncia de Ruíz al Ministerio y su apurada partida de Santa Rosa tuvo que ver con tan delicada cuestión.

En Buenos Aires fue recibido por Bullrich con los brazos abiertos.

El espía que va hacia el frío

En este punto conviene retroceder al invierno de 2016, cuando el ex militar carapintada Juan José Gómez Centurión recorría los canales de TV en defensa de su honor, tras ser eyectado de la Aduana por una denuncia anónima. “¡Esta cama me la hicieron Bullrich y (Silvia) Majdalani!”, repetía sin cesar. Todo indica que aquel hombre no se equivocaba.

Ya entonces era de dominio público la gran sintonía entre la ministra y la subdirectora de la AFI, un vínculo que se remonta a los días en que la “Turca” –como llaman todos a Majdalani– presidía la Comisión de Inteligencia de la Cámara Baja y Bullrich, la de Legislación Penal. También se podría decir que ambas fueron compañeras de estudios, ya que asistieron juntas a los cursillos para legisladores y jueces impartidos en la Escuela Nacional de Inteligencia.

Allí, la señora Majdalani quedó cautivada por uno de sus profesores: Diego Dalmau Pereyra. De modo que años después, al acceder a la cúpula del organismo de la calle 25 de Mayo, lo puso en la jefatura de Contrainteligencia, el mismo puesto que el famoso Antonio Stiuso había dejado de mal modo.
Se dice que esa vez la Turca le había hecho caso omiso a “Pato”, quien le había sugerido –desinteresadamente, claro– otro nombre para ese cargo.

Ruíz volvió a Buenos Aires en junio de 2017. Bullrich tenía ambiciosos planes para él, y no tardó en ponerlos en marcha.

Desde entonces, aquel tipo de porte intimidatorio y mandíbula de piedra supo posar con ella para las fotos de los actos oficiales, como coordinador de Asuntos Legales. Después fue puesto al frente del Programa de Búsqueda de Prófugos, hasta que la buena de Patricia se lo cedió a su amiga Majdalani.

La Turca, muy agradecida, lo puso al frente de Operaciones Especiales, una dirección interna de la AFI que absorbió ciertas tareas –y los atributos– del área a cargo de Dalmau Pereyra, ya caído en desgracia.
De esta forma Ruíz pasó a ser una pieza clave del espionaje macrista; el gran titiritero, cuya singularidad radicaba en seguir reportando a Bullrich.

El abogado y agente de la AFI, Facundo Melo, lo sufrió en carne propia. Hoy célebre por su rol en la colocación de una bomba de trotyl en la casa del ex funcionario José Luis Vila, este hombre trabajó bajo las órdenes de Ruíz. Recuerda su obsesión por engarronar a los camioneros Hugo y Pablo Moyano en la causa por las irregularidades en el club Independiente.

A tal efecto, le pidió que se interiorizara en el estado del expediente.
– Está muy flojito –fue la opinión de Melo.
Ruíz, entonces, montó en cólera. Y bramó:
– ¡Vos no tenés que hacer ninguna interpretación, boludo! Tu función es “direccionar” los testimonios.
La aparente negativa a manipular uno de aquellos testimonios –el del barrabrava detenido Daniel Lagaronne (cuyo defensor era Melo)– provocó su salida de la AFI. En tales circunstancias, Ruíz no se mostró muy amable:
– Date por despedido. Y tené cuidado con lo que hacés y decís. Porque podés tener problemas peores que quedarte sin trabajo.
Así de frontal era él.

Previamente, Melo y otros dos secuaces suyos –Leandro Araque y Jorge “El Turco” Sáez– tuvieron la gran ocurrencia de grabar ciertas confidencias de Ruíz (un tipo extravertido, si los hay) para así cubrirse de futuros sinsabores.

En tales registros, que en las últimas semanas animaron las sobremesas del público televisivo, Ruíz se atribuye maniobras tan extravagantes como haberle plantado una empleada doméstica de la AFI al vicejefe porteño, Diego Santilli. Y no sin ironía argumentaba la razón: “Este pibe gasta más que un narcotraficante”.

Tampoco tuvo pudor al jactarse de ciertos favores a los amigos que dejó en La Pampa, como la operación para beneficiar al recordado crack de Boca y –por entonces– secretario de Deportes, Carlos Mac Allister, que consistió en armarle una causa por abuso sexual al ex senador Juan Carlos Marino, un rival electoral del “Colorado”. En otra oportunidad, una causa armada por el propio Ruíz involucró al ex diputado justicialista Espartaco Martín.

Todas estas trapisondas están debidamente relatadas por su vozarrón en las grabaciones efectuadas a hurtadillas por sus subordinados.

No es una exageración afirmar que Ruíz acarreaba sobre sus hombros operaciones sensibles en salvaguarda de los valores republicanos, al punto de que el mismísimo Macri, quien confiaba mucho en él, le había concedido el honor de espiar a su propia hermana, Florencia.

Tampoco le perdía pisadas a Florencia Kirchner; ni a su madre, Cristina.

Ahora ya hay en poder de la justicia fotos, videos y audios de semejante intromisión. Existen hasta imágenes de los propios fisgones posando como turistas en los sitios que debían espiar.

Mientras tanto, su abogado aún maldice para sus adentros.

Por Ricardo Ragendorfer-Revista Zoom