Image default

Adversarios o enemigos Por Julio Bárbaro

El peronismo nunca asumió la lucha de clases como un camino hacia la justicia social, por el contrario, siempre opino que la integración era el único rumbo hacia una sociedad más justa. Esta definición nos llevó a ser acusados de reformistas, bonapartistas, y demás etiquetas que la izquierda marxista repartía en su marcha agresiva e inexorable hacia su propia derrota. La lucha de clases era un clásico del marxismo que se había convertido en dogma de fe para las iglesias que encuadraban a los revolucionarios. Lo cierto es que los proletarios del mundo ni se unieron ni se sublevaron, claro que tampoco fue la mano invisible del mercado la que condujo a la felicidad de los pueblos.

En este punto quiero insistir en la diferencia entre ambos pensamientos, la confrontación necesitaba la destrucción del otro en la misma medida que lo consideraba enemigo y en consecuencia no podían convivir, y la noción de adversario, concepción reformista como eligió el peronismo, imponía dentro de ese mundo convulsionado la obligación de respetar al adversario.

Me aburre el supuesto pensador Loris Zanatta. Es lo que se llama un “intelectual”, persona que desde una biblioteca les indica a los pueblos como deben pensar. Sólo si tomamos desde Marx hasta hoy las decenas de miles de libros escritos para explicar el final del capitalismo y de la religión, entenderemos el porqué de la necesidad de evitar la tala de árboles para convertirlos en papel donde se escriben frivolidades con pretensión de pensamientos trascendentes.Porque vive en Italia, nos perdimos en Zanata a un importante potencial partícipe de “Carta Abierta”, conjunto de individuos que dedicaron su vida a la formación y la lectura para terminar admirando los discursos indiscutiblemente incoherentes de Cristina Kirchner. Los obreros en alpargatas entendieron a Perón en el 45, en la Universidad llegó a ser descubierto en el 72; queda claro que a través de los libros uno entiende la historia sólo más de dos décadas después de transcurrida. No hubo pensadores que anunciaran la caída del Muro de Berlín, y sí demasiados que apostaron sus vidas a la expansión del marxismo. Peronista o no, sigo pensando que en el seno de la clase trabajadora está el mayor nivel de conciencia de toda sociedad. Vanguardias iluminadas, abstenerse.

El peronismo fue una parte de la realidad. Cada uno tendrá su idea al respecto, pero seguir reiterando dogmas y agresiones es solo una expresión de decadencia intelectual. Menos mal que la historia nos regaló un Papa, si no, no imagino a quien se dedicarían a criticar tantos pretenciosos pensadores. Eso sí, les queda “el populismo”, término comodín que con sólo emitirlo los instala del lado de los buenos sin necesidad de confesar nada más.

El gobierno de los Kirchner, en especial el de Cristina, jugó al límite con la idea y la necesidad del enemigo; se instalaba en el lugar de propietarios del bien y obligaban al otro, al disidente, a ocupar el espacio del mal. Estas demencias no son graves mientras no logren ocupar el poder, pero cuando lo logran definen un camino donde la paranoia conduce por el rumbo del odio al fracaso colectivo.

No estamos hablando de diferentes ideas políticas, por el contrario, estamos definiendo el campo que eligen para desarrollar su guerra los que creen en la lucha de clases. Y el partido de los enemigos no tiene lugar en una sociedad de adversarios; siempre, esté en el poder o desde el llano, va a intentar destruir a los que no aceptan sus imposiciones.

Eligen el fanatismo como escudo para protegerse de toda duda o cuestionamiento, no aceptan los límites de la realidad. En rigor cuando fracasan suelen echarle la culpa a la realidad y nunca al absurdo del desatino de sus propuestas. Terminan siempre constituyendo una secta, esa es la manera de estructurar una ficción interna que los proteja de aquel mundo que les resulta tan adverso que ni siquiera soportan reconocer.

Es difícil y a veces casi imposible convivir con ellos. Nadie transita relajado en compañía de quien intentó o intentará eliminarlo, de quien lo considera un obstáculo que impide la realización de la demencia de sus sueños. A veces se enfrentan razas o culturas, otras son los ricos contra los pobres, y otras, simplemente los seguidores de algún jefe convocante que en la mayoría de los casos impone el fanatismo como la cobertura de su incoherencia.

Si el peronismo o cualquiera en el pasado caminó por esos espacios nefastos, debemos intentar superarlo. En rigor, Perón nos legó un retorno de reencuentros y abrazos; no tenemos ninguna necesidad de elegir algunos de nuestros peores momentos. Casi todos necesitamos una autocrítica que nos permita asumir lo mejor de nosotros y poder luego participar en el encuentro de todos y cada uno de los sectores. Sólo sobran los fanáticos en la medida en que no intenten dejar de serlo. No hay dueños de la verdad ni equivocados definitivos, sólo variadas corrientes de opinión que necesitan encontrar un lugar donde convertir su experiencia en aporte. Y ese es un mundo de adversarios que se respetan, donde hay un solo enemigo y son los que necesitan enemigos para vivir. Una sociedad plural necesita de los que piensan diferente, y también superar a los que no soportan esa riqueza de la diversidad. Con el tiempo comenzaremos a transitar por la infinita gama de los grises, y quizá logremos salir para siempre de esta apasionada y perversa atracción por el sinsentido de los extremos.